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Juez de línea

Releyendo a Proust

Por Félix Monreal - Domingo, 18 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Quique enfilaba el área y Grippo le derribó: el árbitro lo dejó en amarilla.

Quique enfilaba el área y Grippo le derribó: el árbitro lo dejó en amarilla. (Foto: Javier Bergasa)

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Quique enfilaba el área y Grippo le derribó: el árbitro lo dejó en amarilla.

los libros que has leído de joven caen de nuevo en las manos con sus páginas apelmazadas y amarillentas y restos de polvo de la memoria. Me ha pasado con En busca del tiempo perdido, una de las lecturas obligatorias en el instituto. No hay que avanzar mucho en sus páginas para encontrar el conocido fragmento en el que el sabor de un trozo de magdalena mojada en la taza de tila provoca en el protagonista una avalancha de imágenes y de sensaciones sugestivas. La biografía de su autor, Marcel Proust, no evoca ninguna inclinación deportiva, pero esa descripción de cómo un aroma, un regusto en el paladar o una imagen gratificante guardada en la retina te devuelven a un instante gozoso de la vida, también es aplicable al fútbol y al alma del aficionado. Si recurro a Proust no es por esnobismo sino por huir de ese debate eterno sin visos de resolución entre quienes otorgan validez a jugar mal y ganar y quienes defienden por principio que intentar jugar bien es la base del éxito aunque el camino quede sembrado de dolorosas e inexplicables derrotas. O por no hablar de las rachas de los delanteros, del estado de gracia de un portero o de las decisiones de un árbitro que siempre perjudican al equipo derrotado. Quiero recrearme en el sabor del fútbol desplegado ayer por Osasuna, la exposición más brillante a la que hemos asistido en los últimos tiempos. Una puesta en escena que, por momentos, recobraba la esencia de este equipo: la pelea por cada balón, el ritmo de juego, la velocidad de ejecución en ataque, el desdoblamiento por las bandas y mil remates a portería. Sobre el campo, los de rojo recuperaban un fútbol de otro tiempo: más directo, menos especulativo, que no dejaba pensar al adversario, que lo sometía y lo acorralaba contra el murete que separaba el campo de la grada. Un partido como aquel del 78, con Gabari, Serrano, Sorondo, Echeverría, Iriguíbel y un gol de Durán cerca del minuto cien para acabar ganando al Zaragoza 3-1;un partido con ambiente de Graderío Sur, humo de Faria y pacharán en vaso de plástico. Con mucha rivalidad, pero sin tensiones ni insultos. El fútbol que gusta aquí, lo que nos identifica.

El tiempo perdido.- Aunque no conoce el pasado de Osasuna más allá de los estereotipos, a Diego Martínez algo se le activó ayer por dentro. Treinta y un partidos después, el entrenador sentenció: “este es el camino”. Parece que las migas de la magdalena se esparcieron como polen de primavera por el estadio;y mientras el público ovacionaba el comportamiento de sus jugadores pese a la derrota, el técnico había visto en ese recital de pases y disparos a gol “la personalidad” de Osasuna. Es posible que el entrenador -con la colaboración de sus futbolistas- haya encontrado el tiempo perdido durante estos meses, que haya paladeado el gusto por hacer las cosas acordes al equipo que tiene a sus órdenes;es posible, todavía, que este viaje no sea en balde.

Y así fue como de una derrota y al cabo de semanas de debate, el osasunismo señaló que eso es lo que quiere ver en el campo: un grupo irreductible, que sabe lo que se espera de ellos y que termina el partido marcando un gol por pura obstinación, coraje y orgullo. Solo puedo añadir que ayer probé el fútbol y sabía a Osasuna.