Mesa de Redacción

El verano de las cloacas

Por Joseba Santamaria - Sábado, 4 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Las cloacas del Estado han estado siempre ahí. Al margen de la legalidad y de las líneas rojas del Estado de derecho democrático, chapoteando en las profundas miserias humanas, compra-venta de voluntades, manejando información como arma de chantaje... un compendio de personajes entre chuscos, grotescos, jetas y delincuentes de baja estofa dedicados a hacer el trabajo sucio. Este verano, las cloacas del Estado están dejando al aire cómo se las gastan entre ellos las elites políticas, económicas, mediáticas y judiciales con Madrid y los intereses de la villa y corte como eje central. Unos chantajean a otros y otros a los unos con material comprado a las cloacas policiales. El ya famoso comisario Villarejo acumula en su papel todas esa suma de ángulos muertos y zonas oscuras que conforman las cloacas del Estado. Se ha abierto la veda de la caza y circulan ya grabaciones y vídeos que implican en actuaciones bochornosas y muy posiblemente ilegales a Juan Carlos de Borbón como protagonista estelar. De momento, sólo le han castigado sin vacaciones pagadas. Pero no es el único. Lo mismo se puede extender a jueces, periodistas y empresarios. La corrupción económica, académica, policial, etcétera o el asalto político e ideológico de jueces extremistas a los altos tribunales de justicia no hubiera sido posible sin la complicidad de las cloacas. Tampoco el montaje global que ha privado a los jóvenes de Alsasua de un juicio justo y los mantiene en prisión preventiva. Es un submundo en el que las rencillas personales y las luchas por el poder se confunden con eso que se llama cuestiones de Estado, supuestos intereses superiores para cuya defensa se justifica el uso de cualquier medio. El propio juez Llanera admite públicamente la relevancia de sus posiciones ideológicas en la instrucción de la causa abierta contra los líderes catalanistas, es decir, admite una posición parcial y política personal en su actuación judicial y se carga en una frase la obligada imparcialidad e independencia, y aún no ha sido relevado. Se cuenta poco o de forma interesada lo que ha ocurrido y ocurre en el submundo de las cloacas, seguramente con la esperanza de que la opinión pública asuma como un elemento de normalidad más lo que es un cúmulo de anormalidades democraticales. Hasta a las cloacas hay que exigirles un mínimo, por pequeño que sea, de dignidad a la hora de hacer el trabajo sucio. Pero se impone lo zafio y grotesco.