la carta del día

El sueño de la sinrazón produce monstruos

Por José Ramón Urtasun - Viernes, 16 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El monumento de Navarra a svs mvuertos en la Cruzada, los Caídos, podría definirse como un edificio monstruoso, se trata de un templo funerario y conmemorativo que se construyó con el fin de honrar y recordar a perpetuidad a los asesinos que protagonizaron el golpe de Estado contra la II República y que hicieron desaparecer a 3.500 ciudadanos navarros.

Por monstruoso se entiende algo desproporcionado y anormal, algo que no se considera normal o moralmente aceptable. Este edificio representa la acción más cruel y perversa jamás cometida en nuestra comunidad, algo así es muy monstruoso. El templo funerario cuenta con un sótano (cripta) que podríamos definir como sala de los horrores, ahí es donde se conservan los símbolos y banderas de aquella cruel sangría orquestada por el director de la contienda, el general Emilio Mola Vidal. Este edificio de características negativas, ajenas al orden regular de la naturaleza y de la morfología urbana de las ciudades amables y habitables, es una construcción híbrida que pretende emular a los grandes edificios clásicos, a la vez que cumplir con la doctrina arquitectónica fascista, imperial y escurialense acuñada por el franquismo como estilo patrio. El resultado es un colosal sarcófago donde depositaron los restos de Mola y de siete golpistas de menor rango, incluido el general Sanjurjo. En definitiva, una combinación de apología del levantamiento y el crimen aderezado de restos humanos, un edificio monstruoso de proporciones anormales y facultades sobrenaturales para transmitir miedo ancestral en las víctimas del genocidio iniciado en Navarra el 19 de julio de 1936.

La monstruosidad en cualquiera de sus representaciones siempre ha provocado una atracción irracional permanente, los miedos a lo monstruoso se afianzan en las personas desde la niñez, el niño y la niña siempre temen al monstruo, la presencia de algo inconcebible nos condiciona de forma natural, quizás por ello, quienes sienten el monumento a los caídos como suyo, quienes se sientan identificados con su presencia simbólica, función y forma, tratan de presentarlo como un edificio sin más, incluso nos lo describen como si se tratase de “la séptima maravilla del universo”. No les importa maquillar el monumento para que sea asumido por la vecindad como algo maravilloso, una vecindad que, dicho sea de paso, en su mayoría siempre ha pasado ante él con cierta indiferencia, sin atreverse a reparar en su significado o en quienes lo mandaron construir para perpetuarse, “Su recuerdo alienta en nosotros y será para siempre entraña de patria libre, fuerte y entera, que nos afanamos en edificar”.

Miramos al monstruo que tapona la avenida de Carlos III, el que cierra la puerta de la libertad y nos provoca un pensamiento etéreo, pero si nos acercamos más escucharemos su latir, si llegamos hasta los porches oiremos las botas y los sables de quienes van a las guerras, a las cruzadas, a la conquista de otros pueblos, también podremos oír el llanto de las víctimas de todas las guerras y el tintinear de los incensarios, oraciones, rosarios… y el olor a incienso de los sumos sacerdotes del golpismo elevando a un dios que se apropiaron para justificar los horrores que cometieron por toda la faz de la tierra. Si miramos de frente y con objetividad al monstruo representativo del holocausto navarro con ansias de paz, verdad, justicia y reparación de todas las víctimas, sentiremos sensaciones contradictorias, descubriremos que nuestros temores y miedos vienen y van desde que un día tomamos conciencia hasta el momento presente, éste será el momento en que sabremos que monumentos así de monstruosos son la negación de la razón.

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