Involución democrática o metástasis franquista

Por Sabino Cuadra Lasarte - Viernes, 9 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Día a día estamos viviendo lo que cada vez más gente denomina involución democrática. Lo último ha sido la retirada de una exposición que participaba en ARCOmadrid-2018 por presentar decenas de fotografías de personas condenadas por la comisión de distintos delitos y calificarlas como “presos políticos”: activistas del 15-M, piqueteros de huelgas generales, titiriteros, ecologistas, desobedientes, periodistas, raperos, independentistas catalanes y vascos, twiteros,... De todo había en la viña del señor.

En los últimos años una cadena de multas, procesamientos y condenas ha recortado libertades democráticas básicas: expresión, asociación, manifestación... Crece así la autocensura a la hora de escribir, twitear, difundir imágenes o movilizarse. Delitos como los de rebelión y sedición, ligados penalmente a alzamientos armados o violentos de carácter insurreccional, se han convertido en comodines usados para abortar cualquier disidencia radical, desobediencia civil o cuestionamiento de la España indisoluble e indivisible.

Afirmar, sin más, que vivimos en una democracia, es algo que debe ser seriamente matizado. Y eso porque la realidad institucional española es, cuando menos, un híbrido en el que las libertades formales existentes se asientan a su vez sobre firmes pilares franquistas. Un franquismo que echó raíces durante cuarenta años negando todo tipo de libertades y dio cuerpo a un engendro caciquil, clerical y represor insertado genéticamente en el actual poder institucional, judicial, financiero y mediático. Por esta razón, más que hablar de involución democrática, quizás debiéramos referirlos a que el cáncer franquista nunca extirpado está teniendo una metástasis generalizada.

Pensar en el franquismo como mero concepto teórico o político es un craso error. Mucho más aún si lo situamos únicamente en el pasado. En algo que fue pero que ya no existe. Porque el franquismo no fue solo Franco y sus ministros. Decenas de miles de personas fueron burócratas y funcionarios de Falange, la Sección Femenina, Coros y Danzas, el Frente de Juventudes, el profesorado de Formación del Espíritu Nacional, la OJE, el Sindicato Vertical,... Curas castrenses, de prisiones y profesorado de religión vivieron de gorra y obtuvieron privilegios sin fin, mientras sus superiores jerárquicos, los obispos, paseaban bajo palio al genocida y ocupaban escaño en las Cortes franquistas.

Junto a ellos, procuradores en Cortes, diputados forales y gobernadores civiles de recto bigotillo y firme ademán se licenciaron en inauguraciones y desfiles mientras rebañaban prebendas de todos los platos. El Ejército, la Policía y la Guardia Civil, sostén armado de aquella dictadura, fue madriguera a su vez de todo tipo de chusqueros, parásitos y torturadores. La togada Judicatura de casino, compadreo y pleitesía, bendijo a su vez todo lo anterior con sus sentencias y, finalmente, la jerarquía administrativa, experta como nadie en pólizas, matasellos y provechos propios, asentó su funcionamiento en el principio de entender al administrado como alguien a quien despreciar.

El franquismo no fue un concepto abstracto sino un régimen que lo impregnó todo. Y todas esas personas, todos esos cientos de miles de fascistas confesos y parásitos multiusos son los que, gracias a aquella Transición fraudulenta, a aquella Ley de Amnistía y a aquella política de consenso, pasteleo y cambio de cromos, siguieron en sus puestos, en sus despachos, en sus palacios episcopales, en sus cuarteles, en sus comisarías, en sus consejos de administración. Lo único que se les exigió a cambio fue el uso de aquellas palabras antes proscritas: democracia, libertad,... Incluso el rey, aquel que juró fidelidad a Franco y alabó el golpe fascista del 36, aprendió a balbucear en sus discursos -con dificultad, eso sí- el nuevo diccionario.

Toda esta caterva no solo conservó sus puestos, sino que ascendió en el escalafón. En pocos años, los que fueron meros agentes pasaron a ser comisarios;los tenientes, generales;los ministros, consejeros en el IBEX-35;los curas, cardenales;los jueces del TOP, magistrados de la AN y el TS;los burócratas del Movimiento y el Sindicato Vertical, jefes en cualquier ministerio o administración;los fascistas de a pie, concejales de urbanismo. Y no solo coparon instituciones, multinacionales y medios de comunicación, sino que tejieron redes fácticas de poder a las que imprimieron algo más que carácter. Quitarle importancia a lo anterior y pensar que gracias a las novenas, rosarios y rogativas hechas en la Transición, el maligno desapareció para siempre, es de una ingenuidad extrema o de una hipocresía cómplice, que aquí hay de todo.

En su día no se aplicó a este cáncer el debido tratamiento. Ni radioterapia, ni quimioterapia, ni extirpación de tumor alguno. Por eso ahora, cuando el régimen comienza a resquebrajarse debido a las influencias de una grave crisis económica, una corrupción generalizada, fuertes movilizaciones sociales y unos embates independentistas frontales...., por las grietas abiertas del Régimen asoma de nuevo aquello que nunca dejó de existir: el viejo franquismo, hoy remozado, de intransigencia social, nacional y política, con sus multas, embargos, supresión de competencias autonómicas, procesamientos y condenas por odio identitario, rebelión, sedición y enaltecimiento del terrorismo.

Hoy como ayer, dos son las estrategias en debate entre las fuerzas democráticas, nacionalistas y de izquierdas. En los años 70, de la inicial “ruptura democrática” se pasó a la “ruptura pactada”, y de ésta a la “reforma negociada”. La estrategia triunfante fue la del Suárez Gatopardo: “de la legalidad a la legalidad” sin ruptura alguna: “de oca a oca y tiro porque me toca”. Pues bien, en el proceso catalán se ha planteado algo similar. Frente a quienes defendían que la soberanía primera a atender era la catalana, otros, al igual que ayer, hablaban de ajustar el proceso catalán a la ley española y al pacto con su régimen. Nuevamente, frente a la ruptura democrática, la reforma negociada. De nuevo, de la legalidad a la legalidad. De aquello que hasta hace poco se afirmaba, “¡romper con el régimen del 78!”, ya pocos se acuerdan.

Me lo dijo un viejo comunista cuando tenía tan solo dieciocho años: “Solo hay una cosa peor que tragar sapos..., y es decir que están buenos”.