La Joya de la Corona

Xabier Iraola Agirrezabala - Viernes, 25 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 11:33h

Aralar es una joya de la naturaleza que los vascos, guipuzcoanos especialmente, aman y valoran positivamente por su alto valor medioambiental e incluso por el significado que tiene para nuestra cultura por lo que se ha erigido en un símbolo de lo nuestro que trasciende lo meramente natural y/o medioambiental y se ha transformado en un mito que alcanza reflexiones y planteamientos del ámbito socio-político.

En estos momentos, Aralar está siendo el escenario de una cruenta batalla que se libra de forma soterrada, sin mostrar públicamente las armas y que aflora a la escena pública de vez en cuando. Por una parte están los baserritarras que con su trabajo diario, el cuidado de su hacienda ganadera, con el pastoreo y con la gestión sostenible del territorio (el Parque de Aralar alcanza las 11.000 hectáreas) son los verdaderos gestores y garantes del actual estado del monte y por lo tanto, los principales guardianes de que Aralar siga siendo por muchos años más, un territorio tan valorado por la sociedad en general pero ni debemos ni queremos olvidar que el resultado obtenido no es algo espontáneo sino el fruto y consecuencia de la acción de las personas que se dedican a la actividad ganadera (en el 2017 subieron al Parque 19.677 ovejas, 1.303 vacas, 1.031 yeguas y 188 cabras) y forestal, ósea, a la acción humana. Junto a ellos está una gran parte de la sociedad vasca que sabe valorar los beneficios aportados por estos baserritarras y que quieren que sigan, al menos, como hasta ahora y a poder ser, en mejores condiciones para así asegurar su proyección futura.

Por otra parte, están los radicales del conservacionismo que abogan por un silvestrismo alocado donde desaparezca la acción humana en el territorio y se eliminen de la faz de la tierra todas las actividades gestionadas por las personas y que no resulten, todo lo natural y espontáneas que ello quisieran. Son aquellos que prefieren que, sin decirlo explicita y públicamente, se de un abandono paulatino de la actividad ganadera y consecuentemente, el terreno sea invadido por la maleza que, espontáneamente, irá ganando presencia y cuerpo hasta derivar en una masa boscosa densa, compacta e impenetrable donde el ganado y las personas sean expulsadas y la fauna salvaje y las llamas pasten a sus anchas.

No todos los conservacionistas, como se imaginarán, están en estas tesis. Los hay más razonables que desde un planteamiento sólidamente conservacionista son capaces de conjugar la conservación con la acción humana, en este caso con la actividad agraria y que son conscientes que las consecuencias medioambientales de las exigencias de infraestructuras demandadas por los baserritarras son infinitamente menores que los daños que ocasionaría el abandono de la actividad. Por ello, no conviene, mezclar latxas con merinas y debemos ser justos en nuestros análisis, separando la paja del grano y diferenciando a los conservacionistas realistas de los conservacionista radicales.

Conviene por otra parte, no ser ingenuo y tener en cuenta que estos radicales cuentan con el amparo y sostén de fuerzas políticas como EHBILDU y PODEMOS que dejan bien a las claras su opción por una conservación pura, donde la acción humana se lleve a su mínima expresión y, a poder ser, los espacios protegidos sean verdaderos desiertos donde el humano no pueda entrar y si lo hace, lo haga para pasear y solazarse con alguna mariposa. Ambos partidos comparten diagnóstico y estrategia en esta aspecto pero, dado el diferente peso político y la presencia institucional que cada uno de ellos tiene en los diferentes niveles de responsabilidad, con fuerte presencia de EHBILDU en los municipios y Mancomunidad frente a una PODEMOS limitada casi exclusivamente a Juntas Generales, creo que es de justicia destacar sobremanera el perjuicio y daño ocasionado por EHBILDU a los baserritarras (muchos de ellos votantes habituales suyos) que viven y trabajan en la sierra y con ello, a la montaña misma.

Personalmente me he llevado una gran alegría estos días al saber que un trabajo del investigador Iñaki Odriozola Larrañaga, titulado “Euskal mendiak: herbiboro handiek zizelkatutako paisaiak” (“Montes vascos: paisajes esculpidos por grandes herbívoros”), ha sido galardonado con el premio especial NEIKER, en el marco de los premios CAF-Elhuyar donde este investigador doctor experto en biodiversidad, funcionamiento y gestión de ecosistemas, trata de comprender los efectos del pastoreo mixto (ovejas, vacas y yeguas) en el paisaje y la biodiversidad de la Sierra de Aralar llegando a la conclusión de que la gestión del ganado tradicional de modo sostenible es esencial para la conservación de los pastos de montaña. El trabajo se ha centrado en el paisaje y la biodiversidad, aunque mide otros parámetros interesantes como la temperatura de la tierra y otras muchas cuestiones técnicas que, lógicamente, obvio en este escrito.

No es el primer trabajo que ahonda en las externalidades positivas de la actividad ganadera para el territorio y el medio natural. Confío en que no será el último. Deseo, por otra parte, que estas opiniones sean tomadas en consideración y que con ello logremos arrebatar a estos radicales de la conservación el mensaje que pretenden trasladar a la sociedad (ellos son los que abogan por la conservación mientras los ganaderos sólo miran por sus intereses privados) y así, seamos capaces de convencer a la sociedad que los baserritarras son, en verdad, los verdaderos ecologistas.