confiesa ricardo que no deja de darle vueltas a la cabeza pensando en el partido del domingo. No es el único. Los fieles de grada, los seguidores de sala y televisión y los aficionados que descubren, como por contagio, su escondido osasunismo no hablan de otra cosa. Siempre hemos sabido que éste no es un equipo de medias tintas. No le van los grises: o el rojo del posible éxito o el negro del fracaso. Es lo que nos pone. Osasuna nunca ha sabido vivir entre dos aguas, en espacios de sombra, en lugares donde nada hay en juego. El osasunismo ha echado raíces en estos avatares de pseudotragedia en los que al equipo y a su entorno les va poco menos que la vida. Y así se plantean los partidos, entre esos síntomas de estrés y angustia que describe con bastante certeza Ricardo. Para combatirlo, la plantilla busca refugio desde hoy en un balneario. No sé si ese sosiego es positivo para dar con el punto de concentración más óptimo o lo que los jugadores y el cuerpo técnico necesitan de verdad es sentir el latido cercano de los miles de corazones que palpitan a su mismo ritmo. En Puente Viesgo, lo más próximo que percibirán es la tensión compartida por los rancinguistas, a los que también les va mucho en la contienda. Ellos sí juegan a favor de ambiente y habrá que recordar que Santander no ha sido territorio propicio para Osasuna. De hecho, en Cantabria nació, en la temporada 1953-54, la conocida leyenda del Mau-mau , recreación periodística que durante años marcó a los defensas rojillos, pintados como miembros de una tribu de violentos y salvajes africanos. En Pamplona decían que no era para tanto. Nunca se sabrá, sin embargo, si aquellas pendencias de mitades del pasado siglo le pasaron factura a Osasuna. Me refiero a que en la penúltima jornada de aquel lejano torneo, con Osasuna tratando de eludir los dos puestos de promoción, el Valladolid -que también entonces andaba metido en el mismo río revuelto- ganó por sorpresa al Racing 1-3 entre gritos de "tongo, tongo" por parte de los aficionados santanderinos. Ese resultado, y dos empates con los que cerró el torneo, condenaron a los rojillos a la promoción y posterior descenso a Segunda División. Lo cuento no para que Ricardo, si lee estas líneas, tenga más motivos para sentirse intranquilo, sino porque el fútbol, además de goles, guarda mucho de épica, de leyendas y de literatura. Que sepa el guardameta madrileño, de cualquier forma, que, como dejó escrito el gran Santi de Andia en 1954 y en esta misma tesitura de salvar la categoría, "pasará lo que tenga que pasar, a la postre". Pues eso.