eL día en que Jorge Oteiza colocó en Pamplona su escultura Unidad Triple y Liviana justo a la entrada de Carlos III, donde él eligió, no donde finalmente decidió ponerla el Ayuntamiento, tuvo alguna de sus frases ocurrentes, ésas que siempre soltaba para alegría de los periodistas y decepción de los que mandan, tan alejado Oteiza de todos ellos. Ese día, en un frío y avanzado diciembre de 1999, Oteiza, con su bufanda roja y el puro en la boca, daba las gracias a la "chica tan simpática" que le acercaba un café sin que el resto supiéramos si en ese agradecimiento irónico y provocador fingía no reconocerla o si realmente sabía que era la propia alcaldesa de Pamplona la que portaba la taza de café (hay fotos). Oteiza era así, tan provocador como genial y lo cierto es que fue tremendamente generoso con Navarra y sobre todo con Pamplona. Quizás por ello sorprende que la ciudad no acabe de devolverle el gesto. En puertas del centenario de su nacimiento las instituciones se apuntan a los homenajes sin acabar de mirar al artista y su obra. Es más que dudoso que el Polvorín y el Pabellón de Mixtos sean los lugares adecuados para exponer a Oteiza, cuando en la propia Ciudadela hay salas mejores y Pamplona tiene un Museo. Pero no sorprende la elección. Las esculturas de Oteiza han sido históricamente mal tratadas en Pamplona y algunas, como el mítico Odiseo , están deterioradas, mientras que la mayoría conviven con ciudadanos que no las ven aunque las miren. Por eso, su centenario debería ser un buen momento para poner luz a tantos años de sombra y ayudar al ciudadano a que pierda el miedo a asomarse al vacío oteiziano. La vista merece la pena.