Danza

Con muchas tablas

Por Teobaldos - Lunes, 19 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Aldanza. Almudena Lobón Cía de Danza

Dirección artística: Almudena Lobón. Bailarines: Marta Aizpún, Fernando Casanova, Cristina del Pozo, Fermín López, Lorien L. de San Román, Uxue Rodríguez. Alumnas de la escuela A.L. Programa: Suite Navarre, coreografía de Antonio Calero, Lobón y la compañía;música, (y chelo) Pello Ramírez, Sarasate y otros. Luces: Rafa Larumbe. Producción: D. Abbodi. Programación: Fundación Gayarre. Fecha: 17 de febrero de 2018. Público: casi lleno (15 y 8 euros).

Aquel estreno de la Suite Navarre(D.N. 27-4-13), fue una excelente sorpresa. Calero y Almudena Lobón, retoman, ahora, la obra, pero desde una perspectiva algo más abstracta;sobre todo, en lo que respecta a la parte musical y su relación -muy conseguida por cierto- con la danza. A mi juicio, la obra en sí, aún conservando algunos números intactos, cambia;así que, creo que es más apropiado hablar de Suite Navarre número 2. Como siempre ocurre con la compañía Aldanza -y da gusto-, estamos ante un espectáculo muy bailado, con un elenco bien preparado en lo clásico, con dominio del neoclasicismo, que lo mismo se sobra hacia la mueca contemporánea, que retoma los giros, los emportés y las poses canónicas, sin forzar las transiciones. Los cinco bailarines protagonistas están espléndidos, elaboran unos pasos a dos de gran escuela, achican el escenario con su presencia solista, salvan la simetría -arriesgada y abundante, sin esconderse en braceos inútiles- con disciplinada y suelta matemática, y ofrecen, siempre, esa vista agradable que irradia belleza desde su origen corporal. En cuanto a la coreografía, lo más acertado es, sin duda, esa contraposición -(que con la danza se hace complementariedad)- entre los pasos y situaciones reconocibles asociados a otras músicas, y las composiciones de Pello Ramírez, abstraídas, o muy modificadas, de los señalados contextos, que dan a la danza una textura envolvente poderosa. Se siguen muy bien los doce cuadros en los que se ha dividido la función;pero la coreografía no es siempre de igual impacto. Quizás no hay el contraste coreográfico deseado (ya saben, Navarra tierra de contrates), entre la asfixiante luminosidad de las Bardenas, y los más sosegados bosques, solucionados, eso sí, con dos espléndidos pasos a dos, donde F. Casanova hace gala de su fortaleza en los saltos y elevaciones de su partenaire;y F. López muestra, con la suya, elegancia y poderío. Ellas, formidables. Más contrastado está el oscurantismo del aquelarre. Txalaparta supone un radical cambio de ritmo del espectáculo, muy bien recibido por el público por cierto. Toda esa sección en la que los bailarines juegan con la madera (los bancos) está muy lograda: la txalaparta impone su ritmo implacable, al que los bailarines responden con riqueza de movimientos -incluso los más estáticos-, y a los que se añade la luminotecnia como una bailarina más. Sutil y espectacular, a la vez, paso de las almadías;y demostración de que ésta compañía tiene “muchas tablas”. El paso de los pelotaris -hermoso en sus dos figuras- queda excesivamente explícito en la mueca del juego (quizás mejor ¿la espectacular cesta punta?). Elegante y de pinceladas muy sutiles, los entrelazados de pies del aurresku con música extraña. Magníficas las tres pizpiretas bailarinas y sus gasas. Entretenido el recorrido del encierro por el zapateado de Sarasate;y sobrio, y por eso acertado, el ¡Pobre de mí! Cerrada ovación y bravos para todos;incluido el chelista y compositor.

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