PAMPLONA. Osasuna consiguió la victoria ante el Zaragoza en un encuentro en el que salió con la tensión y gravedad que la situación le requería y en el que, como premio a su ahínco, se llevó los puntos con merecimiento incuestionado. Sólo el mínimo margen de maniobra que dejaba un marcador ajustado, introdujo un elemento inquietante, un punto de preocupación que no desapareció hasta el final.
No está mal que Osasuna se vaya acostumbrando a jugar finales. Encuentros con esta escenografía de seriedad, con gravedad en la situación y densidad en el ambiente, se van a repetir con asiduidad en las próximas jornadas y cuerpo y mente deben ir probando sus correajes, su capacidad para aguantar los tirones decisivos de la competición. La victoria de Osasuna tiene el gran premio de los puntos, pero también el suplementario del rearme moral, de la restauración del ánimo en un equipo zarandeado por los acontecimientos en los encuentros anteriores. Osasuna, que halla un respiro momentaneo en la clasificación -también intelectual-, viene enseñando en las últimas jornadas un aspecto mejor que el que muestra su botín de puntos y su repercusión en la tabla. El equipo de Ziganda está pagando sus dos derrotas consecutivas ante Sevilla y Barcelona, pero también expone unos aceptables síntomas sobre los que asentar su recuperación. Y en esta fase crucial, el que encuentre los argumentos más convincentes será el que se salve.
Ayer, Osasuna se llevó el premio a la insistencia -que en el deporte es virtud-, ceñida básicamente a su actuación en el primer tiempo, periodo donde realizó un mayor despliegue. Los rojillos salieron a por el partido, se lanzaron a por el rival y el Zaragoza, que no necesita ningún plan para ganar -eso dicen los números de sus delanteros-, se dedicó a esperar. Un buen tramo de la primera mitad se jugó en 70 metros, los marcados por el último zaguero de Osasuna y la portería de César. Ricardo, sin embargo, alejado de la zona de juego, del fragor donde sus compañeros imponían el sitio y el ritmo, se encargó de ventilarse lo peor. Testigo del atasco del rival, el portero de Osasuna midió su sangre fría en dos acciones decisivas. Metido en su campo, el Zaragoza sacó la cabeza dos veces para crear dos acciones de gol clarísimas. En la primera de ellas, Ricardo le birló el balón a Oliveira cuando el delantero pisaba el área con rumbo fijo a la puerta. Dos minutos más tarde -rozando la media hora de partido-, fue Milito el que probó los reflejos del meta: Ricardo no hizo ni una mueca cuando atrapó su lanzamiento seco y raso.
Estos dos sustos, gordos, compusieron el único cargamento ofensivo del Zaragoza que se intercalaron en un monólogo de los hombres de Ziganda. Serios en defensa, superiores en el centro del campo -Puñal y Javi García fueron mejores que Luccin, Celades y compañía- y con movilidad en el ataque -Juanfran, Plasil y Vela nunca estuvieron quietos, respaldando las inamovibles obligaciones de Dady, a empellones con los rocosos centrales zaragocistas-, Osasuna llegó decenas de veces hasta el área de César. Las imprecisiones en los remates -de Vela, Dady, Juanfran- impidieron sacar partido a semejante generosidad ofensiva. El Zaragoza, confiado a la calidad de su dúo Milito-Oliveira y la pillería de Sergio García -un jugador difícil de someter y con clase-, se fue encerrando cada vez más. Irureta y los suyos creían que habían hecho su trabajo bien en el primer tiempo cuando en el descuento, Plasil, siempre dispuesto a pisar el terreno más difícil, realizó un control excelente dentro del área y soltó un derechazo que desvió Ayala al fondo de la portería. Mazazo, diana afortunada, gol psicológico y lo que se quiera, pero los rojillos lo habían estado buscando hasta el final.
Osasuna, menos atrevido, se imaginó un partido terrible con el Zaragoza dando batalla, pero su propia seriedad, el contundente juego defensivo y el excelente trabajo de todos impidieron sorpresas y ligerezas bajo una apariencia de mando del rival. El equipo de Irureta, siempre incómodo, se fue enroscando en un juego poco profundo, nada hiriente, con una nula capacidad de acción por el control sobre Oliveira, Milito y Sergio García. De hecho, sólo un rebote tras un disparo de Óscar contabiliza en su estadística de tiricos a puerta. Aún Osasuna estuvo a punto de incrementar su cuenta con sendas ocasiones de Dady y Delporte. El francés estrelló un balón en el poste en una reaparición de verdad. Aunque el marcador fue rácano, Osasuna fue dadivoso en sus buenas sensaciones.
l Decididos. Osasuna metió 22 balones sobre el área del Zaragoza en el primer tiempo por sólo dos los maños. En total, los rojillos llegaron a colar 36 balones en el terreno de César. Los de Irureta se quedaron en la docena. La insistencia quedó clara en la estadística.
l Imprecisos y constantes. A la oronda estadística de Osasuna no le siguió su puntería entre los tres palos. Los hombres de Ziganda sólo acertaron a mandar a la meta aragonesa media docena de remates, que generaron tres oportunidades de gol. El Zaragoza tiene puntería -de sus tres tiros a puerta, dos fueron ocasiones de gol-, pero no constancia.
l Sereno. Ricardo tuvo dos actuaciones que salvaron a Osasuna en sendos mano a mano con Oliveira y Diego Milito. El cancerbero rojillo, si no perfecto, fue decisivo.
l Prometedores. Osasuna tiene a los dos laterales más jóvenes de la Liga. Azpilicueta y Monreal están siendo de los futbolistas más en forma del equipo y con un mayor ritmo. Los chavales se han asentado en el equipo cuando las cosas
van mal. Eso dice mucho de su formación, y para confiar en ellos.
l Soñadores. Osasuna ganó el primero de los ocho encuentros que le quedaban en casa. Multiplicando por tres puntos...