'Kampillo, o el corazón de las piedras' Autor y director: Pepe Ortega. Intérpretes: Alfonso Torregrosa, Julán L. Montero, Juanma López, Mª José Sarrate, Laura Villarrocha. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 27 de noviembre. Público: 200 espectadores, aproximadamente.
POR pedro zabalza
Sería un bonito rebaño el formado por ovejas negras y perros abandonados. Desde un punto de vista metafórico, se entiende. Ovejas que se apartan del grupo vigiladas por perros vagabundos: la desesperación de un pastor. Algo zoológicamente parecido es lo que ofrece Kampillo, o el corazón de las piedras . Kampillo es la clásica oveja negra a la que varios perros intentan reconducir al redil, cada uno a su manera: su hermano, por la fuerza; su cuñada, mediante la lisonja y la comprensión; y Aurelio, Bata , en un primer lugar, a empujones, y luego, mediante la amistad. Tarea inútil. La oveja negra tiene que encontrar su lugar en el mundo por sí misma. Con lo que no cuentan esos perros es con convertirse ellos mismos en animales abandonados. Abandonados por su familia, por su trabajo, o por sí mismos, pero abandonados. Obligados a buscar un nuevo hogar en compañía de la oveja negra, ya no tan distinta a ellos mismos. Podemos acordarnos también de otro animal: el cisne. Kampillo supuso el canto del cisne de la Sala Ítaca, un teatro madrileño regido por el autor y director de esta pieza, que cerró sus puertas hace escasos meses. Una lástima, porque, además, este Kampillo tiene bastantes cosas de interés. Bueno, matizando: esta obra son dos obras, Kampillo y Ex , dos textos escritos en épocas distintas (1994 y 2007, respectivamente) y con notables diferencias entre sí, aunque los personajes sean los mismos. El primero de los textos nos ofrece a los personajes en una foto fija, mientras que el segundo son pequeños clips que nos los muestran una docena de años después. Esta mirada a distancia de los personajes que se nos han presentado inicialmente nos permite ver como con una máquina del tiempo el futuro de unos individuos que parecían dogmáticos, irascibles, enfrentados, y que el tiempo ha dulcificado. Pepe Ortega, el autor, pinta con inteligencia esa evolución y, aunque con el protagonista, Kampillo, da en el poste de la verosimilitud, el balón finalmente entra. Sucede, no obstante, que las dos partes son también bastante diferentes en cuanto a acabado final. Y así, uno tiene la sensación de haber asistido a una excelente obra de teatro, la primera, y a un largo y fallido experimento que cierra la función cayendo en barrena. Kampillo es un choque de trenes entre el ácrata protagonista y su estricto hermano, reunidos en el funeral de la madre. El impacto nos hace saltar del enfrentamiento a la comprensión, rozando a veces algo parecido al afecto. Un conflicto puro, claridad de ideas, buenos personajes y unas interpretaciones, especialmente la del protagonista, impecables. Mucho de esto se pierde en la segunda parte, por la que los personajes vagan sin una motivación clara, como perros abandonados, o como ovejas sin pastor. Se desaprovecha el que para mí es el problema esencial de Kampillo, su conciencia, sus remordimientos, que se resuelven de un plumazo en una escena que debería ser un clímax y se queda perdida entre unas ambiciones discursivas a lo Max Estrella y un batiburrillo de problemas menores.