La disolución de la empatía

Por Javier Martín Lanas - Jueves, 24 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Imaginemos el siguiente escenario: vivimos en un pueblecito de la montaña, es una mañana de invierno y hemos salido a dar un paseo. En la plazuela capta nuestra atención una mujer mayor, está sentada en una esquina y se acurruca en su abrigo. Delante de ella observamos un cartel en el que se puede leer: Necesito dinero para comer y un techo para resguardarme del frío. No hay nadie más en la plazuela que nosotros y la anciana. Tras unos segundos, obviamos su súplica y continuamos nuestro paseo. Proyectemos el hecho horrible de que la mujer muere a causa del frío durante la madrugada. La pregunta pertinente sería la siguiente: ¿Tenemos algún tipo de responsabilidad al respecto?

Antes de conjeturar una respuesta propongo que dibujemos un segundo escenario: nos encontramos ahora en la Gran Vía de Madrid, una de sus calles más transitadas;ha amanecido y miles de personas caminan apresuradamente hacia sus destinos. Nosotros, sumidos en este trajín, reparamos en un cartel que invade una pequeña porción de la acera: Necesito dinero para comer y un techo para resguardarme del frío. Tras él se encuentra la misma mujer mayor, ovillada también en su abrigo. Al igual que el resto de viandantes, continuamos nuestra caminata sin prestarle ayuda. A la mañana siguiente nos enteramos de que la anciana murió a causa de una hipotermia. Nos repetimos, entonces, la misma pregunta: ¿Somos, en alguna medida, culpables de su muerte?

El dilema es complejo. No obstante, afirmaría que, en términos generales, nos sentiríamos más culpables de la muerte de la anciana si viviéramos en el primero de los escenarios. La pregunta inmediata es obvia y ácida: ¿Por qué? En ambos casos hemos omitido el mismo deber de socorro. ¿A qué se debe, por lo tanto, la diferente magnitud de nuestro sentimiento de culpa? Probablemente existan varias razones;nosotros vamos a desmenuzar una de ellas: la disolución de la empatía.

Es cierto que los humanos nos comportamos en virtud de múltiples causas o entusiasmos. De un lado, nuestra empatía nos permite adentrarnos en la piel del otro para actuar en función de lo que exijan sus necesidades. Desplegamos, de este modo, comportamientos solidarios. De otro lado, debemos reconocer que tendemos a perseguir una cierta comodidad física -rehuyendo acciones que nos supongan un esfuerzo- y una peligrosa comodidad mental. Esta última nos tienta a abrazar las hipótesis según las cuales desaparezcan nuestros remordimientos y nuestros sentimientos de culpa, ya que suelen ocuparnos un gran espacio mental. Si actuamos, entonces, persiguiendo la comodidad -ya sea física, ya sea mental-, desplegaremos comportamientos individualistas.

Teniendo en cuenta lo anterior, volvamos a los dos escenarios. La diferencia fundamental entre ambos es, sin duda, el número de personas que, junto con nosotros, observaron la súplica de la anciana. En el escenario madrileño, miles de personas podríamos haber socorrido a la anciana;en el pueblecito montañés, un reducido número. Pensémoslo de otra forma y supongamos que la culpabilidad cobra la forma de una tarta;siendo así, nos correspondería una porción mayor de culpa (o de responsabilidad) si viviéramos en el pueblecito que si lo hiciéramos en las proximidades de la Gran Vía. En resumen, podemos afirmar que la culpa, la empatía y el sentimiento de la responsabilidad se disuelven entre la multitud igual que un terrón de azúcar en el café. Al disolverse la empatía nuestros actos no tienden hacia la solidaridad, sino que la balanza moral se inclina por el lado de nuestra comodidad física y mental, en definitiva, por el lado del individualismo. ¿Existe alguna relación entre la disertación anterior y la globalización? Es posible que sí. Una de las consecuencias de la globalización es, indudablemente, la aglomeración de personas en torno a grandes núcleos urbanos. A raíz de todo lo anterior, es esperable que en las grandes ciudades se observen comportamientos más individualistas que en entornos rurales. La tendencia al consumismo o la abundancia de viviendas unipersonales son ejemplos nítidos que ocurren, mayoritaria aunque no exclusivamente, en grandes núcleos urbanos.

Debemos advertir una última cuestión. En la teoría económica, los esquemas del liberalismo funcionan en la medida en que los agentes persiguen su propio beneficio. Si las empresas no se guiaran exclusivamente por la persecución de sus resultados económicos, o si las personas actuáramos en base a fines no individualistas, el liberalismo económico no sería eficiente. Parece sensato, entonces, preguntarse lo siguiente: ¿qué intereses se ven beneficiados cuando actuamos de forma individualista? Parece sensato, también y en fin, no eludir que cuando disminuye nuestra empatía y nuestra solidaridad, o cuando nos convencemos a nosotros mismos de que el pobre tiene lo que se ha labrado en la vida, algunos se están llevando el gato al agua. El autor es licenciado en Derecho y Administración y Dirección de Empresas por la UPNA

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