50 años después de mayo del 68

César Manzanos Bilbao - Viernes, 4 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 12:23h

La primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social arrastró una evidente degradación del ser en tener. La fase presente de la ocupación total de la vida social por los resultados acumulados de la economía conduce a un deslizamiento generalizado del tener en parecer. Solamente al no existir individual (comportamiento hipnótico) le es permitido parecer (aparecer) por el poder social… La alienación del espectador se expresa así: cuanto más contempla menos vive. Cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad inventada, menos comprende su propia existencia y su propio deseo.
 
Guy Debort, La sociedad del espectáculo, cofundador de la Internacional Situacionista,
movimiento cultural e ideológico inspirador de Mayo del 68.


Tránsitos, transiciones, mudanzas, contagios, desplazamientos, trasmutaciones, revoluciones, migraciones, son términos que nos sirven para comprender las historias no contadas, las de las grandes mayorías que han sido masacradas, explotadas, culpabilizadas, ocultadas y enterradas en la fosa común del olvido por la historia oficializada de quienes vencen por la fuerza.
Reflejan la esencia de la actual condición humana impuesta, de ese ser que ha ido evolucionando como especie hasta alcanzar en la cúspide de su degeneración, las más altas cuotas de desarrollo de habilidades jamás imaginadas. Ha conseguido tener tal capacidad de asesinar masivamente a sus semejantes, al resto de los animales y a las condiciones naturales necesarias para su propia existencia difíciles de superar, aunque lo mejor del resultado de su necrófila y entrópica obra final aún queda por venir. Nos espera un siglo de terror y estupor generalizado y, por tanto, están de enhorabuena quienes gozan con el sado-masoquismo. Solo vemos lo evidente cuando padecemos sus consecuencias.

Las destrezas del homus post-sapiens, resultan difícilmente superables. Su capacidad de autodevoración, canibalismo, su habilidad intelectual para legitimar y normalizar el ecocidio y el genocidio. El hecho de haber construido una economía fundamentada en la devastación indiscriminada de todo lo común, de toda la biodiversidad natural y cultural, amparada por la religión de la acumulación de capital, le ha convertido en un ser iracundo que mata y se autodestruye por puro aburrimiento, en una guerra permanente y selectiva que socializa en el asesinato de la infancia, en el encierro de las mujeres, en el desprecio racista, en la exterminación masiva de un lumpen-proletariado tan depauperado que hace tiempo ha condenado a más de las dos terceras partes de la humanidad al estatus de seres prescindibles y eliminables, de población basura de usar, torturar y aniquilar, creando las condiciones necesarias para ser exterminable a ser posible sin tener que gastar municiones, porque esos miles de millones de “personas” tienen menos valor añadido que la bala que habría que gastar para matarlos.

Estamos ahora 50 años después del Mayo francés del 68. Guy Debort, la Internacional Situacionista y el Movimiento Obrero Internacional tienen dos cosas en común: los tres han muerto y, sin embargo, hoy más que nunca resulta imprescindible y urgente poner en valor sus ideas, experiencias de resistencia, demandas sociales y políticas y, sobre todo, el grito desgarrador de ¡Revolución o muerte! Porque o destruimos el capitalismo o él nos destruye, o abolimos la propiedad privada como valor supremo, o abolimos toda forma de ejercicio del poder, o no podremos dejar que vuelva a brotar y recomponerse, si es que aún estamos a tiempo, lo colectivo, lo público, el cuidado de la vida, la solidaridad y todos aquellos valores que ese puñado de hombres, ricos y viejos, que caben en un microbús, y poseen más del 99% de la riqueza en el planeta, van haciendo desaparecer, eso sí, con la imprescindible colaboración de científicos, filósofos y publicistas especializados en desactivar cerebros formados en sus universidad privadas para las élites, junto con un ejército de tecnócratas de las empresas financieras, productivas y estatales que como buenos esbirros operan en la oscuridad y hacen a la perfección su sucio trabajo de convertirnos en fetiches autómatas, alienígenas, logotomizados e incapaces de entender y mucho menos de vivir nuestra propia vida, ahogados en el sinsentido de su existencia impuesta.
Y precisamente Guy Debort, antes de ejercer su derecho a decidir sobre su propia muerte en 1994, a los 63 años de edad, cuando supo de su enfermedad incurable, dejo escrita otra obra titulada Comentarios a la sociedad del espectáculo, que quizás fuera la aportación autocrítica que pudiera dar origen a nuevas movilizaciones, porque su primera obra, inspiradora del Mayo del 68, lejos de servir para avanzar en la destrucción de la sociedad del espectáculo, de la apariencia, de la civilización virtual, sirvió como manual, fue instrumentalizada, del mismo modo que ocurrió con la obra de Marx, para el perfeccionamiento de la dominación, no para la emancipación social pretendida por los movimientos revolucionarios que se alimentaron de sus ideas. Este alegato de la necesidad de transitar, movernos, desplazarnos, en la clandestinidad del estar, del vivir, del hacer y transformar desde dentro para así provocar, como virus mutantes, la implosión de su macabra farsa, representa, 50 años después, la contraportada de todos los manifiestos constituyentes de los movimientos de resistencia de todo signo.

50 años después de Mayo del 68, se vislumbran con total nitidez las consecuencias del proceso histórico de construcción de la sociedad de la apariencia y de sus efectos sociales reales y atronadores, que llevan al control total, es decir, a la organización de la incomunicabilidad. La comunicación es un contacto nuevo, informal, directo, un bien en extinción que posibilitaría nuevas relaciones sociales, y sin embargo la forma como se están estructurando nuestras sociedades supone la existencia de cada vez menos espacios libres y públicos de intercambio comunicativo, la llamada sociedad de la comunicación es precisamente la encargada de organizar las no relaciones sociales, la incomunicabilidad.

A este proyecto hegemónico contribuye decisivamente la actual omnipresencia mundial de la cultura occidental norteamericana de corte anglosajón y judeo-cristiano, difundida a través de los sistemas audio-visuales, y del desarrollo del transporte y de las telecomunicaciones que supone la agudización del proceso de aniquilación de la diversidad, de imposición cultural y, consiguientemente, de aceleración del proceso de homogeneización, todo ello gracias a la economía de la guerra permanente, institucionalizada desde hace un siglo, que ha propiciado el complejo militar-industrial y la industria aeroespacial.

50 años después de Mayo del 68, el capitalismo ni está, ni posiblemente estará en crisis, más bien se auto-reproduce haciendo vivir a la humanidad en el ecosistema del malestar, de la crisis, de la excepcionalidad. Su capacidad de destrucción, de explotación, de corrupción, de incrementar exponencialmente las desigualdades entre clases, etnias, sexos, edades y demás condiciones sociales ha demostrado ser infinita. Es capaz de fagocitarlo todo, de devorarlo todo, de producir y justificar cada vez mayores atrocidades convirtiéndolas en verdades indiscutibles.
Por eso, entre otras razones, desde dentro del capitalismo jamás se ha conseguido poner límites al expolio ecológico, a la explotación neo-esclavista generalizada, al incremento hasta ahora impensable de la exclusión de las mayorías sociales y de la acumulación de la riqueza, a la institucionalización de la violencia, a la adultocracia, al heteropatriarcado, a la aniquilación de pueblos enteros masacrados comercial y/o militarmente para apropiarse de sus recursos naturales.

Dentro del capitalismo, no hay presente, ni futuro. Sin embargo, fuera del capitalismo, han existido y existen otros mundos, otras formas de relación social. ¿Qué significa fuera del capitalismo? Significa que existen, aunque casi siempre invisibilizados, muchos espacios históricamente construidos en los que sus actores no responden al sujeto social y psicológico que piensa, siente y actúa como el capitalismo quiere y necesita que lo haga, sino en base a valores y actitudes diversas que no son las propias del individualismo burgués, del racionalismo instrumental o de la competitividad. En los tránsitos, en la trastienda ocultada, en los campamentos de refugiados declarados y no declarados que resisten a su hecatombe, al holocausto de los campos de concentración en los que han convertido a muchos países.

Existen infinidad de experiencias con larga trayectoria histórica que funcionan en unas realidades no colonizada por el mercado de acumulación y sus concepciones impuestas. En esas luchas, estructuras organizativas, formas de vida y de resistencia viven millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Saben que están siempre amenazadas por un mercantilismo global devorador, que trata de reducir toda relación social a su propia lógica, pero también saben que solo fuera de este sistema han conseguido preservar las dos grandes motivaciones intrínsecas que caracterizan a la especie humana: la subsistencia y la dignidad, fundamentadas en la vulnerabilidad y la interdependencia.

No necesitan nada del capitalismo porque en la mayoría de los casos les ha vomitado fuera de él, les ha abandonado, asesinado a sus familias y condenado a vivir a sus pueblos en condiciones de precariedad extrema cuando no los ha aniquilado. El rasgo común es que todas ellas decidieron perder el miedo a la represión y enfrentarse a la bestia. Decidieron dejar de quejarse, de fingir, de creer que algo podía cambiar dentro de la arquitectura y de la maquinaria de un sistema demencial que tritura y exprime a las personas para obtener dinero. Decidieron pasar a pensar y actuar de otra manera, sin caer en las trampas tan simplistas y hechizantes del espejismo capitalista, como poseer propiedades, acumular, hipotecar el presente o vivir a espaldas de la propia muerte.
Todas estas experiencias no están atomizadas, sino que como realidades transversales se interconectan creando redes a veces formales, pero sobre todo informales, que operan no para alcanzar el poder económico o político, ni siquiera para convertirse en un contrapoder, sino potenciando vínculos sociales fuera del poder. Su dinámica común consiste en destruir las relaciones de poder y, en construir relaciones que no se fundamenten en ninguna forma de ejercicio del mismo, son un impoder, un antídoto contra la impotencia.

Las vacunas sociales y los antídotos colectivos son recetas ancestrales, baratas y altamente eficaces que en la mayoría de los casos suponen más que hacer, sobre todo, no colaborar, desobedecer, transitar, remover, no hacer: rebelarnos, ser solidarios con quienes peor lo están pasando, no despilfarrar recursos naturales y energéticos, liberarnos del consumismo, de la trampa de la acumulación, no usar a las cosas y a las personas como objetos de usar y tirar, no individualizar nuestros problemas colectivos, no recurrir a entidades financieras o empresariales, ni a profesionales y políticos cuya intencionalidad es enfermarnos para luego cobrarnos por recetas que tan solo combaten los síntomas inmediatos y cuyos efectos iatrogénicos nos destruyen a larga, y por supuesto, no dejarnos engañar creyéndonos que nuestros verdugos son quienes nos “salvaran”. Pero sobre todo hacer de la protesta y la acción política colectiva nuestra forma de vida, auto-organizar el apoyo y auto-apoyo psicosocial a quienes sufren las terribles consecuencias de la exclusión y la represión política. Esta es la única manera de hacer presente y de vivir cada día esa sociedad justa e igualitaria en la que creemos, tal y como proclamaban ya las consignas de Mayo del 68: “seamos realistas, exijamos lo imposible” y “nuestra esperanza solo puede venir de las sin esperanza”.

Últimas Noticias Multimedia