EIRUT ha recuperado este fin de semana una cierta normalidad -tras los violentos incidentes del miércoles entre partidarios y opositores al Gobierno prooccidental de Fuad Siniora- al retirarse Hizbulá de la mitad oeste y musulmana de la ciudad, controlada ahora por el Ejército de Líbano. Antiguamente conocida como la Suiza de Oriente Medio vuelve a los medios de comunicación por el mismo motivo de las últimas décadas: la endémica violencia y la permanente inestabilidad que azota a este pequeño país, clave en el complejo puzzle en el que se mueven las relaciones internacionales en Oriente Medio. Líbano, antigua colonia francesa, ha sido históricamente un crisol de culturas que tiene actualmente su reflejo en la composición étnica y religiosa del país, inédita en el mundo árabe por la convivencia de cristianos y musulmanes y que llegó a ser la esperanza con la que normalizar la situación en el mundo árabe. Pero esta esperanza se ha quedado, con el paso de los años, en una quimera y la situación tras los enfrentamientos de los últimos días en Beirut recuerda más la posibilidad de volver a una guerra civil que desangró al Líbano entre los años 1975 y 1980. Y como casi siempre en este país, los intereses internacionales al más alto nivel se ven envueltos en un conflicto en donde las milicias chiís de Hizbulá seguirán con sus reivindicaciones, a pesar de retirarse de la capital, demostrando su superioridad militar tanto sobre el Ejército como sobre los leales del Ejecutivo prooccidental de Siniora , quien ha sido incapaz de dar salida a una crisis institucional que llevó a los chiís a abandonar el gobierno de concentración y que todavía no ha sido capaz de nombrar presidente del país. Israel y EEUU no han tardado en culpar a Siria e Irán, dos naciones de mayoría chií, de estar detrás de los disturbios provocados por seguidores de Hizbulá y que ya han costado la vida de 44 personas. Irán acusa a los dos anteriores de provocar la inestabilidad en el país mientras que naciones árabes de mayoría suní, como Egipto, no han tardado en censurar a Hizbulá y a su líder espiritual, el jeque Hasan Nasralá. Si la mayoría chií que se agrupa en torno al Partido de Dios se hiciera con el control del país, quedará enterrada la esperanzadora opción de crear una nación libre y en convivencia entre chiís, sunís, cristianos maronitas, ortodoxos, drusos y otras confesiones.