L cartel de San Fermín este año no ha sido polémico, lo cual sinceramente no sé si es mejor o peor para él. No lo ha sido porque por mucho que haya más de 5.000 pamploneses que lo han elegido, está claro que la inmensa mayoría pasa olímpicamente del tema. Lo que a la gente le gusta no es tener la oportunidad de elegir un cartel u otro por mucho que seamos demócratas, sino cuestionar el que elija el Ayuntamiento o en su defecto el jurado designado por él. La gracia del cartel estaba en encontrártelo de pronto una tarde, a eso de la cinco, sin haberlo visto antes y sabiendo ya quién es el autor o autora y empezar la ronda de adjetivos para criticar o entrar en el debate de los que están a favor o en contra con argumentos que van creciendo en intensidad a medida que se propaga la imagen seleccionada. Al cartel de Antoñanzas, Con tacto, le ha pasado que de tanto verlo nos hemos cansado antes de tiempo, que no nos provoca ni fu ni fa y que encima ni siquiera es el que el jurado hubiera elegido, ya que curiosamente, esta vez hubieran optado por el mismo que yo, por el más rompedor, el de la espiral, que para muchos será el toro, para otros la fiesta que nunca cesa o para algunos la noria de las barracas que no sabemos si tendremos. Al cartel de este año le ha pasado que le han ido votando porque todos decían que era el más votado y eso hacía que otros le votaran. Es como cuando buscas un restaurante donde comer y pasas por una calle en la que cuatro están vacíos y uno lleno y con lista de espera y acabas apuntado en esa lista, comiendo tarde y mal, pero convencido de que si está lleno es el mejor. Es lo que tiene la sabiduría popular.