OPERACIÓN DERROTA
POR
AITOR PÉREZ BUENO

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A Semana Santa (santa para aquellos que la pueden disfrutar porque tienen vacaciones) es una época en la que toda la vida se ha hablado de operaciones. No sólo se utiliza esta terminología ahora que tan de moda está cantar en televisión. Es un término casi propio de la Semana en la que según cuenta la leyenda se produjo un hecho de lo más misterioso (brujería para unos y milagro para otros).
Pues sí, de operaciones está llena la Semana Santa.
La primera, la más alegre, es la de salida. Todo el mundo contento (si es que va a tener algún día de fiesta, claro); el Patxi con el flotador, la Maritxu con los esquís, el Ramón con la mochila bien preparada, y así un rosario de ejemplos. Pero la realidad es que como de borregos está el mundo lleno, casi toda la gente se decide a salir el mismo día y a la misma hora. Bueno, menos el cagaprisas de turno que es muy listo y sale a las tres de la mañana para evitar el tráfico.
Llegan las colas y no pasa nada. Hay sonrisas y buen ambiente en los coches. No se oyen gritos. Las horas pasan, encerrados en un reducido habitáculo y la sonrisa no se borra. Las vacaciones esperan y eso cuenta mucho en el ánimo de los atrapados. El atasco continuará pero todos son conscientes de que se solucionará y podrán disfrutar de esos días de asueto que “tan merecidos tenemos”. Bueno, también está el capullo de turno que por querer llegar 10 minutos antes a su destino, se coloca en el carril izquierdo y uno por uno va adelantando a los coches que pacientemente esperan a que se deshaga el nudo. Y todo por llegar a tiempo para comer; porque claro, no vaya a ser que “hayamos pagado pensión completa y no podamos comer ya el primer día”.
Y una vez que todo el mundo llega, los días pasan y pasan sin descanso. Para cuando uno se da cuenta se han acabado todas las procesiones, sacrificios, crucifixiones, y lo que es más grave: las vacaciones. Entonces es cuando uno se cuestiona si merece la pena haber hecho semejante viaje para cuatro p... días. Es el primer síntoma de que una nueva operación está en camino. Será la que oficialmente se denomina como operación retorno, aunque para muchos es la operación derrota.
En esta ocasión de los malos rollos no se salva ni el Fulanito que vuelve a salir a las tres de la mañana para no encontrar tráfico. Se acaban las vacaciones y es como si nos las robaran. No lo pensamos ni reflexionamos sobre ello, pero... ¿qué había hecho su pareja (o hijo/a) para que le gritase de esa forma porque no encontraba el cepillo de dientes? Entonces es cuando surgen las preguntas con tono ácido que rezan de la siguiente forma: ¿Dónde me habéis dejado el cepillo? ¿Quién ha tocado mi cepillo? ¡Yo no sé porque habéis de tocar mis cosas! Y de repente levantas ese jersey que dos minutos antes habías colocado encima de la cama y allí está el cepillo de marras. Por supuesto no decir ni pío. Y si los de alrededor descubren la jugada se les espeta un “yo no lo había dejado ahí”.
Una vez en el coche todo son malas caras. Ese cruce que tan mal señalizado está y en el que confundirse es algo habitual puede provocar cabreos de cien kilómetros. O ese mapa de 1982, que lleva la estampa de Naranjito en la portada, y con el que se pretende encontrar incluso autovías de reciente construcción. Claro, no es posible, y ello vuelve a traer ese enfado típico entre piloto y copiloto que se ve agrandado cuando llegan las colas y la convivencia todavía es peor. ¡Ah! Que no se le ocurra al pequeño de la familia ponerse a preguntar cosas de manera inocente pero incesante a la vez. El cóctel dentro del pequeño habitáculo puede llegar a ser explosivo.
Y es que, como dice un anuncio televisivo, hay que ser muy bueno para aguantarse a sí mismo; pero todavía hay que ser mejor cuando esta circunstancia se produce en el último día de unas cortas (cortísimas) pero esperadas vacaciones y dentro de una operación retorno.