Música

Brandemburgo

Por Teobaldos - Viernes, 14 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Los conciertos de Brandemburgo han merecido siempre una especial atención porque lo tienen todo: una atmósfera distendida y amable, combinaciones contrapuntísticas, arquitecturas perfectas, danza, con homenaje a la polonesa en el minueto (la 1), a la giga francesa e italiana (5, 6), a la zarabanda (4), sonoridades nuevas, estilos fugados, poderosa cimentación del continuo, solistas varios apropiándose del campo del concertino, un concertino superior, un modo de presentar la orquesta, en definitiva, francamente novedosa, con unos temas y desarrollos que muestran el especial momento dulce que atraviesa Bach -en todos ellos adopta el modo mayor-. Por otra parte, esa división del concertino en actuaciones individuales de solistas -violín, clave, viola, flautas, violas de gamba, trompeta-, demuestra la calidad y alta estima que tenía Bach por sus músicos de Köthen, a los que daba solos, de concierto en concierto, para que se lucieran. Lo mismo que el vitalista, inigualable y gran Ton Koopman hace con sus músicos barrocos de Amsterdam, que han abierto el ciclo de cámara del Gayarre. Concierto antológico, para recordar, sobre todo por las aportaciones personales de Koopman al clave -una sorpresa-, y por la sonoridad, absolutamente novedosa, en algunas familias, por ejemplo, el número seis para violas. En orden de interpretación:

Nº 1.- El comienzo fue algo deslavazado, probablemente por la extrañeza de los intérpretes ante la acústica un poco seca del teatro. Como todos estos conjuntos, que usan cuerdas de tripa e instrumentos historicistas, la afinación es medio tono bajo con respecto al diapasón habitual, para no someter a esas cuerdas a tensiones extremas. También el público ha de adecuarse a una sonoridad que, al principio, hay que ir a buscar, no te envuelve como la orquesta convencional. La violín solista -que en el cuarto concierto estuvo magnífica, cambiando de violín-, no se lució en este primero. Magníficas las dos trompas naturales, por color y resolución del reto del adorno.

Nº 5.- Protagonismo y deslumbramiento del clave. Koopman hace lo que le da la gana, y culmina una visión del mejor Bach clavecinista. Efecto de improvisación, de rubato sin salirse de la matemática, de expresividad en un instrumento, en sí, tan frío, a través de un virtuosismo que atesora desde una jovialidad, alegría, calidad técnica e imaginación, magistrales. Nada parecido habíamos oído en otras versiones.

Nº 3.- Redescubrimiento de otros timbres sonoros, esta vez en los diferentes colores de los instrumentos de cuerda;el pasaje descendente desde violines a violas y violonchelos es un excelente muestrario de toda la gama. Espectacular el poderío de los graves en el continuo, el acento que imprimen a la danza final, muy marchosa, casi jazz.

Nº 6.- Otra de las cumbres de la velada. Porque este concierto confiado al protagonismo de las violas es de constitución opaca, más de vidriera de mármol de ábside románico, y, sin embargo los protagonistas (dos violas de brazo, dos de gamba, chelo y contrabajo) supieron transmitir el claroscuro de una apacible sombra soleada. El virtuosismo del violonchelo en el adorno, espectacular. El sonido de las violas, de otro mundo. Una de las más sublimes meditaciones de Bach, sobre todo si se interpreta por estos solistas.

Nº 2.- Muy ágil de tempo. Extraordinario sentido del acento como motor de todo el ritmo. Es verdad que la extrema dificultad de la trompeta natural -con sus mellas, quizás aquí un poco aumentadas por el tempo rápido- quitó algo de brillantez a la versión, pero, es que no escatimó adornos, aunque no todos le salieran. Hay que fijarse en el conjunto, y así, en contraste con el anterior, el violín, el oboe y la flauta, con la trompeta, dan especial luminosidad a toda la versión.

Nº 4.- Cerró la velada. Extraordinario el diálogo entre la violinista y las flautas de pico. Deslumbrante el virtuosismo en fusas de la violinista. Bellísimo colorido orquestal, al completo. Lo dicho: escuchamos algo distinto;es lo que más aprecia ahora el aficionado, la originalidad de la versión, además de la calidad, claro. Koopman distinto a Harnonkurt o Richter, por poner dos ejemplos también importantes. De propina: la famosa aria de la suite en re;y la repetición de una variación del minueto de la número 1. Amén.

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