La buena organización de la Quincena se nota no sólo en la buena idea de la programación de este concierto sin también en los detalles que lo rodean. Una txalaparta recibía a los espectadores en el pequeño atrio de la iglesia y el propio director de la Quincena -Echenique- resaltaba el carácter emotivo del lugar elegido. La verdad es que en estas funciones que prepara la Quincena -como también sucede en Chillida-Leku- el locus influye mucho y dota al acontecimiento meramente musical de una emoción añadida, que resulta de diversos factores. La tumba de Oteiza junto a la iglesia que dio a la Coral una acústica acogedora y brillante. La obra elegida de Aita Donostia: su misa de difuntos, como un bloque monolítico sólido y austero que parte del gregoriano, y desarrolla un música que atañe a lo fundamental de las líneas, en plena consonancia con el museo. Y, como fondo escénico de todo: una tarde oxidada por la tormenta que aportaba una luz bellísima y extraordinaria. Todo se conjugó para asistir a un acto de homenaje íntimo y profundo al escultor.
Es el primer concierto que escucho a la Coral con Jesús Echeverría de titular y hay que señalar, de entrada, que su dirección convence por el gesto claro; por la preocupación y exactitud de dar todas las entradas, tanto a voces como al organista; por la concreción de los matices en el gesto, rico pero no exagerado; por el criterio que utilizó para la partitura, muy compleja, precisamente por su austeridad. Echeverría entiende la obra en una aureola romántica. Va y viene con los reguladores. Pide ataques fuertes, muy sonoros. Y retira el sonido hasta el piano. Procura no caer en el messoforte monocromo que parece imponer su escritura. También otorga a esta música su lado polifónico, al diferenciar bien las voces del grupo, sus entradas y sus fusiones; sus destellos protagonistas y sus retiradas respetuosas. Y no olvida ni el matiz impresionista de las disonancias, ni los arcaísmos del gregoriano. Y es que esta obra lo tiene todo. Y todo hay que enseñarlo para que no se haga monótona.
La Coral respondió a lo que el director pedía claramente con una gran entrega y con un buen resultado de conjunto, aunque, evidentemente, hay que pulir algunas sonoridades, y, sobre todo, hay que crear un sonido propio tanto por cuerdas como de conjunto. Esto sólo se logra con el tiempo. Fueron muy logrados los ataques en fuerte. Contundentes, muy sonoros, pero abarcables y sin salirse de la belleza impuesta por la sala. La cuerda de altos posee un timbre original y bello. Los tenores resolvieron el gregoriano medido con algún esfuerzo. Los bajos dotan a la formación de cimiento suficiente, lo cual es muy importante. Y las sopranos -cuerda más fundamental si cabe- suenan un tanto abiertas, cosa que viene bien para ataques claros, pero que en pasajes como el terrible Domine Iesu Christe del ofertorio, quedan desamparadas, poco cubiertas. Son cosas que sólo se solucionan cantando mucho juntos.
Preciso e impecable el acompañamiento de Raúl del Toro al órgano que, aún utilizando un positivo y sin poder enriquecer la registración, aportó una bella textura sonora.
El público agradeció con fuertes aplausos el esfuerzo de llevar a buen término la obra. Y, aunque saboreadas por pocos; estas experiencias estéticas, son de las que emocionan.