Alepo olvidada

Por Koldo Aldai - Lunes, 10 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:07h

Siempre hay que temer de los mandatarios que quieren hacer grandes a sus naciones. Trump así lo quiere, Putin ya lo está haciendo… Make great America again es su lema fundamental de campaña. Con él desea encandilar a los americanos que aún no han digerido Vietnam y que desean sumar nuevas victorias imperiales. El problema de los populismos nacionalistas, hoy lamentablemente tan en alza a uno y otro lado del Atlántico, es que quieren hacergrandes a sus naciones a toda costa, aún a costa de un terrible sufrimiento ajeno, aún a costa de ciudades destrozadas y población civil masacrada… Esa es la grandeza de Putin. Hay un pueblo mayoritario que gusta de esa exhibición de músculo belicista, no importa a quién aplaste la maquinaria, no importa para qué se utilice el poderío. Rusia no se entera o ha perdido el alma. Rusia ha perdido la memoria o ha perdido la dignidad, la memoria de cuando eran ellos los que estaban bajo las bombas, de cuando eran sus madres las que sollozaban...

En EEUU aún prevalece, esperemos que por tiempo, la cordura. Se debaten entre el amenazante y peligrosísimo populismo del multimillonario que llevaría a engrasar de nuevo una maquinaria imperialista y el espíritu de paz y de diálogo que, aún con todos los comprensibles recelos que pueda suscitar, encarna H. Clinton;se debaten entre la fuerza de la fuerza y la fuerza de la razón. Diciembre y su grato Papa Noel nos traigan buenas nuevas… Por eso sorprende esa amilanada, amnésica e incongruente equidistancia entre Rusia y Estados Unidos que mantiene la izquierda europea ante lo que está ocurriendo en Siria. Digo la izquierda por mentar a la ciudadanía que ha asido la pancarta con más fuerza, la que más kilómetros ha recorrido a lo largo de la historia en favor de justas causas internacionales.

Muchos amigos sostienen esa equidistancia, esa neutralidad generalizada que a la postre está justificando la impunidad de la masacre en el país árabe. Sorprende ese empeño en apuntalar por ejemplo a un Maduro de días contados, en vez de hacer prevalecer los derechos humanos ya en la propia y castigada hermana Venezuela, ya bajo los cielos insufribles de Alepo. Los buenos amigos se apalancaron en los setenta cuando los EEUU ayudaron a tumbar aquel noble hombre por nombre Salvador Allende, cuando respaldaron a todas las dictaduras sudamericanas, o cuando se metieron a sangre y napal en la selva vietnamita…

Si la ciudadanía consciente y responsable no se alza ante la barbarie, ¿quién lo hará? En realidad la izquierda ya ha muerto, porque estamos en un mundo que está superando esa dicotomía anacrónica, esa confrontación partidista. Ha muerto a falta de ideales puros, también víctima de su desnortamiento y falta de lógica, incongruencia por ejemplo de un eterno y trasnochado antiamericanismo a toda costa, que lleva a perdonar los bárbaros crímenes de la segunda potencia mundial por el mero hecho de ser adversaria de Washington.

En el país en guerra desde hace cinco años, Rusia está apoyando a un dictador sanguinario que desea perpetuarse en el poder y que le es afín. Rusia así es más grande, aunque tenga que bombardear de forma inmisericorde a la población civil ubicada en el territorio del bando contrario. Está por llegar el tiempo en que las naciones vuelvan a ser grandes de verdad, grandes por su solidaridad y generosidad, grandes por sus artistas y hacedores de cultura, grandes por sus puertas abiertas y por su firme e incuestionable voluntad de paz, grandes, en definitiva, porque elevaron civilización y no la denigraron con el sufrimiento causado a los más débiles e indefensos.

El sufrimiento no sabe de colores, tampoco de geopolítica, sí sabe de solidaridad de otros humanos que se reconocen hermanos de quienes lo padecen. Siria necesita paz. Ese sufrimiento que está padeciendo la población civil de Alepo no se puede entender en el presente. Sólo en los últimos días han muerto en la ciudad mártir más de cuatrocientos civiles a causa de los bombardeos. La segunda ciudad siria urge solidaridad, urge se detengan los crueles ataques desde el aire. Por un instante olvidemos si somos pro o contra americanos y afirmemos nuestra identidad humana, nuestra condición innatamente solidaria. La barbarie ha de ser detenida y, en buena medida, eso está también en nuestras manos. Si olvidamos a Alepo, a sus mujeres, niños, ancianos... atrapados bajo las bombas, estaremos olvidando algo esencial de nosotros mismos, nuestro ineludible compromiso para con los últimos, para con quienes más sufren en la Tierra, y hoy la ciudad polvo y esqueleto es seguramente el epicentro del más terco y despiadado horror.

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