Dirección: José Padilha. Intérpretes: Wagner Moura, André Ramiro, Caio Junqueira, Milhem Cortaz, Fernanda Machado, Maria Ribeiro, Paulo Vilela, Fernanda de Freitas. Nacionalidad: Brasil. 2007. Duración: 115 minutos.
Las favelas de Río Janeiro conforman un zoco laberíntico, un dédalo letal muy cinematográfico en el que, paradójicamente, el Hulk de Edward Norton buscaba el antídoto a su monstruosidad. Esas terrazas de hacinamiento se erigen en insólitas cloacas que proponen una funesta visión de un submundo arrabalero. Bien se podría hablar de un infierno. Y en él, narcotraficantes, asesinos y pobres de solemnidad se sienten unidos por la fugacidad de su fecha de caducidad. Y es que allí, envejecer es un milagro que ese Corazón de Jesús que preside la ciudad rara vez se permite. Así lo reiteran los textos fílmicos y las estadísticas que, de un modo u otro, levantan crónicas de su situación.
Tropa de élite , primer largometraje del cineasta brasileño José Padilha, Oso de Oro en el último festival de Berlín, escenifica en ese promontorio un relato canónico sobre los efectos de esa violencia germinal. Padilha, un profesional que viene del mundo del cine de no ficción, ese que se nutre con lo real, busca con Tropa de élite refundar los retazos del documentalista que fue en el cronista que es ahora. Ahora bien, ahí acaba su compromiso con el contexto porque Tropa de élite , desde su mismo título, deja claro que no trata de describir una realidad sino de esbozar un discurso. Una cosa es que Padilha no eche mano de los adjetivos calificativos y otra que no tome partido. Como decía Celaya, toma partido hasta mancharse.
Se mancha de desesperación y su filme no admite tibiezas. Una cosa es que en él no se alumbre una salida a ese desmoronamiento social y político y otra que Padilha no verbalice condenas sin ambigüedad alguna. Si algo se escucha en esta película es precisamente eso: sentencias de culpabilidad. Condenas a los narcotraficantes que imponen su ley a golpe de pistola; condenas a los universitarios adinerados que se colocan haciendo posible el negocio del narcotráfico; condena a las ONG acomodadas y complacientes en su propia situación de bienhechores en medio de la miseria y, finalmente, condenas contra los policías corruptos y los políticos perversos que se enriquecen con todo ello. En medio de esa letanía apocalíptica, Tropa de élite musita el perdón y la comprensión por aquellos hombres y mujeres que se juegan la vida, aunque eso implique usar una violencia desmedida. Su violencia no es sino la manifestación más angustiante de la frustración y la derrota. A Tropa de élite se la ha comparado, quizá de modo perezoso, con Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles. Ambas transcurren en el mismo paisaje y ambas provienen de la cinematografía brasileña, pero... Aquí acaban las semejanzas entre ambas. El protagonista de Ciudad de Dios era un joven arrabalero que escapaba de su destino agarrado al teleobjetivo de una cámara fotográfica. En cuanto testigo que mostraba el horror, alcanzaba la redención de su propio destino y aportaba la esperanza de que las cosas cambien algún día.
En Tropa de élite, Dios ha muerto atiborrado de drogas, asesinado por la mafia, traicionado por la Policía y vendido por la clase media-alta que acude a las favelas en busca de alimento para sus fiestas privadas. Aquí la ciudad pertenece a los ángeles exterminadores, policías que se ahogan entre la psicopatía y la paranoia; revenants salidos del señor, sí señor del Kubrick de La chaqueta metálica . Aquí sólo manda el latigazo fascinante de la violencia extrema y de la desesperación existencial. Una verdadera tragedia cortada con sierra, cosida con cuerdas, que deja al público sin esperanza alguna y con muchas dudas sobre su veredicto final.