vecino de Imárcoain

La casa de paja de Néstor

Este vecino de Imárcoain, sin conocimientos de albañilería pero con mucha ayuda, se ha lanzado a la aventura de levantar un hogar en sus ratos libres

Mikel Bernués | Oskar Montero - Martes, 31 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Néstor Goñi Urreta y su hermano Ignacio, subido a la escalera, haciendo como que trabajan junto a la entrada de la que será su casa de paja.

Néstor Goñi Urreta y su hermano Ignacio, subido a la escalera, haciendo como que trabajan junto a la entrada de la que será su casa de paja. (OSKAR MONTERO)

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Néstor Goñi Urreta y su hermano Ignacio, subido a la escalera, haciendo como que trabajan junto a la entrada de la que será su casa de paja.

“Tengo la suerte de conocer a muchos amigos de distintos gremios de la construcción y su ayuda no tiene precio”

imárcoain- Había una vez un vecino de Imárcoain emperrado con la idea de levantar una casa de paja. Se puso manos a la obra y la burocracia sopló y sopló, pero la casa aguantó. “Lo malo es el rollo ese del papeleo, igual que en una casa normal. Presentas el proyecto y según qué ayuntamiento te lo admite o pone mil trabas, que en este caso ha ido bien. Luego que si arquitecto, aparejador, seguros de nosequé, licencias de nosecuántos, fianzas, etc. Siempre hay tiempo para que se tuerza la cosa, pero de momento estoy contento”, dice Néstor Goñi una vez superada la avalancha administrativa.

Hace poco más de un año, en sus ratos libres, Néstor empezó a trabajar sobre un terreno familiar. Hizo un boquete en el suelo en el que encajó cubos de 60 centímetros de poliestireno extruido como aislante. Y empapuzó el agujero con 18 metros cúbicos de hormigón. Cimientos listos. En noviembre levantó la estructura y el tejado, al que también añadió una buena capa de poliestireno, material del que se ha hecho muy amigo. “Y luego empezó a llover. Ocho meses en los que no podía poner la paja y no sabía si hacerme una casa o un arca de Noé”, lamenta.

Así que avanzó con los premarcos de puertas y ventanas o embadurnando con aceites las maderas de estructura, sobreplanta y tejado. Y con el buen tiempo ha vestido la fachada con 600 pacas de paja “de las chiquitas, las manejables”, a razón de un euro el fardo. Lo siguiente será cubrir las paredes con mortero de cal “dejando la ventana de la verdad, un cristalico para que se vea que detrás hay paja”, un porche, el suelo, las conducciones de agua o electricidad, y pulir detalles. Entre una cosa y otra, Néstor confía en tener un hogar con todas las de la ley en invierno de 2019.

conocimiento... ¿para qué?Dice sonriente su hermano Ignacio que Néstor se ha lanzado a este proyecto empujado por la total ausencia de sensatez. “Lo que no tiene es conocimiento, por eso se ha metido”. Lejos de enfadarse, Néstor confirma esta versión. “Eso es. No tenía ni idea. Pero desde hace 10 o 15 años tenía la ilusión de hacerme una casa, y ahora ha sido el momento. Para contratar a gente, tal y como está el mundo de la construcción, que te hagan auténticas chapuzas y te levanten un dineral, pues me la voy haciendo yo poco a poco y listo. Y además sé que está bien hecha. Es duro, pero cada uno tiene sus proyectos. Yo tenía este en mente e igual es lo único decente que voy a hacer en mi vida. Pues ya está”, dice satisfecho.

“Es la comidilla del pueblo. Todo el mundo que pasa por aquí, a mirar la casa, ‘oye, que no avanzáis, que vais muy lentos’... Sin conocimientos ha tirado palante y con dos cojones, porque no es fácil estar currando y a la vez haciendo la casa”, explica de nuevo Ignacio.

Un trabajo que, en cualquier caso, no hubiera sido posible sin la desinteresada colaboración de amigos convertidos en improvisados peones de construcción. “El hermano me está ayudando mucho, porque si no esto me come. Y tengo la suerte de conocer a un montonazo de amigos que se dedican a todo tipo de gremios de la construcción. Consejos de uno, consejos de otro, me viene a ayudar el fontanero, me consigue material, me dice cómo se hace...”, comenta.

“Eso también es lo bonito, que le está echando una mano todo el mundo. Por ejemplo Carlos, un vecino que tiene una granja, pasó un día, vio que no levantábamos la estructura de madera y vino con un camión pluma”, añade Ignacio. “Toda esa ayuda no tiene precio”, concreta un Néstor muy agradecido.

defensa de la paja“Entró la burbuja del ladrillo, aquí todo es ladrillo y esto parece de extraterrestres, pero es lo que se ha hecho toda la vida”, explica Néstor sobre su casa de paja, algo que “tampoco es nuevo y se está moviendo bastante. Yo tenía la ilusión de hacerme una casa. Y vas escuchando de unos y otros, aquí en Noáin está el Parque de los Sentidos, un amigo se hizo en Lumbier una casa de paja con buenísimos resultados... Paja, pues paja. Te aísla del frío, el calor, sonido... es la hostia. Mucho mejor que el ladrillo. Es una casa ecológica, y el tejado lo he hecho reciclando madera tipo palés”, comenta. Y dice también que “lo bonito es que, si el día de mañana la tienes que destruir, apenas generas residuos. Es madera y paja”.

Una vez terminada, la ilusión de Néstor es “meter aquí a los viejillos. Lo han dado todo por nosotros y ahora les toca a ellos. Viven en la casa vieja, pero toda la vivienda está en la primera planta y están mayores para subir escaleras. Por eso me gustaría que entren aquí, que estén bien y calenticos, porque en invierno se joden de frío aunque pongas la calefacción”, comenta consciente de que “no están por la labor, así que habrá que engañarles”.