el burlador de sevilla o el convidado de piedra
Autor: Tirso de Molina. Compañía: Teatro de la Abadía. Versión y dirección: Dan Jemmett. Intérpretes: Ester Bellver, Lino Ferreira, Ernesto Arias, David Luque, Luis Moreno, Marta Poveda. Lugar y fecha: Claustro de San Pedro de Olite. 23 y 24/07/08. Público: lleno (en la función del 23).
ENTRE los bares y el amor existe una relación casi natural. Una relación múltiple, además. Cuántos amoríos, pasajeros o duraderos, se han iniciado a la vera acogedora de una barra. A montones. Y cuántos se han olvidado, o se ha pretendido hacerlo, sumergiéndolos en un alcohol que ablande la dureza de su recuerdo todavía cercano. Y cuántos bares, tascas, pubs y otras variedades hosteleras han presenciado conversaciones sobre enamoramientos, romances y aventurillas de cualquier grado; como aquella en la que Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía repasan sus respectivas conquistas en la mítica Hostería del Laurel. Pero no nos despistemos: éste no es el Tenorio de Zorrilla, sino el de Tirso, y aquí no hay Mejía ni Laurel.
Lo que sí hay es bar: una enorme barra que preside una escenografía de llamar la atención. Con sus altos taburetes, en los que los personajes aguardan el turno para intervenir mientras se van tomando una copa. Una ambientación más cercana a aquellas cabañas a las que bajó Tenorio que a los palacios a los que subió (vale, que ya sé que no es el de Zorrilla, pero no puedo evitar acordarme), y en la que reina Don Juan, más como pícaro tabernario que como caballero de noble estirpe. Ésa es, precisamente, la caracterización que busca esta versión de Dan Jemmett, que pinta a Don Juan como un galán "cochambroso", en palabras de los miembros de La Abadía, pero al tiempo que se preserva su intención transgresora. Y se aduce como prueba el final, que se sustituye el artificioso happy end barroco por una sorprendente "resurrección" de Don Juan disfrazado no sé si de bufón o del comodín de la baraja, ese naipe tan deseado que liga con cualquier carta. Lo que no termina de ligar es justamente ese final, que despista al más avisado.
Ernesto Arias (Don Juan) capta muy bien ese tono de seductor barriobajero, que me encaja mejor en la Ópera de cuatro cuartos que en un Tenorio . Me parece bien desacralizar al personaje y me resulta plausible rebajarlo a conquistador de tasca. Claro que entonces su intención transgresora queda comprometida por esa mirada entre burlona y displicente con la que Jemmett pinta al personaje. No sé si me explico. O no sé si Jemmett se explica. Porque tampoco encuentro razón para muchos momentos en los que se marca una escena con un acento cómico a contrapelo de lo que el texto pide. A no ser que se quiera decir algo así como: no hay que tomarse esto en serio, se trata de una opereta caduca, hombre. Pero luego nos tropezamos con pasajes más dramáticos, como el de la pescadora (des)engañada, que no funcionan por presentar la obra como una comedia ligera.
Ligereza es la pretensión que parece buscarse con la presencia constante de los ritmos jamaicanos. Ligereza es precisamente lo que no se consigue cortando la acción para introducir canciones o bailes que el momento no pide. No acabo de entender la razón de peinar el texto para quedarse con la esencia de la trama si luego se va a demorar su desarrollo en escena con cambios de vestuario o con preparaciones de pertinencia discutible. Muchas de las innovaciones del montaje me resultan atractivas. Sucede que no les encuentro coherencia con el texto o con el ritmo de una representación.