reflexiona sobre el paso del tiempo y la muerte

“Mis personajes son furiosos vividores”

La periodista y novelista madrileña compartirá mañana con los clubes de lectura de Navarra los entresijos de su último libro, ‘La carne’

Una entrevista de Ana Oliveira Lizarribar | Fotografía Oskar Montero - Viernes, 14 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:09h

Rosa Montero.

Rosa Montero. (OSKAR MONTERO)

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Rosa Montero.

PAMPLONA. En la que es su decimoquinta novela, Montero (Madrid, 1951) vuelve a reflexionar sobre el paso del tiempo y la “inadmisible” idea de la muerte a través de la historia de Soledad Alegre, una mujer contradictoria desde su nombre que siente que no encaja, que roza los bordes de la marginalidad y que en cualquier momento puede perderse en el abismo. Una postura que tiene mucho que ver con su historia personal, que la escritora nos va desvelando poco a poco, en una atmósfera de suspense que también tiene fuertes dosis de humor.

Viene al encuentro anual de clubes de lectura de Navarra, ¿qué le aporta este contacto con los lectores?

-Me encanta. Es una de las cosas que más me gusta hacer. Sin los lectores, los escritores nos moriríamos. La historia de la literatura está llena de escritores que de alguna manera perdieron su lugar público, como, por ejemplo, Herman Melville, autor de Moby Dick. Cuando sacó la novela fue un fracaso, no vendió ni diez ejemplares y ni siquiera le gustó a su amigo más íntimo. Se pasó casi 40 años sin escribir y se volvió medio loco. Necesitamos a los lectores para poder vivir. De hecho, yo los tengo presentes desde antes de escribir una novela. Cuando voy por la calle se me suelen ocurrir un montón de cosas y juegos imaginativos, como a los niños, y 900 de ellos no van a ninguna parte, pero a veces me pasa que tengo un sueño con los ojos abiertos que me emociona y me turba tanto que me digo ‘yo esto tengo que compartirlo’. Ahí es cuando nace la novela, así que, ya ves, desde el primer momento que nace una obra de ficción está presente el lector, que es esencial. Además, con lo inseguros y neuróticos que somos, llegar y ver a lectores que se han leído tu obra en un club, con lo que eso supone de gusto por la lectura, es maravilloso. Te sirve para darte cuenta de que lo que haces no es una locura ni un delirio, que tiene sentido.

Y seguramente la sorprenderán con interpretaciones de sus obras en las que ni siquiera había reparado.

-Bueno, hay cantidad de lectores que te descubren un montón de cosas de tu obra. Se escribe desde el inconsciente, así que, en efecto, muchas veces no sabes por qué has escogido determinado elemento y hay comentarios de lectores que te descubren cosas fascinantes.

Además, la promoción es fundamental en un mundo como este en el que todo va muy rápido y en el que parece que se edita mucho a pesar de lo poco que se lee.

-Yo creo que no se lee tan poco. Los lectores siempre han sido una minoría en todas partes, pero esa minoría ha crecido mucho en España. Hay montones de encuestas que se contradicen entre sí, pero al menos hay un 40% que leen habitualmente, que no es poco. Lo que ocurre es que hay una cantidad de estímulos informativos tremenda y es verdad que tienes que hacer promoción para que incluso tus lectores se enteren de que has publicado. Pero a encuentros de clubes de lectura asisto todo el año, no es promoción, es alimento espiritual.

Hablemos de La carne. En todas sus novelas habla de sí misma de una manera indirecta, pero sin contenidos autobiográficos;en este caso, ¿de dónde ha salido Soledad Alegre, la protagonista?

-Pues de donde han salido todos los demás, como Leola, la campesina del siglo XII de Historia del Rey Transparente, o Matías, el taxista de mediana edad de Instrucciones para salvar el mundo. Los personajes salen de todas las posibilidades del ser que tenemos dentro de nosotros. Lo maravilloso de escribir novelas es poder vivir dentro de otras vidas y que otros personajes te cuenten cómo se ve el mundo desde ese rincón. Y lo que esta novela tiene de común para todos, hombres y mujeres, y para mí también, son las reflexiones sobre el paso del tiempo, lo que significa envejecer, el miedo al fracaso, la capacidad para perdonarse a uno mismo, la necesidad del amor... Todo esto son cosas básicas que tanta gente se plantea y que en el caso de mi protagonista llevé al extremo. Es una mujer que, aunque ha tenido muchos amantes, nunca ha vivido con nadie, nunca ha tenido pareja estable y quería mostrar un caso así para mostrar cómo se sentiría una persona que al llegar a los sesenta tiene miedo de no vivir nunca el verdadero amor.

Una situación dura.

-Sí, y cuando estaba llegando al final de la novela me di cuenta de que no tenía que haber llegado a ese extremo, porque hay muchísimos hombres y mujeres que tienen matrimonios desde hace treinta años o que se han casado tres veces y que siguen arrastrando por dentro esa herida irrestañable de sentir que nunca han sido amados como ellos o ellas querían ser amados o amadas. Y eso les produce una amargura tremenda. De cualquier modo, la novela contiene ese tipo de sentimientos que pueden ser más o menos reconocibles: cómo reflexionamos sobre el deseo de amar, cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo, cómo manejamos el miedo a la muerte... Y, en concreto, Soledad es un personaje muy opuesto a mí, muy distinto a mí;de hecho, de la media de personajes que he escrito está en uno de los extremos más alejados.

Es una misógina.

-(Ríe) Es una misógina tremenda. Toda la vida he odiado a las misóginas, pero con Soledad he llegado a comprender por qué es así. Y he llegado a quererla y espero que al lector le pase lo mismo, que termine queriendo a esta fastidiosa Soledad.

La historia comienza con una venganza, la que planea Soledad en un arranque casi infantil.

-En el despecho amoroso siempre somos como niños. Y esto no es algo que nos pase a nosotros, ya lo sabían los griegos y los romanos. Cupido está representado como un niño, la pasión siempre es pueril y es ciega, claro, porque no ve la realidad.

Estamos ante una mujer independiente, muy culta, y, sin embargo, con un vacío interior tremendo.

-Y no solo eso, tiene un vacío que es colosal. No es solo un vacío amoroso, sino existencial. Siente que es inadecuada. Ha tenido un éxito profesional razonable, aunque siempre en los límites, porque como comisaria se ha especializado en exposiciones marginales -arte y locura, escritores malditos-, y siempre se ha sentido al borde de la aceptación social. Piensa que si resbala un poco caería en el abismo, en la marginalidad, en la locura, que no sería aceptada en absoluto.

Se siente muy cerca de los escritores malditos que van a protagonizar la exposición que prepara.

-Eso es. En la novela se cuentan historias estrafalarias que son todas ciertas menos una y ella se va viendo reflejada en ellas, porque siente también que roza el malditismo. En un momento dado dice ‘soy un monstruo’ y Adam, que es el gigoló de 32 años, dice que él también.

¿Siente que no encaja en el ambiente cultural en el que se mueve?

-Siente que no encaja en ningún lado. De hecho, al final del primer capítulo, en la reunión que mantiene en la Biblioteca Nacional define lo que son los malditos. Y dice: “ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco porque no hay oídos que lleguen a entenderlo, en esto se parece a la locura;ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces;ser maldito es desear ser como los demás, pero no poder, y querer que te quieran, pero solo producir miedo y quizá risa;ser maldito es no soportar la vida y, sobre todo, no soportarte a ti mismo”. Eso es lo que ella arrastra.

Es una mujer que, en efecto, sufre mucho, pero que también tiene una tendencia al melodrama, ¿de ahí las dosis de humor, para descargar un poco ese tono?

-Claro. La novela tiene muchísimo humor y eso hace que las cosas se coloquen en su lugar. Habla de cosas tremendas, básicas y amargas, pero tiene un sentido del humor que hace que no se desmesure y que, efectivamente, no sea un melodrama. Y resulta consoladora, porque al usar el sentido del humor podemos vernos a todos nosotros en nuestra pequeñez y cuando te ves en el colectivo de los demás, el propio dolor duele menos;porque el dolor compartido es menos. El sentido del humor es una vía de expresión de la realidad importantísima, muy poderosa y muy acertada. Me gusta mucho y, de hecho, lo uso mucho en mi vida personal y en mi literatura. Esta es una de mis novelas más humorísticas. Por eso también empieza en una ópera. A mí me encantan las óperas, que tienen la belleza absoluta y maravillosa y, a la vez, el cartón piedra, la desmesura melodramática. Ahí está la clave estética de la novela, quiero llegar a la belleza, pero a través del cartón piedra, del humor.

Desde el mismo título, y como sucede también en sus otros trabajos, hay una añoranza de la juventud. Soledad envidia a los jóvenes y quiere gritarles que vivan y aprovechen cada momento porque esto se pasa enseguida.

-Todas mis novelas son muy existenciales. Las quince tratan obsesivamente de la muerte y del paso del tiempo, desde la primera, que escribí con 27 años. Es una marca mía. Y aquí sigo desarrollándola. Es nuestro sino. La gran tragedia del ser humano es venir a este mundo con una conciencia del yo gigantesca que lo ocupa todo, con miles de deseos de vivir y de ser felices, con ansias de plenitud inacabables y, sin embargo, nos hacemos viejos en dos parpadeos. Eso, si tienes suerte, porque te puedes morir de joven. En dos parpadeos te has muerto y en otros dos muere la siguiente generación y ya no queda ni quien te recuerde. La muerte no nos cabe en la cabeza, es irracional, es incomprensible, inadmisible. Esa es la gran tragedia y es el gran agujero en torno al que se articulan todas mis novelas, esta también. A medida que envejeces, y Soledad lo hace, te acercas cada vez más a esa nada impensable.

Pero sus personajes no se rinden a esa evidencia.

-Es verdad, todos mis personajes son furiosos vividores. Soledad al final se redime, aunque no vamos a contar cómo, y la novela termina mejor que como empieza. Hay una fuerza en todos mis personajes, que es su deseo de vivir malgré tout, a pesar de todo.

¿Y es la escritura también una forma de combatir la soledad, que es uno de los temas de la novela?

-No. La escritura es una forma de poder soportar las tinieblas de la vida. Como la mayoría de los novelistas, escribo desde niña, a los 5 años ya escribía cuentos de ratitas que hablaban, y desde siempre me recuerdo escribiendo. No sé cómo se puede vivir sin escribir, para es mí como combatir el vértigo y la insensatez de la vida, la falta total de sentido. Sé que escribo para darles al mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.

¿Y cómo ha ido evolucionando su negociación con el paso del tiempo y con la muerte, ha ido ganando terreno a sus miedos?

-Escribo para intentar perderle el miedo a la muerte y para tratar de encontrar sentido a esto. Me acuerdo de que cuando terminé Historia del Rey Transparenteestaba haciendo un chat en El Mundo y un lector me dio las gracias porque después de haber leído esa novela tenía menos miedo a morir. Me pareció precioso. Yo escribo para eso. Eso sí, mis novelas son más sabias que yo, en ellas llego más a la serenidad que en la vida real. Pero sí, algo voy aprendiendo.

Creo que está especialmente satisfecha con sus tres últimas novelas, incluida esta, porque dice que ha aprendido a sentirse libre y a tener dominio sobre lo que escribe.

-Sí. Aunque resulte contradictorio, me pasan las dos cosas. Siento que tengo dominio del oficio, es decir, puedo traspasar la novela que arde y brilla en mi cabeza a lo real de una manera más fácil, más segura y mejor. Ahora, mis novelas se parecen más a la novela que tengo en la cabeza que antes. Y, a la vez, siento libertad, que es todo lo contrario, la pérdida del control consciente. Soy capaz de borrarme como yo y dejar que las novelas me atraviesen. Las dos cosas van al unísono y me siento en un período de madurez. Esta última novela ha fluido, he bailado con las emociones que hay en ella, con la historia, he trabajado mucho, pero sin la angustia y la agonía de otras ocasiones en las que me perdía durante semanas o meses. Ha sido muy divertido, emocionante y conmovedor escribir este libro.

¿Y ahora qué, tendremos más Bruna Husky?

-Sí, sí, estoy preparando la próxima novela de Bruna Husky. Aún pasarán dos años hasta que esté lista, pero el final ya me lo sé y va a ser espectacular. Estoy deseando escribirla (ríe).

la novela

Título. La carne (Alfaguara).

Autora. Rosa Montero.

Extensión. 240 páginas.

Argumento. Una noche de ópera, Soledad contrata a un joven gigoló para que la acompañe y así dar celos a un examante. Pero un suceso violento e imprevisto lo complica todo y marca el inicio de una relación inquietante, volcánica y tal vez peligrosa.

la autora

Otros trabajos. Crónica del desamor(1979), La función Delta (1981), Te trataré como a una reina(1983), Amado Amo (1988), Temblor (1990), Bella y Oscura (1993), La hija del caníbal(1997), El corazón del Tártaro (2001), La loca de la casa(2003), Historia del rey transparente(2005),Instrucciones para salvar el mundo (2008), Lágrimas en la lluvia(2011), La ridícula idea de no volver a verte (2013) y El peso del corazón (2015).

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