ace una semana la NASA lanzó una enigmática nota de prensa, avisando de que el 14 de mayo darían a conocer mediante una teleconferencia el descubrimiento de un objeto en nuestra galaxia al que se buscaba desde hacía medio siglo. La única pista era que el trabajo se había realizado con un telescopio espacial de rayos X, el Chandra , conjuntamente con observatorios terrestres. La NASA, claro, puede permitirse jugar así con los medios de comunicación con completa impunidad, y dejar que durante una semana la Red hierva con especulaciones sobre qué objeto sería. Desde luego, la expectación a las 8 de la tarde de ayer (hora española) era altísima en los foros de Internet: el mensaje publicitario había funcionado, y pocas veces se consigue semejante expectación con una noticia astronómica. Pero, en el fondo y en la forma, se había conculcado el elemental criterio de la comunicación libre y pública de la ciencia, introduciendo un elemento más propio del reality . El objeto, finalmente, resultó ser el resto de la última supernova que ha tenido lugar en la Vía Láctea. Una explosión de una estrella es un suceso que no ocurre a menudo en una galaxia como la nuestra, y no siempre se pueden ver. Ésta explotó hace 180 años, aunque no la vio nadie entonces. Y, paradojas del espacio-tiempo, la explosión había tenido lugar veintiocho mil años antes.
Perdonen que cuente esta pequeña anécdota de cómo la comunicación científica se ha convertido en mercadotecnia viral, casi tomadura de pelo o publicidad de marca, especialmente en un día como hoy, de luto. Podría intentar establecer cierto paralelismo en la forma en que las noticias nos llegan, nos las dirigen, o nos las explotan, pero no me atrevo: hay días en que la indignación, la tristeza, la necesidad -una vez más- de decir basta, complican demasiado todo. Y las supernovas quedan demasiado lejos del dolor que tenemos en esta tierra.