HAY contenidos y situaciones en los que la ética deviene, necesaria e inevitablemente, política. Tal ocurre, por ejemplo, cuando los valores fundamentales en los que se sustenta la democracia, y que son normativos en ella, vienen a ser ignorados o sistemáticamente violados. En estos casos no es sólo la ética la que resulta gravemente agredida. Lo es también la política o, dicho de otro modo, el sistema en su vertiente política. No en vano la democracia, como sistema político, se asienta sobre los que denominamos derechos humanos fundamentales, cuya raíz es reconocidamente ética. ¿Qué más ético y, simultáneamente, qué más político que defender el valor, la dignidad y la vida de todo ser humano, del ser humano todo -esto es, en su integridad- y de todos los seres humanos?
Por eso, la apuesta por los valores normativos que fundamentan nuestra convivencia y el repudio a cuanto los viola representan actitudes y actos, por no decir demandas, éticas y políticas a un tiempo. Ante tales requerimientos nadie, ningún colectivo político particularmente, puede llamarse andana. Y menos aún puede refugiarse en sutilezas políticas para eludir un pronunciamiento que le incumbe, ya se postule el mismo como ético o como político. Porque, insisto, en lo que atañe a lo básico y fundante de nuestro modo de convivencia, la responsabilidad ética se hace inexorablemente política y la responsabilidad política se torna, ineludiblemente, ética.
Todo lo cual puede iluminar algo, quizás, recientes acontecimientos y conflictos de vida municipal vividos en diferentes localidades. Es de inmediata vigencia, en todo caso, en relación con el último atentado de ETA, que ha segado la vida de Juan Manuel Piñuel, ha sumido en la desolación a su familia, ha herido a otros cuatro miembros de la Guardia Civil, ha podido o querido provocar una indiscriminada masacre y, en definitiva, ha vuelto a bailar obscenamente su danza macabra sobre los principios básicos convivenciales de los que nos hemos dotado.
La ética política se considera, y es, una ética de la práctica. Por lo mismo, es, ciertamente, una ética de los fines. Pero, ante todo y principalmente -y en esto existe hoy, en mi opinión, suficiente consenso-, lo es de los medios. La ética política es una ética de los medios. Por eso decía que ningún grupo o partido político puede declinar ante la ciudadanía su responsabilidad de explicitar con claridad si está efectivamente por medios verdaderamente humanos y pacíficos, o está por medios inhumanos, violentos y deshumanizadores. Abdicar de dicha responsabilidad no sólo contraviene a la ética, sino al más elemental sentido político democrático.
Los hombres y mujeres de la política tienen el deber ético y político de distanciarse inequívoca y contundentemente de quienes, ventajosamente, se sirven de la violencia como instrumento de acción o presión políticas. Y la ciudadanía tiene todo el derecho del mundo de exigírselo, como condición indispensable y siempre vigente para poder otorgarles el reconocimiento y la confianza democráticos mínimos.
Guillermo Múgica