USURRAN algunos de sus más fieles acólitos que Miguel Sanz está en la gloria, y más por su condición de abuelo incipiente. Cuentan que duerme de un tirón, que disfruta como nunca jugando a los naipes en Corella, aunque no todas las tardes le sean propicias y algún billete de cálido color se deje sobre el tapete para solaz de sus compinches de mesa y apuesta. Su entorno más cercano transmite, en suma, que afronta con máximo sosiego los últimos meses como presidente de UPN, sabedor de que la transición hacia el reinado de Yolanda Barcina será acatada por la generalidad de la militancia, que son legión las barrigas excelsamente alimentadas y nadie arriesgará la prebenda (y más a la luz del caos en el PP). Respecto al trono de la Diputación, las perspectivas son, si cabe, aún más halagüeñas. Para empezar, porque tiene garantizada la integridad de su mandato final por boca del inquilino de La Moncloa, lo que esta dirección del PSN ha interpretado de forma vertiginosa en clave de acordarlo todo, aun estrangulando su capacidad de propuesta -verbigracia, los 400 euros de Zapatero, cuyo pago por estos lares no se aseguró antes de apoyar el Plan Navarra 2012 tras haber consensuado los Presupuestos 2008-. Y, para continuar, porque la oposición en sentido estricto se halla o en estado de ruina, como IU, o inmersa en luchas fratricidas, caso de NaBai, con alarde incluido de decisiones vergonzantes, sea para aterrizar en Nepal o en Caja Navarra. En fin, que ni Felipe II lo tuvo mejor que Sanz Sesma, ni éste soñó jamás con un epílogo más placentero.