madrid. No es la primera vez que le ocurre al Cid: fallar a espadas después de un faenón. Así se perdió muchas salidas a hombros en los principios de su carrera. Parecía que ya estaba superado tan desafortunado trance, pero ayer volvió a las andadas.
El Cid cuajó una muy importante faena, y no ha sido capaz de ponerle rúbrica con la espada. Otra vez esa es la noticia, por desgracia para él y para la propia Fiesta, pues obras así no pueden llevar tan infame borrón.
Una faena basada en su mano buena, la izquierda, por donde empezó y casi acabó, toreando muy de verdad. Sólo una tanda a derechas en el epílogo, con tanta intensidad como por el otro pitón. La cosa fue prácticamente al natural. ¡Y con qué naturalidad!
El mando y el regusto, la estética y el poderío, la profundidad en suma, con la notable aportación del toro del Pilar.
Que no hay que olvidar al toro -bravo y con transmisión como se dice ahora-, estirándose en cada embestida con incontenible codicia, empujando por abajo y yendo hasta allí, justo donde el brazo del torero ya no daba más de sí. Y a continuación, abriéndose lo suficiente para regalar sin pausa la siguiente embestida, y otra, y otra...
Las series de seis y siete muletazos, perfectamente hilvanadas, cerrándose cada vez más el círculo entre toro y torero hasta hacerse inverosímil el espacio reservado para el remate del pase de pecho, mientras la plaza hervía en olés. No se puede torear mejor, ni disfrutarlo con más apasionamiento.
Gran toro, gran torero. Pero falló la conjunción final. Lo que históricamente se ha dado en llamar la suerte suprema esta vez intervino en contra. Y el mejor Cid, lamentablemente, desenfundó su peor espada. No se entiende, pero así fue.
La corrida tuvo otros pasajes de interés, no obstante, ni mucho menos este suceso en el quinto. El propio Cid había llevado a cabo una faena con intermitencias en el segundo, que lució un buen pitón derecho.
Toro bueno también fue el cuarto, también por el derecho. Pero Juan Bautista se dejó ir las quince o veinte arrancadas que tuvo, sin terminar de cogerle el aire. Al primero, toro que lució a medias, el picador de turno le bajó los humos del genio con un desproporcionado castigo. Bautista estuvo igualmente por debajo del astado.
Talavante, como una sombra. Tuvo el lote menos propicio, pero él sin ambición. Desangelado en su escaso primero. Y descentrado en el último.