Migración

La ruta más mortífera de los migrantes

La ‘ruta central’ se convierte en la opción más arriesgada para los que intentan huir de libia dirección europa

Un reportaje de Mohamad abdel Kader - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Migrantes encima de una lancha neumática como las que ofrecen las mafias.

Migrantes encima de una lancha neumática como las que ofrecen las mafias.

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Migrantes encima de una lancha neumática como las que ofrecen las mafias.

Nacido en una pequeña aldea de Togo, Idriss M. llegó a la ciudad de Qarabuli, en la costa libia, en septiembre de 2017 tras una odisea en la que sufrió torturas y en la que tuvo que trabajar en condiciones propias de la esclavitud.

Cruzó varios desiertos, sufrió diferentes enfermedades y devino en mercancía que pasaba de mano en mano entre los heterogéneos grupos de contrabandistas que se reparten la llamada “ruta central de la inmigración”.

Una tarde de diciembre, tras ocho semanas de espera en un campo de trabajo en el que estaba prohibido hablar so pena de ser ejecutado y en el que el único agua disponible para lavarse y beber procedía del mar, reunió los mil euros que le exigían y se embarcó en un bote neumático.

Apenas unas horas después, estaba de vuelta en la costa libia. La embarcación en la que viajaba con otro centenar de migrantes fue interceptada por una patrullera a unas 25 millas de la costa, cuando se hallaba ya en aguas internacionales.

“Mi idea es volver a intentarlo. Estoy reuniendo el dinero para salir de nuevo. No, volver a atrás no es una opción. Salí de casa con un objetivo y no puedo fallarle a mi familia”, explica en un lugar de la costa.

“Sí, es fácil encontrar trabajo. En la construcción, el comercio. Pagan muy poco y somos muchos, pero esto es así”, explica sin mucho entusiasmo.

Idriss es una de las más de 750.000 personas que según datos de diversas ONG presentes en el terreno y de agencias vinculadas con la ONU como la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) están en Libia con intención de saltar a Europa.

Migrantes llegados en su mayoría de distintas naciones del África Subsahariana pero también de diversos estados de Oriente Medio, el Cuerno de África, Asia Central y países más orientales como Bangladesh, tras largos periplos caracterizados en muchos casos por el abuso físico y laboral.

Y que no han dejado de aventurarse al mar pese a la creación hace un año de la nueva y controvertida Guardia Costera libia -financiada y entrenada por Europa- y la persistencia de la mortalidad en la “ruta del Mediterráneo Central”.

Según datos del proyecto Migrantes desaparecidos de la OIM, un total de 3.139 personas perdieron la vida ahogadas en el Mediterráneo a lo largo de 2017, frente a los 1.405 desaparecidos en los primeros seis meses del presente año.

De ellos, 2.853 perecieron en 2017 en naufragios de botes salidos desde las playas del oeste de Libia, y 1.068 en lo que va de 2018, cifras que convierten a la llamada “ruta central” en la más mortífera del mundo.

Y que según las ONG demuestran, asimismo, el fracaso de los políticas de la Unión Europea, que en el caso de Libia ha apostado por fortalecer el papel de guardacostas, pese a las dudas sobre sus posibles vínculos con los traficantes, y la admisión de que “no es un puerto seguro”.

“Cuando nos interceptaron, nos llevaron a una base militar y después a un centro de internamiento donde el trato no es muy diferente a donde esperamos a embarcar”, explica Idriss, que tiene cicatrices en brazos y muslos.

“Es fácil salir de esos centros. Somos muchos”, agrega el joven, que dice tener 23 años y que opta por el silencio cuando se le pregunta si existe relación entre los guardacostas que patrullan el mar y los traficantes que les venden un lugar en las precarias embarcaciones.

Idriss confiesa que varios de los que iniciaron la aventura con él murieron en el camino, y que otros a los que conoció en los campos de trabajo o en los camiones de transporte se hundieron en el mar.

Y que algunos, los menos -asegura- han aceptado regresar a casa con los programas de repatriación voluntaria de la OIM y de ciertas embajadas, una opción que no contempla pese a los riesgos que el viaje supone.

“La mayoría de los que son interceptados lo vuelven a intentar”, confirma un voluntario de la Cruz Roja en Libia. “Tenemos casos de migrantes que han naufragado, que han sido interceptados o que han visto morir junto a ellos a amigos y familiares”, detalla.

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