Seis clases de baile en seis semanas Dirección: Tamzin Townsend. Intérpretes: Lola Herrera, Juanjo Artero.Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 2-5/10/08. Público: Tres cuartos de entrada (en la función del 2).
POR pedro zabalza
El baile es el arte de la repetición. O la repetición hecha estética. En cualquier caso, se trata de seguir una pauta, una serie de movimientos estandarizados acompasados con la música. De saberse unos pasos y seguirlos, vaya. Sí, luego se le puede poner sentimiento y todo eso, pero hay que conocer la técnica. Contando historias pasa algo parecido: también hay una técnica y es preciso dominarla. Y el autor de Seis clases de baile en seis semanas demuestra que la conoce, que se sabe los pasos y los sigue. Y nosotros podemos seguirlos con él y, en gran parte, predecirlos. Alfieri se sabe previsible y por eso es capaz de jugar al despiste con nosotros y sacarse de vez en cuando algún as de la manga, de aportar algunas novedades sobre el patrón clásico que hagan que la sorpresa todavía sea posible.
Seis clases de baile en seis semanas no pretende inventar nada. Tan solo, lo que ya es bastante, contar por enésima vez de un modo eficiente la vieja historia de dos personajes opuestos que se conocen, se relacionan y terminan por apreciarse. En este caso, la excusa son unas lecciones de baile que la septuagenaria Lily (Lola Herrera) decide tomar del pintoresco profesor Michael (Juanjo Artero), un tipo descarado, desmesurado, allanador de cualquier circunspección, y, por si fuera poco, gay. Lo contrario de lo que una Lily en apariencia prejuiciosa y conservadora habría necesitado.
En fin, creo que vale con desvelar el punto de partida para que todo el mundo se imagine más o menos la deriva que la historia va a tomar. Los pasos son los esperados, los que conforman este baile. Lo cual no quita para que podamos disfrutar de la habilidad artesanal de Alfieri para construir las escenas según un patrón común, como un leitmotiv que, con sutiles variaciones, va desarrollando la trama como un bucle musical; una melodía que, después de los primeros compases, podemos casi tararear: la presentación intempestiva, la discusión, la reconciliación, el baile, la llamada de la vecina, las revelaciones… y así seis veces más un epílogo. La música de Alfieri está pensada para bailarse rápido, con intervenciones breves, cortadas por réplicas veloces, en las que brillan aquí y allá sutiles toques de humor. Tiene su mérito construir una historia sobre la redundancia y obtener un resultado rítmico y a ratos hasta ingenioso.
La pareja encargada de ejecutar este baile está formada por Lola Herrera y Juanjo Artero. Ambos demuestran también conocer los pasos que tienen que dar, bien coordinados por la siempre eficiente dirección de Tamzin Townsend. No sorprende en una actriz como Lola Herrera, curtida en mil y un papeles, pero era algo que todavía no creía garantizado en Juanjo Artero. Reconozco infundada mi desconfianza: la verdad es que Artero se quita el disfraz del testosterónico policía televisivo y se viste de modo impecable el traje de bailarín amanerado ma non troppo para darle la réplica a su pareja. Con el mérito añadido además de que su personaje está probablemente más lleno de matices, además de ser el que lleva durante todo el baile. La interpretación realza así una producción cuidada al detalle, que si bien no será la obra de nuestras vidas, al menos cumple con eficiencia su pretensión de entretener.