El ‘calzadero’ de Lekaroz

Aunque no figura en el diccionario, era una dotación de las más populares y recordadas por los colegiales

Un reportaje de Lander Santamaría. Fotografía Archivo del Colegio de Lekaroz - Domingo, 25 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

El ‘calzadero’ permitía cambiar los zapatos habituales por los deportivos, y encima sin pisar el frío suelo.

El ‘calzadero’ permitía cambiar los zapatos habituales por los deportivos, y encima sin pisar el frío suelo. (ARCHIVO DEL COLEGIO DE LEKAROZ)

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El ‘calzadero’ permitía cambiar los zapatos habituales por los deportivos, y encima sin pisar el frío suelo.

En el desaparecido Colegio de Lekaroz, uno de los espacios más recordados y populares era el que se conocía por el calzadero o los calzaderos, un largo habitáculo de boca rectangular con unos armarios bajos en forma de banco corrido sobre el que uno podía sentarse y que debajo tenía taquillas individuales de madera instaladas a ras de suelo. Los colegiales guardaban su calzado de calle y lo cambiaban por el de deporte al salir al campo de fútbol o a los frontones a los que se accedía desde allí.

El famoso calzadero, que permanece sin duda alguna en la memoria de cuantos pasaron (y de los que lo hicieron por otras cuestiones, como luego se dirá) era una sala de 67 metros de largo compuesto por mobiliario con armario individual inferior y capacidad para seis pares de zapatos u otro tipo de calzado. “Quiero hacer notar, porque al ver un trozo expuesto en el museo (el del Centenario, que tuvo una vida más corta de lo que merecía) no se apreciaba su función, que al fondo del todo estaba la entrada desde el exterior, por una rampa con rejilla para que allí se quedara lo principal del barro;y nótese lo cómodo de la instalación que permite descalzarse en la parte central, de piedra y sentarse y apoyar los pies en la parte de madera, sin tocar el frío suelo”, escribe un anónimo excolegial a quien lamento no he podido identificar y agradecer.

Esta instalación es parte de varias del Sr. Lino Plaza y de D. Francisco Urcola, famoso arquitecto donostiarra pionero en el uso del hormigón armado, que por la misma época proyectó la plaza de toros de Pamplona (copia de la de Sevilla, que se derrumbó por la mala mezcla del hormigón) y que también dejó su impronta en Lecároz con estas otras instalaciones: la sala para lavapiés (52 lavapiés con asiento individual), la enfermería, un ala del edificio de 52 metros por 10 de ancho, pasillo central, 12 dormitorios orientados a Sur con terraza y diferentes dependencias a Norte, la cocina, la despensa, el botiquín, los aseos, sala de baño con doble puerta, velatorio, capilla, además de un pequeño quirófano.

Todo con una estudiada iluminación y ventilación, y la sala de duchas, 27 cabinas individuales con sus correspondientes cambiadores. Curiosamente, la Academia de la Lengua no incluye esta acepción por lo que cabe atribuir su origen a la vida colegial. Por el calzadero entrábamos casi en penumbra, custodiados por el padre Tarsicio de Abarzuza (alias El Pitoche) cuando los dos cines de Elizondo echaban películas para mayores (las de 3R eran “gravemente peligrosas”) y recurríamos al del colegio, pero no gratis. El jodío de El Pitoche nos sacaba dos o tres pesetas que ocultaba en una bolsita de la que, quiero suponer, se pagaría los caramelos que tanto gustaba o quizás algún otro pequeño vicio. (Por supuesto, confesable).

las claves

era a mediados de los años setenta, se habían encendido las luces de la sala y la música sonaba a bajo volumen en señal de desalojo, mientras los últimos de Filipinas, casi siempre los mismos mire usted qué cosas, se acodaban en el mostrador apurando sus bebidas. Los buenos clientes pedían a los camareros que marcaran con rotulador la línea de líquido que restaba en sus exclusivas botellas de whisky que habían pagado enteras para una próxima ocasión, el buenazo de Nicasio había invitado con su habitual ¡saca zampain! varias botellas del burbujeante néctar y la cuadrilla de “los de siempre” se organizaba para acudir a la Panificadora Baztanesa (¡llévales unas cervezas frías o una botella de anís!), para adquirir el pan recién horneado, con la miga aún ardiente y ese delicioso aroma de panadería, antes de partir en alegre procesión, dos o tres coches, carretera de Berro arriba y dirección Beartzun.

Los coches pasaban justo-justo entre las paredes de piedra del camino que llevaba al caserío amigo, una gran meta de helecho presidía el larrain, se aparcaba como Dios daba a entender, y con más apetito que vergüenza se aporreaba la puerta y se gritaba el nombre de Fermín, el paciente y generoso dueño, para que abriera las puertas del paraíso y nos aposentara en la cocina. Aparecía a poco la etxekoandre y se empezaba con una ensalada de cebolla bien aliñada con sal y un aceite de oliva que sabía a gloria, hasta que llegaban los platos colesterol: huevos, jamón, lomo, chistorra, tocino que duraban visto y no visto, con el pan crujiente del que unas barras se reservaban para la familia de la casa, que qué menos. Y todo por cuatro pelas, encima de haberles levantado a las cinco de la mañana.

El empalme, ninguna de cuyas definiciones académicas explica exactamente lo que era, inició su uso así y aunque feneció en cuanto a su origen y destino, continúa plenamente vigente, ha dejado huella imborrable y entrañable recuerdo. El empalme consistía en seguir la fiesta iniciada la noche anterior y continuarla hasta el mediodía, y hasta el día siguiente en ocasiones, y llegó su popularidad al extremo de reunir hasta cerca de un centenar de nocturnos que de Chopin no tenían nada, con el caserío repleto hasta los pasillos y hasta en la calle, sentado alguno en un piedra y con el plato en la mano.

Asombra pensar que, si se mira a la derecha al subir o a la izquierda al bajar, congelada la carretera con dos centímetros de hielo, que nadie y nunca sufriera accidente grave alguno. Cierto es que en un primero de año, alguno se dejara el asfalto para acabar en un prado, o que un “dos caballos” se precipitara sin frenos monte abajo con salto de uno de los ocupantes y del chófer y el tercero indiferente y ajeno en el asiento trasero hasta parar contra un árbol, como si con él no fuera la cosa. Ni más, ni menos. Gran invento lo del empalme, sin duda. - L.M.S.

lo que queda del día

Hace 75 años. Por el Gobierno Civil ha sido renovado el Ayuntamiento de Baztan. Alcalde, Gerardo Plaza. Tenientes de alcalde, Juan Lázaro, Mauricio Iribarren y José Arregui. Síndico, Miguel Andueza. Concejales, Leoncio Urdaniz, Luis Blanco, Federico Garaicoechea, Pedro Alcorta, Juan María Barazabal y Felipe Echeverria. La virtuosa señorita Paquita Viguria Iribarren tomó el santo hábito en las Religiosas Concepcionistas. Ofició la ceremonia don Javier Lazcoz, primo de la noviciada. La parte musical corrió a cargo del competente organista don Juan Berecoechea, y del cuarteto formado por Juan y Pablo Eraso, Pancho Lázaro y Ángel Garayoa. Nuestra enhorabuena a la nueva religiosa y a su distinguida familia. (El Pensamiento Navarro, 26 de junio de 1942).

el párrafo

sobre el molesto ruido

“Esta Alcaldía Presidencia ha observado que los ruidos de esta Villa y Corte aumentan hasta hacerse intolerables, (...) Por cuya razón, velando por la paz y el sosiego de esta Villa, encarezco a sus habitantes cuiden de su comportamiento para no añadir a las molestias y congojas que toda ciudad grande ocasiona, las que nacen de la mala educación y poco civismo”. Bandos del Alcalde, Enrique Tierno Galván, 22 de julio de 1981).

la frase

el mundo y dios

“Le expliqué que el mundo es una sinfonía, pero que Dios toca de oído”. (Ernesto Sabato, escritor y ensayista argentino, presidente de la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas, 1911-2011).