El sitio de mi recreo

Candidato elefante

Por Víctor Goñi - Miércoles, 12 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:06h

donald Trump, quién si no. El candidato elefante por ponerle rostro a la deformación de una actividad tan digna como la política hasta convertirla en un esperpento desprovisto de toda lógica argumental, pero también por emplearse con la dialéctica de un paquidermo, una mezcla de déspota ricachón y de machista de barra libre. La pregunta es cómo un sujeto así ha podido llegar hasta el recibidor de la mismísima Casa Blanca y la respuesta es que para empezar por el progresivo encastillamiento de Washington como establishment desconectado de amplias capas de administrados, receptivos a cualquier encarnación de contrapoder por grotesca que resulte. Y siempre desde el presupuesto de que las férreas convicciones de índole económica y religiosa del electorado republicano estadounidense le vinculan a la sigla más allá de las peculiaridades de sus sucesivos presidenciables. La cuestión es que el magnate de los 10.000 millones de dólares amasados también por no pagar los impuestos debidos durante lustros, un prototipo tan alejado del ciudadano medio y sus rutinas, pisa los talones a su contrincante demócrata. Y eso aun cuando su campaña se reduce a un compendio de burdos eslóganes e insultos de mameluco, con escenificaciones propias de los reality show que presentó -cuando no de combates depressing catch, negocio en el que también participó-, incluyendo torpezas de catón como despreciar a las minorías étnicas mientras elogia a la Siria de El Asad, la Rusia de Putin y el Irán de los ayatolás. Indiscutiblemente, el mantenimiento de las expectativas de Trump se debe en buena medida a las oquedades de Hillary Clinton. Aquella abogada descollante cuando todavía respondía al apellido Rodham, que pese a su relevante trayectoria institucional primero como senadora y luego como secretaria de Estado carece de la oratoria inherente a los líderes carismáticos y a la que minan escándalos tan publicitados como el caso Whitewater -del que junto a su marido Bill fue a la postre exculpada- o el de la mensajería privada que utilizó como responsable de Exteriores y por la que el FBI la investigó. Ciertamente, nada de la entidad suficiente como para dejar el destino del país más poderoso del orbe al libérrimo albedrío de un mastuerzo como Trump cuando además una mujer puede por fin imprimir su sello a la gobernanza mundial, concatenando por añadidura dos presidencias estadounidenses no protagonizadas por varones blancos.

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