Ramón el auténtico

Por Xabier Iraola Agirrezabala - Domingo, 9 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

No quisiera ser como Vicente, el del dicho popular, que va donde la gente ni meterme en fregados que no domino (la verdad sea dicha no domino ninguno) pero cada vez es más frecuente leer, ver y escuchar voces que alertan sobre las nefastas consecuencias del turismo masivo y masificado. Quizás pensando en lo que viene ocurriendo en otras grandes ciudades, Barcelona por ejemplo, son muchos quienes ya han encendido las luces de alarma sobre lo que está ocurriendo o puede ocurrir en muy poco tiempo en una ciudad tan bella como Donostia y se ponen a enumerar las terribles consecuencias, principalmente el fenómeno de la gentrificación, que ello conlleva para la población local.

Pues bien, como decía, no quisiera caer en la simpleza de atacar porque sí el modelo turístico masivo pero sí aprovechar la coyuntura sobrevenida a la vuelta de unas pequeñas vacaciones en tierras lusas para apuntar una serie de reflexiones que me vienen a la cabeza nada más hacer un breve y somero repaso mental del viaje.

En primer lugar, me viene la inusitada fuerza del turismo low cost, un turismo de bajo coste donde el turista opta por el vuelo más barato elegido en una maléfica plataforma digital comparativa, de esas con las que nos abrasan publicitariamente para que comparemos los precios de viajes, hoteles, seguros, etcétera;consiguientemente, acomodarse en un establecimiento hotelero o piso vacacional low cost (¡total, con una cama y una ducha, más que suficiente!) y finalmente, para acabar de cerrar el círculo, una alimentación low cost, para salir del paso, a base de comida fast food o platos combinados de corta-pega que te imposibilitan saber si estás en Bilbao o en Indonesia.

La gente, con el mismo dinero, quiere (queremos) hacer muchas más cosas y por ello, la cuestión es la destreza con que estiramos el alcance del dinero, sacar leche a un palo como se dice coloquialmente y así poder vestir, chatear, viajar, esquiar, vacacionar y otras muchas cosas a la última, ¡no faltaba plus!, pero, alimentarnos, ¡casi a la última!

Otra característica de estos viajes es la prisa. Mientras no hace muchos años para conocer una ciudad o comarca empleábamos al menos 15 días, hoy, lo que impera es atragantarse de urbe durante 3-5 días y por ello, los turistas ni conocen ni disfrutan de lo visitado sino que vuelan en tours preorganizados, autobuses turísticos con pinganillo autoguía, de un lado para otro, haciendo kilómetros e incluso, los hay más osados que se atreven a hacer desesperantes colas en aquellos cuatro o cinco monumentos, ineludibles, si quieres volver a casa con algo para contar o si quieres hacerte una idea de la zona visitada.

La ingente cantidad de personas que sobreviven hacinados en pasillos y colas de aeropuertos, el overbooking y la acumulación de carne humana en aviones y buses infestados me hacen pensar en la creciente y asfixiante normativa sobre bienestar animal en el transporte que genera imparablemente la maquinaria legal de Bruselas y llego a la conclusión de que, en bastantes casos, algunos animales cuentan con condiciones mejores que muchos de los millones de turistas que pululan por el mundo por lo que más les valdría a los tecnócratas comunitarios levantar la vista y fijarse más en estos millones de turistas necesitados de mayores condiciones de bienestar en el transporte.

Por otra parte, con el turismo masificado, se generaliza lo impersonal y el anonimato, la falta de trato personalizado y así, contratamos impersonalmente con una plataforma comparativa, hacemos el checking en nuestro propio domicilio, si tenemos algún problema somos atendidos por unos impersonales telefonistas robotizados y , en muchos casos, nos hospedamos en hostels donde con una simple tarjeta accedemos a todos los sitios sin necesidad de contactar con nadie.

Finalmente, la constatación de un conjuro globalizador que provoca que el comercio y la hostelería dominante sea la misma en Donostia que en Lisboa o Nueva York, con decenas de tiendas franquiciadas manejadas por cuatro magnates o fondos de inversión, y la aniquilación de toda taberna, tasca o barucho con personalidad propia, autenticidad y con menús y platos que van más allá del fast food y del plato combinado y donde poder degustar una gastronomía propias fundamentada en sus productos agrarios locales, este fenómeno globalizador-uniformizador es el que me trae a la memoria a mi amigo Ramón, que a sus 80 años pasados, escapa como el gato del agua de todas estas franquicias y busca afanosamente esa pequeña tasca donde además de huir de ostentaciones y falsos formalismos, poder conversar con el tabernero local y degustar los productos locales.

¡Quizás alguien piense que Ramón es un tipo raro-raro pero, en mi opinión, es un tipo auténtico que lo único que busca es eso, autenticidad!

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