Huir de la psicología farmacológica

Por Aitzol Lasa Oyarbide - Viernes, 4 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

el intrusismo laboral es un problema serio, sobre todo en los ámbitos de la psicología, la medicina y la educación, por ser estos ámbitos extremadamente sensibles a las creencias de los ciudadanos. El conjunto de la sociedad debemos ser conscientes de estos problemas y encontrar soluciones que pasan por una buena comunicación entre las distintas instituciones, entidades, oficios y comunidades competentes, y la búsqueda de consensos entre los distintos agentes.

Recientemente, la decana del Colegio de Psicología de Navarra alertaba sobre la proliferación de pseudoterapias y terapias milagro, que prometen de manera fraudulenta o sin base científica sólida la obtención del bienestar y del equilibrio emocional, y la solución a todo tipo de trastornos (DIARIO DE NOTICIAS, 27/07/2017). Cabría, en primer lugar, intentar encontrar las razones por las que un ciudadano decide abrazar terapias “alternativas”, que ocultan en muchos casos prácticas fraudulentas, en lugar de seguir el itinerario establecido por las instituciones oficiales competentes en la materia.

Una de las principales razones por las que un ciudadano recela de la psicología oficial actual es su enfoque casi exclusivamente clínico y el uso abusivo que hace de medicamentos. El ciudadano que percibe esta realidad, que quiere una solución integral a sus problemas, y que no quiere utilizar medicamentos en una terapia oficial, será proclive a abrazar otro tipo de terapias engañosas que tampoco solucionarán su problema: existe pues, unefecto de huida, que ejemplifico a continuación con el TDAH.

La bibliografía sobre el trastorno TDAH que se puede consultar en la biblioteca de la UPNA (p.e.: Wender, 1996) tiene en muchos casos la estructura de un prospecto de medicamento. Estos libros son en su mayoría publicaciones estadounidenses de la década de 1990 y detallan en tablas algunas marcas de medicamentos junto con cantidades y frecuencias de dosificación. Después de tres décadas de respuesta farmacológico a estos supuestos problemas de conducta, algunos estudios de seguimiento (Klein, 2012) parecen indicar que el trastorno no se cura por esta vía;en su lugar, el trastorno se convierte en crónico y el paciente se vuelve dependiente del medicamento.

Así pues, el ciudadano que se aleja de la psicología oficial no es un ignorante. Se aleja con el ánimo de evitar un daño mayor y se aparta de algo que percibe como perjudicial: por ejemplo, no quiere que una farmacéutica se lucre a costa de sus problemas personales, y percibe que es la propia farmacéutica la que financia el centro que investiga el trastorno. Si se quiere convencer al ciudadano de la valía de la psicología académica, se deberán encontrar, en todo caso, alternativas dentro de la psicología oficial que superen los tratamientos farmacológicos.

La huida que aquí se describe no afecta solamente al ámbito de la psicología: la proliferación de escuelas alternativas responde al recelo con el que el ciudadano percibe la escuela oficial, la cual no contempla al estudiante de manera global (centros sin empatía hacia el estudiante, prácticas docentes anticuadas, sin innovación educativa, con excesiva carga de tareas escolares, etc.);asimismo, la proliferación de tratamientos médicos alternativos tienen su origen en la desconfianza hacia ciertas prácticas médicas oficiales (que comparten un fuerte carácter farmacológico, que usan todavía el término pasivo paciente para referirse a la persona, etc.). Todas estas cuestiones bien merecen una discusión sosegada, seria y abierta entre todas las comunidades implicadas para el bien general de la sociedad.

El autor es profesor en la UPNA

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