La cultura solidaria

Por Gabriel M ª Otalora - Martes, 20 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Cuando escribí el artículo Auschwitz más cerca, recordaba que los genocidas nazis eran gente culta, y sin embargo la cultura no fue un antídoto contra aquella barbarie. Me quedé reflexionando sobre la finalidad de la cultura porque lo que aporta no es algo intrascendente, ni mucho menos;no hay más que ver su influencia en la historia y el carácter multidimensional que tiene.

Los griegos y los romanos concebían la cultura en su relación con la naturaleza, mientras que para la modernidad, el fin último de la cultura era dominarla y, ya puestos, dominar al ser humano. Pero si nos planteamos una noción amplia de cultura que nos pueda involucrar a todos, sería ver el mundo desde la perspectiva del otro, tomando en consideración los rasgos distintivos de los pueblos y las características que nos diferencian para convertirlas en ventajas competitivas en beneficio de la humanidad. Desde aquí, el derecho a la diferencia puede ser enriquecedor e inclusivo.

De hecho, tras el término nacionalismo cabe algo tan poco agresivo y excluyente como reivindicar la identidad de un pueblo sin renunciar a la solidaridad. Sin ir más lejos, los vascos tenemos una administración nacionalista con una cultura solidaria institucionalizada en derechos, leyes y presupuestos sociales muy superiores a otros gobiernos con una cultura diferente que nos catalogan de insolidarios.

Cierto es que la finalidad de la cultura ha variado a lo largo de la historia de la humanidad y es polisémica, pero lo que valoro es el modelo de cultura superior capaz de hacer frente a la atracción del mal de la que se sirvieron los nazis, tan cultivados ellos en artes. Una cultura basada en el ser humano plural que trabaje desde la diversidad por el desarrollo sostenible y solidario de todos.

El término cultura es muy antiguo, casi como el ser humano (cultura viene de cultivo), y en su evolución conceptual ha derivado en la educación intelectual y moral;es decir, el hombre culto es también, y sobre todo, el que participa de los más altos valores humanos conservados por cada sociedad, que debe trabajar por adaptarse a la naturaleza y trabajarla conforme a sus necesidades allí donde le ha tocado existir.

La concepción europea ilustrada decivilización erró en contraponer naturaleza y cultura, llegando a considerar algunos pueblos como atrasados o salvajes desde el prisma parcial de un momento histórico concreto. Por el contrario, la tradición romántica inspirada en Rousseau, aportó una comprensión de los procesos históricos de cada cultura y civilización bajo la óptica de que una cultura no puede ser juzgada con los parámetros de otras culturas.

En la primera mitad del siglo XX se trabajó en lo esencial, a mi entender, buscando el debate que consolidase un concepto extenso y amplio de cultura que, sin excluir las artes y las ciencias, no se limitara a ellas. George Steiner en su ensayo En el Castillo de Barba Azul: una aproximación a un nuevo concepto de cultura, señalaba que se habían derrumbado algunas certezas de la modernidad dando al traste la idea del progreso que concebía la historia occidental como una curva permanente de ascenso, que necesariamente debía difundirse desde unos pocos centros privilegiados a todos los hombres, y que lo humanista era sostener que la ignorancia racional e ilustrada era la fuente de la crueldad y la barbarie, cuando en realidad, gentes muy doctas y educadas propiciaban los niveles de violencia e injusticia en las sociedades occidentales... y en el Tercer Mundo.

La idea del progreso como el desarrollo de las nuevas tecnologías y los avances en la ciencia no es suficiente para vivir una cultura humanizada. No resuelve la dicotomía entre la civilización y la barbarie que ataje las desigualdades sociales en un mundo cada vez más desigual.

El afán de dominación que incluye la asimilación cultural forzosa (un ejemplo actual sería la globalización cultural del modelo consumista), ha devaluado la humanidad borrando la diversidad propia de cada cultura incluso a través de genocidios legales bajo el paraguas colonial. Gracias a la Unesco se impulsó el Decenio Mundial para el Desarrollo Cultural (1988-1997), que al menos aclaró la dimensión de la llamada cultura del desarrollo.

A pesar de los muchos prismas culturales existentes, lo adecuado no es insistir en el actual modelo estándar para el mayor número de naciones, sino buscar la globalización de la dignidad humana desde el respeto a la diversidad confluyendo en los puntos comunes que nos atañen a todos, como lo son la vulnerabilidad humana y el sufrimiento evitable, que además es algo vivencial en casi todas las tradiciones culturales. De ahí procede el principio ético, prácticamente universal, que impone aliviar el sufrimiento, y el precepto expresado de diversas formas, que manda tratar a los demás como uno quisiera ser tratado.

El arte por el arte puede ser un lujo mentiroso que camina entre la frivolidad y la propaganda (Albert Camus), pero también algo emocionante y enriquecedor cuando escuchamos los lieder de Schubert, lo cual no evitó el genocidio nazi. Tampoco lo evitó la cultura literaria, que proporcionó escritos comprometidos que ocasionaron exilio, cárcel y muerte a tantos porque sus actitudes abrieron los ojos a muchos ¡Ajá! Fueron verdaderos medios para globalizar la cultura contra la injusticia nazi, lo que ahora sería concienciarnos de lo necesario que resulta someter a los mercados mundiales a una ética universal que me parece el principal desafío político y económico en los próximos años.

Ante el vicio supremo de ser superficial (Oscar Wilde), la cultura ética atesora la medida para hacer frente a las tentaciones totalitarias, que ya sabemos bien cómo destruyen mucho más que lo intentan arreglar: el genocidio soviético y su variante maoísta es un ejemplo claro de lo que digo ¿Tarea imposible? ¿Utópica? La batalla está en el día a día de cada uno, haciendo un modelo humanizado de país;y desde aquí me uno a la reflexión luminosa de Ralph W. Emerson de que “Todo muro es una puerta”.

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