orquesta sinfónica de navarra y orfeón pamplonés Fecha: 13 de noviembre de 2008.Lugar: Auditorio Baluarte. Intérpretes: Jean-François Heisser, piano. María Espada, soprano. Iris Vermillion, mezzosoprano. Timothy Robinson, tenor. José A. López, barítono. Directores: Ernest Martínez Izquierdo (Orquesta Sinfónica de Navarra) e Igor Ijurra (Orfeón Pamplonés). Programa: recital dedicado a Beethoven, con Concierto para piano y orquesta número 5, Emperador , y Misa en do mayor . Programación: ciclo de la orquesta. Público: Casi lleno.
POR TEOBALDOS
Terminado el último acorde de la Misa en Do Mayor de Beethoven, el maestro Martínez Izquierdo aguantó con la mano levantada unos preciosos instantes que el público respetó con verdadera devoción. Se escuchaba el silencio necesario para interiorizar y recrearse en la dilatada secuencia que Beethoven dedica, con toda la delicadeza y profundidad del mundo, a suplicar la paz -Dona nobis pacem -.
El titular de la orquesta cerraba así una buena versión de la misa a cargo de orquesta, Orfeón y solistas, plenamente identificados con una dirección entregada, muy cuidada en los detalles, y que mimó a los cantantes. El Orfeón abordó la partitura con viveza, esplendor y fuerza. Es verdad que esta misa no es la Solemnis , pero no hay que engañarse y tomarla como una partitura menor. Tiene enjundia, momentos muy hermosos, y, la clave de su éxito es tomársela como obra beethoveniana , más que como una prolongación mozartiana . El coro estuvo maleable y dúctil a una dirección que se preocupó de sacarle muchos matices a la obra. Por ejemplo detalles como el diminuendo del quoniam , o el respeto a las voces en las entradas de la fugas, con unos estrechos en piano muy claros, perfectamente marcados por el director, demuestran la sintonía entre ambos. Es verdad que alguna entrada en fuerte -sobre todo en tenores- estuvo un tanto, digamos, desinhibida, y que algunas vocales en fuerte se pueden redondear más, pero, por el contrario fue muy hermoso el fragmento a capella del Sanctus servido en perfecta bandeja tonal a la entrada de violines.
En resumen, el coro logró una sonoridad muy bella, plena, solemne y rotunda en el amén, recogida en los pianos , y siempre muy clara en el texto. El cuarteto solista también cumplió sobradamente desde el punto de vista de vocalidad individual; y estuvo francamente bien en la actitud de cantar en cuarteto. Es sin duda, también, labor de un director que cada vez sabe más de voces. La orquesta hizo masa con todo el conjunto sin forzar nunca a los cantantes. Al contrario, llenaba los cimientos, dejando que saliera el texto. Detalles como el clarinete solista en elagnus dei y la perfecta audición del entramado sonoro, demuestran también el cuidado y preparación de la orquesta. La tarde dedicada a Beethoven comenzó nada menos que con el concierto Emperador para piano. La versión de Jean-François Heisser no me pareció tan cuajada.
Muy matemática y medida, daba la sensación, a veces, de precipitar la música. Es cierto que este concierto no hace concesiones a excesivos lirismos, pero, en el adagio , por ejemplo, se impone un obligado reposo que recree con tranquilidad la maravillosa escala descendente. Hay, en esta obra, más que diálogo entre piano y orquesta, fuerzas encontradas. Y, en todo caso, un diálogo altisonante entre ambos, donde se oponen y complementan los recursos expresivos; pero, imperando, siempre, en ambos mundos la fuerza y la vitalidad. En este sentido, la diversidad de matices y rotundidad del pianista quedó, a mi juicio, por detrás de la orquesta.