El rincón del paseante

De herejes, bomberos y gitanos

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 25 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Hola personas, ¿ha sido benévola la semana? La mía bien, gracias. Hoy miércoles, día 21 de febrero de 2018, he salido de Gorriti para tomar la calle Media Luna. Me he adentrado en esta coqueta calle llena de chalets y de casitas y enseguida he llegado a la trasera de los Salesianos, manzana sentenciada a la piqueta, con acierto en mi opinión, no vale nada y está en mitad de la ciudad: ganar con el cambio está asegurado.

Ese tramo de la calle San Fermín, que desemboca en Media Luna, no siempre se llamó así. Hasta 1936 ostentó el nombre de Basilio Lacort. Este fue un militar decimonónico condecorado en la tercera guerra carlista pero… de talante republicano, era natural de Vera de Bidasoa y su vida fue de aventura y exilios. En 1898 recaló en Pamplona donde editó El Porvenir Navarro, semanario anticlerical y republicano. La publicación no fue del agrado del Sr Obispo, D José López de Mendoza, y haciendo uso y abuso de su autoridad excomulgó del tirón a todos los lectores del susodicho semanario, a su director y a la casa de D Basilio en la calle San Antón. Cuando el Viático tenía que pasar por debajo de sus ventanas era introducido en un coche hasta la calle Ciudadela para que el Santísimo no estuviese en el mismo aire que respiraba semejante hereje. ¡Qué tiempos, qué Pamplona! ¡O temporas, o mores! El 9 de diciembre de 1900 una gran manifestación de la Pamplona puritana puso el grito en el cielo contra El Porvenir… y el señor gobernador se vio forzado a prohibir la edición. El asunto llegó a Madrid y presiones políticas hicieron que Lacort volviese a publicar, esta vez bajo la cabecera de La Nueva Navarra. En contra apareció La Vieja Navarra, de efímero recorrido ya que el mismo Sr Obispo aconsejó su cierre para no alimentar la controversia.

He dirigido mis pasos hacia la trasera de la plaza de toros y he pasado por el jardín que ocupó durante años el parque de bomberos con su maravilloso e impecable Magirus-Deutz (RIP) y el resto de camiones con escala. A continuación estaba el parque municipal de desinfección y el depósito de coches fúnebres. Eran unos coches grandes, señoriales, auténticos catafalcos rodantes, creo que eran Renault y tenían unas grandes ventanas elípticas, que dejaban ver el elegante ataúd que portaban y que estaban enmarcadas con gran profusión de rocalla dorada y unos penachos en cada esquina con forma flamígera. Eran alucinantes, morirse antiguamente era más elegante. Para algunos, claro.

He bajado la cuesta que lleva a la bajada de Labrit para pasar a la parte vieja cruzando la calzada porque la pasarela que se colocó para tal fin es muy bonita ella, de acero cortén ella, muy moderna ella, pero más inútil que el cenicero de una moto. Se ha roto, sin más, y eso, en medio de todo puede ser comprensible e incluso perdonable -nadie es perfecto, todo lo humano está sujeto a averías-, pero lo que no es de recibo es que lleve meses y meses cerrada, con relativo peligro según dicen los técnicos, y nadie haga nada para solucionarlo. ¿A qué esperan?

He entrado en lo viejo por la Merced, la calle de los gitanos por excelencia, gitanos PTV, los Berrio, Jiménez, Echeverría etc. El barrio de Millán y Potoli, y de aquella señora, alta, enjuta, elegante, siempre vestida de negro hasta el suelo, a la que llamaban la Reina de los gitanos y que solía estar sentada en la esquina con Bajada de Javier viendo pasar el tiempo. De Merced a Compañía, vieja calle que debe su nombre a los Jesuitas y en la que he podido admirar la fachada del albergue de peregrinos, nada menos que un edificio mandado construir en 1780 por “el rei nuestro señor D Carlos III” para destinarlo a Seminario conciliar, más tarde fue iglesia de los jesuitas y luego la iglesia de Jesús y María, a efectos de culto era la parroquia de San Juan Bautista ya que ésta tenía su sede en la Catedral. Hoy, desacralizado, será de los albergues más postineros del Camino.

He atravesado mi adorada plazuela de San José, de la que hablaré otro día, y he salido al Redín, donde hoy se encuentra esa neoconstrucción con sabor gótico del Mesón del Caballo Blanco que está muy lograda y que los pamploneses ya la hemos mimetizado con el entorno y la hemos aceptado como uno de los rincones más agradables de la ciudad. Ya que tiraron el palacio de Aguerre, en la calle Ansoleaga, de donde proceden sus componentes arquitectónicos, al menos estos no fueron a parar al almacén municipal.

He bajado a Santo Domingo por el impresionante arco semiabovedado de la muralla y de ahí, por el Ayuntamiento, he llegado a Zapatería, echando de menos, como siempre, las viejas tiendas de mi viejo Pamplona: calzados Jauja, chocolates Pedro Mayo, pastillas de café y leche de Lozano y sobretodo el extraordinario ultramarinos de casa Azagra con sus dependientes de bata de dril, sus sacos de legumbres en la calle y sus inacabables estanterías llenas de mercancía. He salido a Carlos III por Comedias y a casa. Eran las 23’55 y el mercurio decía 4º, pero el viento norteño cortaba el habla. Bueno majos y majas , esto ha sido todo, el próximo domingo más. Feliz semana. Besos pa’ tos.

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