NA vez confirmada su nominación como candidato demócrata en la carrera presidencial hacia la Casa Blanca, Barack Obama corrió raudo y veloz ante la selecta audiencia del American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), principal lobby judío en los Estados Unidos, para mostrar su apoyo incondicional a Israel y lanzar duras amenazas contra Irán. Era el 4 de junio del presente año y los asesores de Obama sabían, y saben, de la importancia de cubrir un frente fundamental para cualquier candidato que opte al despacho oval; conseguir el apoyo económico de la minoría más acaudalada de todas las existentes en el país del Tío Sam . No es tanto, como están indicando estos días desde la prensa estatal, la búsqueda del voto judío, bastante escaso en términos absolutos y sólo determinante en algunos estados como Nueva York, en cuanto la importancia de su control de las finanzas por parte de una minoría tradicionalmente inclinada hacia el lado demócrata en sus preferencias y que se sentían muy cómodos con la que presuponían que iba a ser su candidata, la senadora Hillary Clinton . Al factor económico hay que sumar que los ataques más furibundos que ha recibido el candidato afroamericano han llegado, precisamente, desde esa vertiente de la política internacional, llegándose, incluso, a insinuarse sus simpatías por grupos radicales islamistas y tratando de hurgar en su pasado de relación familiar con la religión musulmana, algo que sería la tumba para cualquier candidato que pretenda llegar a la presidencia del país más poderoso del planeta en estos momentos. Por todo ello, no es de extrañar el viaje de Barack Obama a Israel, en donde ha vuelto a mostrar todo su apoyo al Estado hebreo, muy lejos de la imparcialidad y diplomacia que se le presupone a un posible presidente de los Estados Unidos. El primer ministro palestino, Mahmud Abbas , sólo ha merecido 60 minutos de tiempo de un candidato centrado en visitar todos los lugares que recuerdan el holocausto judío, obviando el sufrimiento que éste inflige al pueblo palestino. Una vez conseguida la nominación gracias al voto popular, a Obama sólo le faltaba la necesaria bendición del lobby judío. Ahora, camina firme rumbo a la Casa Blanca. Y, si llega a habitarla, ya se verá.