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Joaquín Estefanía Periodista y economista

“Nace la idea de la Unión Social Europea, un contrato social garantista, que precisa apoyo ciudadano”

Joaquín Estefanía, escritor y periodista, fue director del diario ‘El País’ entre 1988 y 1993, y director durante 21 años de la Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma de Madrid. Abrió el curso en el Foro Gogoa con una charla sobre ‘La Europa que queremos y necesitamos’

Una entrevista de Javier Pagola Fotografía Oskar Montero - Domingo, 9 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:07h

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pamplona- Al analizar la Europa que ahora tenemos, Estefanía destaca una honda brecha generacional. ¿Cómo se hace notar esa brecha?

-Me obsesiona la brecha generacional que tenemos en Europa y en nuestro país y que se está extendiendo. Hace una semana, el diario británico The Independent destacaba en primera página, una investigación que concluía que las personas nacidas en la década de los años 80, los millenians (la gente que ahora tiene entre 20 y 30 años) son la primera generación de la posguerra en llegar a esa edad con ingresos y riqueza menor que los nacidos en la década anterior. Algo muy parecido a lo que sucede en Gran Bretaña está pasando también en España. Hasta ahora decíamos, hablando en futuro, que nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Pues ese futuro ya ha llegado. Hay que analizar si este retroceso es un accidente histórico, o si va a continuar en el tiempo, porque, ahora, están quebradas las expectativas de toda una generación, y esa es la secuela peor que han dejado estos años de recesión. En estos momentos, seis de cada diez jóvenes de nuestro país creen que en el futuro tendrán una situación económica peor que la de sus padres. La crisis ha dañado a toda la población pero se ha cebado muy especialmente en el sector juvenil.

¿La crisis nos ha hecho más desconfiados?

-Todos tenemos mucha menos confianza en lo que nos cuentan, porque vemos lo que sucede en nuestro alrededor. Esa desconfianza está acentuadísima entre la juventud. En este momento, un 39% de los jóvenes españoles de entre 18 y 35 años dice que confía poco o nada en los demás, mientras que en los mayores de 55 años la desconfianza no llega al 23%. Y esta desconfianza de nuestra juventud es muy acentuada respecto a lo que Europa puede ofrecerles. Los jóvenes son más pesimistas que sus padres;no tienen memoria de las guerras del siglo XX, y no reconocen los bienes de paz y seguridad que les vinieron dados;muestran un gran recelo hacia las grandes empresas y hacia la política del bipartidismo. Los jóvenes buscan nuevos referentes que se parecen muy poco a los que hemos tenido los mayores. Y la revolución tecnológica da a estos jóvenes la oportunidad de compartir sus frustraciones. Se sienten una generación maltratada y, de forma colectiva, están creando una identidad nueva, alejada de la de sus progenitores. Esa pregunta que los mayores tantas veces nos hemos hecho: ¿qué les pasa a los jóvenes?, deberíamos transformarla en otra: ¿qué les hemos hecho a los jóvenes? Porque, a los jóvenes se les ha privado de oportunidades y se les ha situado, a menudo, en los márgenes.

¿Qué han supuesto diez años de honda crisis para el conjunto de la sociedad?

-Ha quedado una sociedad dual, muy diferenciada: un 70% de la población ha seguido, más o menos, adelante, mientras que el 30% restante (más de 14 millones de personas) ha quedado condenado a vivir en pobreza absoluta o relativa, o en una vulnerabilidad permanente. Han aparecido nuevas clases sociales: La de los trabajadores pobres que no pueden vivir con el salario que ganan, la de los vulnerables en riesgo constante de caer en la pobreza, la del precariado, o la de las personas prescindibles y excluidas. Un 55% de nuestros conciudadanos siente que ha experimentado un descenso de clase social, y el 66% de la población cree que la creciente desigualdad es uno de los más graves problemas de nuestro país. El balance se mide en términos de ganadores y perdedores. Un escasa minoría se ha hecho más rica que antes, mientras que se ha generalizado la figura del consumidor ahogado, que ha reducido los gastos de su hogar y no puede permitirse ningún gasto de ocio o suntuario.

La idea de austeridad ha sido muy traída y llevada en la reflexión y la práctica de la izquierda europea. ¿Qué diría usted de ella?

-Hasta hace poco la austeridad ha sido una idea lúcida para la izquierda, cercana al ecosocialismo, que impugna el derroche y el abuso de los recursos naturales y sale al paso del desafío más grave que afronta ahora toda la humanidad, el del cambio climático. En 1972, en plena crisis del petróleo, el Club de Roma emitió su famoso informe sobre los límites del crecimiento. Y el año 1977, el líder del Partido Comunista de Italia, Enrico Berlinguer, pronunció ante una convención de intelectuales un discurso, original y atrevido, sobre la austeridad como columna vertebral de una futura sociedad alejada del modelo capitalista y de sus valores de despilfarro, consumismo e individualismo alienante. Pero es muy distinta esa idea de austeridad, libremente elegida, para que todos los pueblos podamos vivir con dignidad, de la austeridad expansiva e impuesta con recortes sociales que, según los poderes dominantes, nos llevará al crecimiento. La trampa es que no se dice cuándo acabará ese sufrimiento obligado para los más débiles, ni qué pasa con tantísimas personas que se han ido quedando por el camino.

¿En qué encrucijada se encuentra ahora la Unión Europea?

-Ha fallado a los ciudadanos. No ha defendido su razón de ser, como agente de paz, garantía de derechos humanos y acogida, espacio de participación democrática y de propuesta, al mundo entero, del Estado de Bienestar. Y parece desintegrarse entre exit, desapegos, populismos, y desafección ciudadana. Las instituciones europeas han llevado estos últimos años en su trayectoria un zigzag de borracho, sin energía ni continuidad, dando bandazos. Hay un verdadero desajuste emocional de los ciudadanos, hartos de ajustes, recortes y sacrificios, con las instituciones europeas. La economía gestiona la política, y el capital y las mercancías se muevan libremente, mientras las personas encuentran restringido o imposible su movimiento. En España, en plazo de unos meses tendremos un nuevo gobierno al que, sea cual sea, Bruselas le va a exigir, de inmediato, un recorte de aproximadamente el 1% de nuestro PIB, que afectará de modo muy especial a las políticas sociales. Además la salida de Gran Bretaña va a suponer un aumento considerable en el reparto del gasto militar europeo para proteger las fronteras.

Los requerimientos de la Unión Europea, obligaron a España a modificar el artículo 135 de la Constitución. Era el año 2011, gobernaba Rodríguez Zapatero, y se hizo por la puerta de atrás, con el acuerdo de las cúpulas del PSOE y el PP, sin debate parlamentario ni consulta a los ciudadanos. Así se modificó la Constitución, que para otros temas parece intocable. ¿Qué ha supuesto eso?

-El artículo 135 modificado de la Constitución no dice que haya que pagar la deuda española preferentemente, sino que hay que pagarla obligatoriamente, antes que cualquier otra cosa. Lo sustancial de la modificación no estuvo en los porcentajes del déficit estructural que debe cumplir España, sino que lo importante vino en el segundo párrafo de la nueva redacción de ese artículo. Hace que las obligaciones que tenemos con nuestros acreedores internacionales sean prevalentes, en todo caso, a dedicar el dinero a cualquier otra necesidad de nuestro país.

“Al nuevo gobierno de España, Bruselas le exigirá un recorte de un 1% de su PIB, lo que afectará a las políticas sociales”

“La quiebra de expectativas para la juventud europea es la peor secuela de la crisis”

“El actual Grupo Prisa no

¿Qué va a pasar con el euro?

-Nos han puesto una camisa de fuerza dorada. El euro ha sido el proyecto político más importante, y ahora está en discusión. Supuso una enorme cesión de soberanía a cada país de la eurozona y se creyó que traería mayor bienestar. Ahora, con la recesión, ha surgido la cuestión de si esa moneda única estuvo bien proyectada, sin armonización fiscal, y cada país se pregunta en qué condiciones pertenecer al euro.

¿Hay que poner límites al mapa de la Unión Europea?

-Parece claro que sí. Todo tiene que ver con la fecha de 1988 en que desaparecen el telón de acero y el bloque soviético: entonces cambiaron la cartografía social y las ambiciones de muchos dirigentes europeos. Pero Europa debe tener límites, marcados no sólo por la geografía, sino por el cumplimiento de los derechos humanos en todos sus países miembro.

¿A dónde puede conducir la situación actual de la Unión Europea?

-En teoría, al pertenecer al club europeo, podíamos esperar que la economía mejorara y la ciudadanía creciera, pero ha sucedido al revés, porque la política se ha encogido y la economía va mal. Se plantea un dilema: ¿Esta parálisis y marcha atrás se debe a la hegemonía de las fuerzas conservadoras en casi toda Europa? o ¿es el propio modelo el que ha fallado porque su estructura estuvo mal hecha desde el principio?

¿Cómo hacer posible la Europa que queremos y necesitamos, esa de la que usted ha venido a hablar?

-Ante todo, hay que recuperar el concepto de ciudadanía, que ya formuló en los pasados años 50 el sociólogo británico Thomas Marshall. Junto a sus derechos, individuales, civiles y políticos toda persona tiene derecho a recibir una herencia de derechos sociales que hagan posible la equidad y la igualdad de oportunidades. De la Comisión Europea, y de su presidente Jean Claude Juncker, ha partido recientemente la necesidad de crear una Unión Social, que podría salvar y sostener el proyecto comunitario europeo. Es una idea todavía no desarrollada que vendría a ser un contrato social, garantista, para determinar lo que cada grupo social aporta o recibe en la Unión Europea. Juncker es un luxemburgués perteneciente al conservador Partido Popular Social Cristiano, pero de esta idea y su desarrollo, a la que deberíamos prestar apoyo constructivo todos los partidos, movimientos y ciudadanos, depende el futuro de Europa. Si no sale adelante, seguro que vamos a tener más brexit. La ciudadanía tiene que movilizarse, porque ahora, salvo grandes manifestaciones contra la reforma laboral de Hollande y Valls en Francia, no hay contestación ni movilización en la calle. En España, quizá, porque han llegado al parlamento los representantes de los grupos que más se movían, y la gente está expectante, a ver qué hacen en sus escaños y comisiones parlamentarias.

¿Dentro de las reglas del sistema capitalista se puede hacer algo para mejorar el modelo europeo?

-Fuera del capitalismo no hay, de momento, alternativas conocidas viables. Pero, dentro del sistema capitalista, se puede hacer mucho, para corregir la desigualdad. Desde el lado de los ingresos, hay que hacer reformas fiscales, porque en los últimos 40 años ha habido ataques furibundos a la progresividad de los impuestos: se ha hecho que los impuestos sobre el capital sean más bajos que los impuestos sobre el trabajo, y que desaparezcan los impuestos sobre patrimonio, sucesiones y donaciones. Desde el punto de vista de los gastos hay que asegurar una redistribución justa, favoreciendo los servicios públicos de salud, educación, las pensiones, rentas sociales, ayudas por dependencia y seguro de desempleo. Ahora se está abriendo otro camino que se debate ya en los países nórdicos de Europa y que llegará pronto a los demás, que es la predistribución, anterior a los impuestos y a los presupuestos públicos, mediante convenios colectivos laborales que eviten la desigualdad retributiva, y con sectores sociales concretos para asegurar la equidad. Y hay que lograr la armonización fiscal en todo el ámbito de la comunidad europea, para evitar que empresas trasnacionales se domicilien en determinados países donde la tributación que pagan es ridícula. Es lo que ha pasado, hasta hace poco, con Apple que solo pagaba, en Irlanda, un 0,01% de sus beneficios en toda Europa. Estuvo mal lo que hizo Apple, pero también mal que Irlanda lo consintiera e hiciese dumping social a los otros países de la Unión Europea, entre ellos a España. Lo que hacían era legal, pero no era ético. Hay evasión y elusión fiscal. Ahora existen las llamadas termitas fiscales que aprovechan vacíos e intersticios en las leyes para, legalmente, no pagar impuestos.

¿Qué ha pasado con el grupo Prisa, y qué papel están jugando los medios de comunicación en todo lo que está pasando? ¿Qué podemos y tenemos que hacer los usuarios y receptores de sus mensajes?

-Pues hay que hacer lo mismo que con el resto de las instituciones: desconfiar. Los receptores deben desconfiar de los medios de la misma manera que los periodistas debemos desconfiar de lo que a nosotros nos cuentan. ¿Qué es lo que ha sucedido en los medios? Que son probablemente la industria que, de manera porcentual, no en términos absolutos, más ha padecido la crisis. Hace diez años era una industria muy rentable, pero hoy, en su 90%, está arruinada, debe dinero, y no es independiente. A eso se ha unido la revolución tecnológica. Los periodistas se han lumpemproletarizado, cobrando cantidades ridículas de dinero y trabajando hasta 14 horas diarias. Y, en el grupo Prisa últimamente no ha pasado nada, excepto que ha tomado otras posiciones ideológicas y políticas;pero yo no voy a decir qué opino de las mismas, porque he trabajado 40 años en el grupo Prisa y pienso que las cosas que tenga decir las diré únicamente en su seno. Desde luego, el grupo Prisa de hoy no es el mismo en el que yo trabajé como director de El País, con unos dueños identificados y unas reglas de juego que precisaban los derechos y deberes de la propiedad, de la redacción y de la dirección del periódico.

¿Cómo ve los medios digitales?

-Lo digital, que es gratuito, se ha adueñado de los medios de comunicación, y no se ha dado con un modelo de negocio alternativo. En lo digital no todo es igual: algunos medios son relevantes y confiables, de otros no se puede uno fiar. Muchos son minifundios, empresas pequeñísimas, que se han convertido en buzones de noticias que les llegan y no siempre verifican. Pero me parece muy bueno que haya aparecido esta competencia a los medios tradicionales. Los medios tradicionales ya no son mayoritariamente analógicos, sino digitales. Es mucha más la gente que lee ahora la edición digital de El País que la impresa. Cada mes baja, de manera imparable la venta de ejemplares de periódicos en papel. Me dicen que en España han cerrado, en pocos años, 30.000 kioscos de distribución de prensa.

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