EL REY QUE RABIÓ
Zarzuela cómica en tres actos con libreto de Ramos Carrión y Vital Aza, y música de Ruperto Chapí. Reparto: Alejandro Roy, Susana Cordón, Amelia Font, Luis Alvarez, Emilio Sánchez, Lorenzo Moncloa, F. J. Jiménez, F. Latorre, Ismael Fritschi E. G. Carretero y Celestino Varela entre otros. Acompañamiento: Coro Lírico de Navarra (Silvia Osés, dirección). Orquesta Sinfónica de Navarra. Ballet y artistas de circo. Director de escena: Luis Olmos. Vestuario: Pepe Corzo. Coreografía: Michellel Man y Luis Olmos. Director Musical: Miquel Ortega. Producción: Teatro Nacional de la Zarzuela. Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 10 de octubre de 2008. Público: Lleno.
POR teobaldos
es cierto que esta zarzuela de Chapí coincide, en muchos elementos, con la definición de opereta, a la que se le emparenta, o sea: una forma esencialmente popular de entretenimiento integrada por diálogos hablados, canciones y danzas, cuyo tono puede ir de la comedia sentimental, a la más absoluta farsa, pasando por la sátira y la parodia. Pero de ahí a comparar a Chapí con Offenbach, va un trecho. Ciertamente, El Rey que rabió tiene hallazgos musicales llenos de gracia -como el coro de doctores-, pero no deja de causarnos decepción ese final, solucionado en cuatro compases, plano y al que no se le aporta ni pompa, ni circunstancia, ni un poco de glamour cortesano. Por todo esto, la producción que ha presentado Baluarte es magnífica: no sólo engrandece la obra, sino que, en muchos momentos, esta por encima de ella. Es una prueba de que las puestas en escena -contra lo que dicen los más conservadores- cuando se hacen bien, pueden extrapolarse a lugares y circunstancias distintas a las que fija el libreto, con resultados sorprendentes. Siempre he defendido las puestas en escena arriesgadas, mientras tengan coherencia, aunque, a veces, se meta la pata.
El éxito de esta producción se basa en unos elementos muy sólidos, bien dirigidos, bien conjuntados, que evolucionan con gran fluidez y que mantienen constantemente la atención del espectador. Solistas, coro, artistas de circo y ballet, se mueven perfectamente ensamblados, no se estorban, se complementan, dándose brillo unos a otros. El vestuario es rico y fundamental. La iluminación crea o subraya los ambientes. La coreografía aprovecha cualquier resquicio musical. La orquesta se luce, sobre todo en los momentos más íntimos. Y el público se lo pasa muy bien.
Los solistas cumplen. Susana Cordón, como Rosa, sale más que airosa de su romanza. Alejandro Roy, como rey, impone una voz potente y de poco matiz, pero se mueve con autoridad. El resto resuelve su cometido suficientemente. Quedó por equilibrar -vocalmente- los pocos momentos concertantes que tiene la obra.
El coro se lució tanto teatral como vocalmente. Sin duda éste coro va cogiendo experiencia escénica, se mueve con soltura y aporta gran parte del valor de la producción. Lleno, cuando canta en conjunto; y muy musical, en su parte de voces blancas y graves por separado. Incluso, cuando tiene que estar estático en la grada, baila y huye de la quietud.
Colorista en sus movimientos, espectacular, un punto arriesgado, el grupo de circenses aporta un plus de elevación a la escena que el público agradece muchísimo. Así como las coreografías, discretas, pero muy eficaces de los bailarines; siempre en consonancia con los movimientos circenses.
Miquel Ortega controla muy bien los tempos musicales. Es ágil, y consigue la siempre difícil sincronía entre el foso y el escenario -incluso si los coros tienden a correr un poco- y nos regala un sonido muy bello en el intermedio; momento, por cierto, de los más líricos de la tarde, también visualmente, con la luna en el trapecio.
Los aplausos subrayaron todos los finales de sección, sonaron rítmicos al finalizar la obra, y coronaron al espectáculo como un gran éxito.