Regla de tres

Impuestos, palabras y realidad

Por Juan Ángel Monreal - Domingo, 8 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Los impuestos son números. Fríos y precisos, pero también interpretables. Y a su alrededor se amontonan las palabras, tejiendo un discurso que no se acomoda necesariamente a la realidad, sino a los intereses y a las ideas de cada cual, a la derecha e izquierda del arco parlamentario, al Gobierno y a su oposición, a unas y otras corrientes de pensamiento económico.

Más todavía en abril, el mes más cruel, cuando llega el momento de ajustar cuentas con el fisco. Dentro de unos días, Hacienda foral presentará su campaña anual de IRPF y Patrimonio y es más que probable que el ruido político sume decibelios por boca de UPN y PP, a cuyo discurso se suma en Navarra un PSN que lo mismo pide más gasto que critica una reforma fiscal que ha contribuido a que los ingresos creciesen en 2017 el doble que en España. Y pese a ello, los ingresos de la comunidad siguen muy lejos de los que se obtenían en 2007.

Pese a ello, ha hecho fortuna entre la derecha definir a Navarra como un infierno fiscal, donde una administración despiadada cruje a impuestos a una ciudadanía que no recibe servicios a cambio. Y argumentan para ello, que el tipo nominal del IRPF es algo superior a la media, que la desgravación por hijos es inferior a la de las Haciendas vascas, que los patrimonios se ven perseguidos o que las empresas deben soportar una carga fiscal que supone una invitación a marcharse.

La estructura de ingresos es hoy más desequilibrada que hace una década con un mayor peso sobre las rentas del trabajo y el IVA

Simplemente no es cierto. Y la insistencia en este relato busca arrinconar el debate sobre la sociedad que se pretende construir, la obligación de garantizar la igualdad de oportunidades, de pagar a los médicos y a los profesores, de construir un Estado de Bienestar demandado por la mayor parte, pero que algunos no quieren pagar. Al igual que la deuda y sus intereses, en algunos casos obscenos, y con los que Navarra cumple de manera escrupulosa.

Y conviene insistir: no es cierto. No existe tal infierno. Basta con mirar la web de Eurostat, la oficia de estadística de la Unión Europea, para comprobarlo. Navarra, y por supuesto España, siguen recaudando mucho menos que Francia, Alemania o Italia en relación a su PIB. Cerca de diez puntos porcentuales menos. Una diferencia que supone cerca de 2.000 millones de euros y que se explica por múltiples razones: una mayor tasa de paro, una estructura productiva más pobre, un sistema tributario ineficiente, agujerado por decenas de beneficios fiscales, unas plantillas de Hacienda escasamente dotadas de efectivos y una bolsa de fraude fiscal elevada.

La reforma acometida en 2015 y completada en los años siguientes ha permitido corregir algunos aspectos de la fiscalidad navarra. Ha acentuado la progresividad del IRPF, ya de por sí un impuesto que pagan en mayor medida las nóminas más altas, ha evitado el desguace definitivo del Impuesto sobre el Patrimonio y se ha descolgado de unas rebajas al Impuesto de Sociedades que solo se explican si se amplía la mirada más allá de nuestras fronteras, Las empresas pagan hoy muchísimo menos por sus beneficios en toda Europa que hace tres décadas, cuando la reacción conservadora de Thatcher y Reagan imponía sus ideas como un dogma de fe.

Pero el reto al que se enfrenta la fiscalidad, no solo la navarra, es muy superior al que insinúan los retoques de los últimos años. La estructura de los ingresos de Hacienda es hoy más desequilibrada que hace una década. Las rentas de trabajo aportan ya un 32% de los ingresos totales, casi todos puntos más que en 2007, cuando se hablaba de un desempleo técnico. Es decir, menos trabajadores en activo se ven obligados a pagar más y soportan también unos impuestos al consumo más elevados. Por el contrario, Navarra ingresa vía Sociedades, Capital y Patrimonio, tributos que afectan a empresas y a personas con un mayor poder adquisitivo, la mitad que hace una década.

Internet, hacia donde se desplaza además una parte significativa de la actividad económica, como el comercio, la publicidad o la banca, agujerea aún más el Impuesto de Sociedades, sin que Europa, el único ámbito desde el que es posible actuar, haya ofrecido una respuesta convincente. Finalmente, la autonomía fiscal, que durante años benefició a Navarra, se convierte en un problema cuando todas las comunidades, con Madrid a la cabeza, compiten por eliminar Patrimonio y Sucesiones. Muchos frentes abiertos y al mismo tiempo alguna certeza: la próxima crisis, que la habrá, debería encontrarnos con un sistema fiscal más sólido y europeo, que no sufra un desplome en los ingresos como el vivido entre 2008 y 2013.

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