Noticias de NavarraDiario de Noticias de Navarra. Noticias de última hora locales, nacionales, e internacionales.

Saltar al Contenido

Períodico de Diario de Noticias de Navarra
Con la venia

El último, que apague la luz

Por Pablo Muñoz - Domingo, 16 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:08h

alos que por edad nos ha tocado convivir con ETA la mayor parte de nuestra historia, que es lo mismo que decir a tres generaciones de vascos, nos ha venido a la mente más de una vez especular sobre cómo sería el final. Porque hubiera sido demasiado cruel, imaginar una confrontación vitalicia y un sobresalto perpetuo en esta tierra. Quizá hasta se habrán elaborado encuestas sobre ese final, que los más optimistas lo verían como una negociación ETA-Estado con el logro de algunos réditos políticos, los más hostiles como una derrota devastadora con arsenales requisados y presos de cadena perpetua, los más posibilistas como una capitulación más o menos digna.

Todavía carecemos de perspectiva suficiente para emitir un juicio preciso sobre lo que ETA ha supuesto para este pueblo, pero sería injusto solventar el asunto afirmando que se trató solamente de una banda de desalmados asesinos que implantaron el terror y enfangaron la convivencia. Digo que sería injusto porque, todo lo contrario, para buena parte de nuestra sociedad ETA fue necesaria y sus militantes fueron una vanguardia de héroes -y mártires- que lucharon por la liberación de Euskal Herria.

Durante tres generaciones ETA ha sido banderín de enganche para miles de jóvenes abertzales, dispuestos a sacrificar su seguridad y a asumir un alto riesgo en base a unas convicciones profundas, por más radicales y fanáticas que se supongan. Durante tres generaciones la sociedad vasca ha convivido con ETA sufriéndola, jaleándola, admirándola, despreciándola, temiéndola, mientras las calles se convertían en revuelta y sobresalto, se llenaban las cárceles y emergía lo peor del sentimiento humano en una enloquecida espiral de acción-represión-acción con su secuela de asesinados, amenazados, torturados y victimizados.

Evidentemente, ETA no habría podido perdurar tantos años si no hubiera contado con el apoyo social, más o menos explícito, de cientos de miles de personas que la consideraron necesaria. Sus militantes impregnaron de épica el relato, la poesía, la música y hasta la indumentaria. La aparición de sus encapuchados enarbolando el anagrama en los grandes mítines de Herri Batasuna era una apoteosis de goras, aplausos y lágrimas.

Sin embargo, ya desde los primeros años 80 estaba claro para los dirigentes de ETA que en algún momento aquella lucha desigual tenía que acabar. Desde el mítico Txomin Iturbe al colectivo Artapalo, incluyendo a sus responsables más carismáticos, ETA siempre ha contemplado llegar a una negociación con los Estados aunque sin aceptar públicamente que fuera una negociación a la baja. Argel, Santo Domingo, Ginebra, Oslo, Loiola, fueron jalones de una misma ensoñación que todavía persiste en la ilusión de algunos nostálgicos.

ETA no ha tenido aún su final negociado y le quedan escasas posibilidades de conseguirlo. El Estado no piensa colaborar en un final ordenado y ni siquiera se molesta en enviar un botijero que certifique su desarme y disolución. Guardia Civil y Gendarmería le van incautando a golpe de vídeo lo que queda de su escuálido arsenal. ETA ha tenido un final inesperado, unilateral y casi vergonzante. Sí, es cierto que aún existe. No se sabe dónde, no se sabe cuántos, no se sabe para qué, pero ETA existe aunque la mayoría de la sociedad vasca no se acuerda de ella ni quiere acordarse. Sólo conmueve a quienes sufren sus consecuencias, desde los interminables viajes de cárcel en cárcel o desde el recuerdo de las víctimas. Paradójicamente, ETA existe casi como obsesión para los que desde su acoso inicial se aprovecharon del terrorismo en puro beneficio político y electoral.

Hace cinco años que ETA decidió poner fin a la lucha armada. No fue por derrota militar, ni por falta de capacidad letal. Fue la propia sociedad vasca la que llevó a sus apoyos sociales y políticos a la convicción de que la persistencia de la violencia armada de ETA era el mayor obstáculo para lograr sus objetivos. A los propios dirigentes de la izquierda abertzale se debe en gran parte el mérito de haber silenciado las armas de ETA, y así se les tiene que reconocer.

Hace cinco años que ETA no está. Quienes pertenecen, o pertenecieron, o comparten, o compartieron la convicción de que era necesaria para lograr una Euskal Herria independiente, socialista y euskaldun, asuman con humildad de que esa terrible historia se acabó a cambio de nada. Tanto sufrimiento, para nada. ETA fue un error, un inmenso y trágico error. Y puesto que parece que algo queda de ella, que el último apague la luz.