Hay conflictos que son callejones sin salida. Sobre todo si las partes implicadas se empeñan en una huida hacia adelante provocando una escalada de acción-reacción en la que obligan a su rival a seguir adelante hasta un final que nunca llega. El problema de Israel y Palestina es uno de estos conflictos. Los últimos acontecimientos están verificando las peores de las hipótesis. No es momento de buscar culpables, sino salidas, porque es la población civil la que sufre sus consecuencias y la estabilidad mundial la que se resiente. Es evidente que Hamás se equivocó al no querer renovar la frágil tregua de seis meses, impasse que fue aprovechado además para rearmarse, como por desgracia ha sucedido en otros casos. Aún mayor es el error de Israel, que se ha metido a sí mismo en la necesidad de una guerra total pero de victoria imposible. Con las mutaciones del integrismo islámico en forma de atentados suicidas es evidente que Hamás no ganará nunca la guerra, pero tampoco la perderá. Lo preocupante no es sólo que en ambos países, y especialmente en el lado palestino, mueran víctimas inocentes y la situación humanitaria en la Franja de Gaza sea insostenible, sino que al mismo tiempo gran parte de la opinión pública de sus respectivas sociedades apoyan estas estrategias armadas sin solución. Las posturas políticas intermedias en ambos países están siendo aparcadas por los extremos e incluso en el lado palestino resurge el fantasma sobre un nuevo conflicto civil entre Hamás y Al Fatah. Está claro que la emergente Autoridad Palestina, con Mahmud Abbas a la cabeza, era un interlocutor más fiable que los radicales de Hamás, pero la comunidad internacional erró también (como sucedió en Argelia) al negar cualquier negociación y financiación cuando los islamistas ganaron en su zona las elecciones, ya que es el propio -aunque incipiente- sistema democrático el que quedaba desautorizado. Precisamente está en manos de Occidente, especialmente de EEUU por su apoyo expreso a Israel, buscar de nuevo un acuerdo para detener esta guerra suicida y retomar la negociación y el diálogo que acumulan múltiples fracasos en las largas décadas de conflicto pero que, en Palestina o en cualquier lugar, es la única vía que garantiza una salida duradera.