El controvertido centro político

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Sábado, 25 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

el centro político parece ser un espacio tan deseable como disputado desde la perspectiva electoral, dado que hoy día toda formación política que tenga aspiraciones es de una u otra forma de centro, ya sea centro-derecha, centro-izquierda, centro-puro, centro-progresista, centro-democrático, o incluso transversal que viene a ser una extraña fusión, muy difícil de explicar, entre el centro derecha y el centro izquierda. Ese espacio intermedio, que se conoce como centro, representa un lugar común tan untuoso y resbaladizo como la mantequilla, pues no solo no reduce lo más mínimo la diferencia entre derecha e izquierda, ni tan siquiera afecta a su antítesis original, sino que su moderada pretensión de definirse como una propuesta que rehuye los postulados de una y otra, presupone la existencia de ambas. Es un espacio que, estratégicamente, busca de forma ilusoria una tercera vía entre los dos opuestos, englobándolos en una supuesta síntesis y haciendo de ellos un falso lugar de encuentro que insatisface a ambas partes. El centro pretende ser un lugar común, un punto de encuentro, pero resulta ser un espacio en el que nadie resuelve sus problemas, pues lo intereses de los afortunados se contradicen con las necesidades de los desfavorecidos, que obviamente se sitúan a la derecha o la izquierda respectivamente. Si acaso es un espacio tan impreciso y equívoco que quienes extraen rédito de él son los poderes financieros y empresariales que dirigen nuestras instituciones, controlan muchos medios de comunicación e influyen decisivamente en las políticas que aplica los gobernantes, aumentando de tal forma la desigualdad que solo unos pocos contabilizan sus beneficios sobre la mutilación del bienestar de la inmensa mayoría.

En este sentido, afirmar que la izquierda y la derecha son dos palabras vacías, sin valor heurístico ni clasificatorio, y mucho menos estimativo, como preconiza la llamada muerte de las ideologías, no es más que una trampa lingüística. Al contrario, están más vivas que nunca. Izquierda y derecha no solamente son ideologías antagónicas, que implican programas contrapuestos, sino que también representan diferentes valoraciones sobre la dirección que hay que dar a la sociedad, lo que, en definitiva, demuestra la insubstancialidad del llamado centro político. La derecha y la izquierda se diferencian por la diferente actitud que muestran respecto a la idea de libertad, igualdad, solidaridad, laicidad, feminismo, ecologismo, tolerancia, pluralismo, multiculturalismo y, sobre todo, por la importancia que unos y otros dan a la red de coberturas sociales. La izquierda está obligada a comprometerse y dar respuestas con rapidez y diligencia a las necesidades de los desfavorecidos, pues el sufrimiento no puede esperar. La necesidad urge, apremia y no sintoniza con la ambigüedad ni coquetea con el pactismo que el centro interclasista propone.

Si bien es cierto que la historia ha tenido su particular ajuste de cuentas con la dialéctica hegeliana, tanto por su audacia al aventurar el mito de la astucia de la razón o telos inmanente, cuanto por su impostura al prometer una reconciliación final, redentora del mal y hacedora del bien;también la historiografía ha pasado factura al marxismo y a su materialismo determinista, que subestimaba la voluntad individual como factor de acción y transformación social. Sin embargo, detrás del edificio del centrismo interclasista se vislumbra una mixtificación que pretende reducir el acontecer histórico a algo tan azaroso que solo parece depender del libre y subjetivo albedrío de los seres humanos, cuando, en realidad, depende de una reyerta de aleatorio desenlace entre afortunados y desfavorecidos, condicionados por una determinada situación cultural, política y económica. Obviamente el centro, de impronta claramente pragmática e interclasista, renuncia no solo a la lucha de clases, sino también al conflicto de intereses que entre ambas existe, lo cual convierte a los sindicatos y al socialismo en serios obstáculos que impiden la expansión neoliberal. De ahí que, en la década de los setenta, la señora Thatcher y el señor Reagan iniciaran una lucha feroz contra las asociaciones obreras y contra la socialdemocracia, que aún persiste, y cuya finalidad es debilitar su poder.

Desde una perspectiva electoralista, el centro representa una estrategia cuya finalidad es obtener los más votos posibles, sean cuales sean las señas de identidad de esa gran masa supuestamente moderada, apolítica o mudadiza, aunque que para ello la propuesta electoral deba necesariamente ser light. Este afán de ensanchar el caladero de votos por el llamado centro se sustenta en recomendaciones de las ciencias sociales. Sin embargo, como dice Horkheimer, hay que mantener, sin menospreciar la sociología, una cierta reserva escéptica, pues la capacidad de prever y predecir están basadas en leyes y en experimentos deliberados por lo que tienen un sentido condicional, del cual carece la sociología. Contentar a todos es obviamente imposible, por lo que quizá el centro interclasista sea la trampa donde los partidos de izquierdas, que aspiran a gobernar, acaban perdiendo las elecciones. Vamos, que si un partido progresista se afana en obtener votos en el centro o incluso en la derecha, los acaba perdiendo en la izquierda. En fin, veníamos de nuestro marxismo proustiano, nos temíamos lo peor, la perpetuación del franquismo, pero llegó en la década de los ochenta la égida roja, aunque con buenos modales. No caigamos ahora en la ruta centrista que abandona la cellisca de la calle para calentarse las manos en la confortable hoguera doméstica, toda ella muy balantine’s Scotch Whisky.

El autor es exconcejal de Sanidad del Ayuntamiento de Pamplona y presidente del PSN-PSOE

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