Leí el otro día el artículo de Javier Armentia atacando y ridiculizando al psicoanálisis y me pareció escandalosamente injusto. Quiero dar las gracias a mi psicoanalista (y al saber psicoanalítico) porque en una situación de sufrimiento extremo me sostuvo y me acompañó durante 3 años, semana a semana, por los difíciles caminos de la angustia. Gracias, porque me enseñó a vivir en lo real sin anteponer el filtro de mi imaginación y mis pulsiones. Pretendemos enderezar un árbol torcido con una terapia breve. Queremos que nos quiten cuanto antes el sufrimiento en lugar de aprovecharlo como señal que nos guía hacia su raíz. Queremos curarnos, sí, pero sin perder nada: ni dinero, ni tiempo, ni renunciar a nuestros deseos ilimitados o a nuestra forma de vivir que nos enferma. Por eso no está de moda el psicoanálisis y nunca lo estará, porque en lugar de darnos poder nos lo quita, porque nos ayuda a desenmascarar nuestra propia mentira, a mascar nuestra limitación, nuestra maldad, lo que nos hacemos justificadamente los unos a los otros, en definitiva, todo aquello de lo que no nos gusta hablar. El psicoanálisis te pone en tu lugar en medio de lo real y eso no es agradable. Lo pulsional existe, claro que existe, y está detrás de cualquier conducta autodestructiva. Todas las escuelas de psicología tienen su valor en la medida en que contribuyen por distintos caminos a aliviar el sufrimiento humano.