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Republicanismo

El día después

Por Santiago Cervera - Domingo, 9 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:07h

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Un gobierno en funciones es un nirvana político. Presidente y ministros que lo siguen siendo, pero que por imperativo legal no han de ejercer como tales. Ni pueden elaborar normativa, ni comprometer gastos, ni meterse en complejidades. Y tras la infame y leguleya interpretación de la vicepresidenta, ni siquiera se han de molestar en acudir al Parlamento a explicar lo que hacen a cambio de su sueldo. Tiempo para zascandilear, esperando pacientes lo que pueda deparar el futuro.

Un futuro que parece más claro después de la vikingada socialista, el día que abandonaron las formas y decidieron comerse (unos a otros) con las manos. El espectáculo se recordará como el final de una época, y eso lo saben sus instigadores. Ahora sí existe un incentivo poderoso para que el PSOE permita la investidura de Rajoy. Hay pavor al desastre electoral, una nueva caída que, como siempre pasa en política, se autoaceleraría progresivamente hasta niveles PASOK. Se ha publicado que incluso la sede de Ferraz tendría que ser vendida para paliar la pérdida de subvenciones públicas. Pero sobre todo, los socialistas son conscientes de que necesitan un tiempo de reflexión dedicado a reconstruir su proyecto, su organización y el liderazgo que les represente. Necesitan parar el reloj. Imposible resucitar en pocos meses, ergo es mejor evitar unas nuevas elecciones. A eso se añade la voluntad de los llamados barones, que no es otra que disponer de un soporte político distinto al de Podemos en aquellas comunidades en las que gobiernan. Que se lo pregunten a Lambán, harto de aguantar a Echenique, y que escucha diariamente los cantos de sirena de un PP que le ofrece tranquilidad caso de que en la Carrera de San Jerónimo los suyos se comporten como se les pide. Esa es también la motivación de los Page o Puig, que ven llegar el ecuador de sus mandatos y aspiran a completarlos sin contratiempos. Así las cosas, la única incógnita es la argumentación que vayan a elegir los socialistas para justificar su abstención a Rajoy, y el impacto que ésta decisión tenga en su maltrecho grupo parlamentario. Pero en comparación con el verdadero cáncer político que padecen -un proyecto agotado que avanza hacia lo minoritario-, éste trance será sólo una gripe pasajera.

Estamos ante el día después de una investidura. Tres partidos aspiran a ser la referencia de la oposición parlamentaria. El PSOE porque numéricamente es el más relevante, todavía. Podemos porque sigue inédito en la lid parlamentaria. Y Ciudadanos porque no quiere ser visto como muleta de la vieja política. Una esquina del ring muy concurrida, en efecto. ¿Y en la otra? En la otra estará Mariano, que seguro pensará que “todo es un lío”, y que por ser fiel a su estilo habrá nombrado a una cuadrilla de ministros incapaces de mostrar coraje y representar un proyecto solvente. No lo hicieron en tiempos de mayoría, mucho menos lo harán en una situación en la que saben que a las primeras de cambio les llamarían al Congreso para ser fusilados al amanecer. En lontananza siempre aparecerá la amenaza de unas nuevas elecciones, en el momento en que no pueda ser aprobado algún Decreto Ley o los mismísimos presupuestos del Estado. Tiempo para el escapismo, todavía más.

Contrasta este previsible reparto de papeles con los tremendos retos que siguen sin ser abordados. Este año de absurdo fárrago político sólo ha servido para quitar foco a las cuestiones cruciales. La primera es el mantenimiento del sistema de pensiones, habida cuenta que pronto se acaba el fondo de ahorro que ha servido para pagar unas cuantas mensualidades en los últimos tiempos. Ese sí es un tic-tac inexorable. La cuentas públicas están fuera de control y al ciudadano se le mantiene condenando al “pagar y callar”, no sólo ante el Estado sino tambień ante el poder de las empresas de los sectores regulados o las que operan servicios públicos. Maldigo un país en el que un gobierno en funciones, como el actual, es capaz de trincar para su saca cualquier semana el 0,8% del PIB nacional, como ha hecho Montoro a cuenta de los anticipos del impuesto de sociedades. Es síntoma de lo mal que están algunas cosas y lo podridos que están algunos cimientos. El espectáculo de los políticos es hoy un MacGuffin que distrae la atención de aquello que ya requiere solución perentoria.

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