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Reflexiones

Frágiles

Por Jesús Barcos - Jueves, 19 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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raphael Minder, corresponsal suizo deThe New York Times para España desde 2010, y autor del libro The struggle for Catalonia,ofrecía ayer unainteresante perspectiva de la evolución del conflicto desde la sentencia del Estatut. Dos horas de charla de la que subrayo cuatro de sus diagnósticos. El primero, la alta intensidad emocional que el asunto genera en ambos polos. El segundo, una corriente de fondo que influye en tiempos de crisis: la atracción por el cambio y el descenso de la aversión al riesgo. La tercera observación, empírica, a partir de sus estancias alternas en Madrid y Barcelona: la desconexión ya existente entre relatos paralelos. Más plurales, eso sí, en Catalunya. Y el cuarto y último apunte, la mutua fragilidad de Puigdemont y Rajoy.

Es en este último punto, sobre el que tal vez sea necesario detenerse. La coyuntura es muy delicada tanto en Barcelona como en Madrid, debido a lo mucho que está en juego. Puigdemont, un hombre cuyo compromiso se limita a conducir un momento histórico y no a retener el cargo, encierra en cambio una triple fragilidad. Debe mantener la unidad interna ante el divide y vencerás;abordar de la forma más inteligente la presión del Estado, y no obviar las propias debilidades del independentismo, pues las más de 800 sociedades que han cambiado de sede suponen un desgaste evidente. Sin embargo, después de la prisión de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, y de la delicada situación de Josep Lluís Trapero, el margen de maniobra de Puigdemont, ya de por sí estrecho, ha adelgazado aún más. Si, como parece, opta por reclamar de nuevo un diálogo a Rajoy, el president tiene tres posibilidades, y ninguna es llana: esperar la aplicación total del 155 del Estado para activar la independencia, proclamarla a la mayor brevedad, o convocar unas elecciones entre globos sonda sobre ilegalizaciones. Salvo la CUP, que apuesta por una independencia exprés, la Generalitat aún se aferra a la posibilidad de negociar bajo el impulso de un tercero, asumiendo que el 1 de octubre sirve mucho más de rampa de lanzamiento que de línea de llegada en la comunidad internacional. Pero los días para el diálogo se acaban, y el interés o preocupación en Europa no equivale a movimientos prácticos, aunque se observen algunas grietas y otras tal vez que no sepamos.

La fragilidad de Rajoy es menos evidente, una vez que ha conseguido atraer a su vera a Sánchez. Pero el 155, escenario inédito y lleno de incertidumbres, no es tampoco un terreno plano para un conservador como él. Rajoy obtuvo un segundo mandato esperando que las disensiones entre Sánchez y el PSOE, Podemos y Ciudadanos, consumiera a sus adversarios en su propio jugo. Y le salió bien. Si su apuesta era similar en Catalunya, ha estado a punto de llevarse el agua a su molino, pero la entente independentista ha resistido, al menos hasta hoy. Es más, en una jornada ya histórica como la del 1-O, la manija la llevó el independentismo, lo que ha terminado de enfadar al nacionalismo español que ve en Rajoy a “un blando”. En este punto, la intervención de Catalunya va a perjudicar muy seriamente al Estado. Desde un punto de vista partidista, en ese test de estrés el Partido Popular puede dejar de ser una balsa de aceite. Especialmente si PSOE y Ciudadanos se benefician de una menor exposición.

Ya lo ven. Rajoy tampoco tiene motivos para sentirse incólume. La fragilidad es en estos momentos de ida y vuelta. Como un puente aéreo.

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