Mar de fondo

Posnavidad

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 23 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Cuenta en hebreo el palestino Sayed Kashua que su abuela, tras enviudar, dejaba a los críos con su hermana mayor, trabajaba en el campo de sol a sol y nunca permitió que nadie supiera de sus penurias. Así que, cuando las vecinas acudían los viernes a visitarla, llenaba los cojines con trozos de periódico y bolsas de plástico y, si notaban algo extraño bajo las nalgas, ella les aclaraba: “Oh, lo siento, tengo escondido ahí un montón de dinero. ¡Qué alegría que hayáis venido, si no lo habría olvidado!”

Cuenta el ex paisa Fernando Vallejo que su madre, para acallar maledicencias de las burguesas locales (“¡una señora tan distinguida y sin servidumbre!”), cuando iban a su casa llamaba a los hijos a gritos con nombres femeninos como si fueran criadas: “¡Paulina, dale el biberón al niño!”. Paulina era yo, añade cáustico el amante de los perros, quien contestaba con voz de trueno para que lo oyeran en el salón y desmontar el teatro: “¡Si quieres que coman tus niños, consíguete una sirvienta o no tengas más!”

Cuenta el guatemalteco a ratos Eduardo Halfon que, en Belgrado, en los noventa, era tan grande el deseo de aparentar tras las guerras perdidas, y tan inmensa la pobreza, que mujeres en el silencio de la noche somataban trapos mojados contra la tabla de picar. De esa forma en el edificio creerían que estaban ablandando un pedazo de carne.

Yo hoy miro a los ojos de las gambas y pienso: cuánto amor de Mercadona disfrazado de Loewe, cuánto préstamo de bienestar a plazo fijo. Estas fiestas hay que celebrarlas con sencillez, afirma quien ya las celebra con dificultad. Así somos: como mucho, empate. Y este abrigo no es viejo, es vintage.