Crítica

La mirada del hijo

Por Juan Zapater (www.ghostintheblog.com) - Domingo, 23 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:02h

‘el hombre fiel’

aLouis Garrel lo conocimos cuando un Bertolucci ya veterano que parecía recuperar el tiempo perdido, presentó Soñadores (2003), un triángulo erótico, algo perverso y muy sugerente entre adolescentes en el contexto del París de 1968. Quince años después, Louis Garrel nos obsequia con una delicatessen, una pieza romántica de humor negro y amores dulces que promete mucho en la primera mitad para quedarse a medio camino en la segunda parte.

En el ADN de Louis Garrel va inscrita la fiebre por la profesión. Hijo de director y actriz, nieto de ilustres profesionales del cine, casado con la aquí actriz protagonista, Laetitia Casta, y con pasado conyugal con actrices y directoras, es de suponer que este actor, director y guionista se desayuna con cine y se acuesta con él. De hecho, El hombre fiel ofrece una lección impecable de como dirigir sin aparentar esfuerzo.

Lo mejor de esta historia oscura, que empieza con una separación para retomar la acción nueve años después, reside en la ligereza de su prosa, en la aparente facilidad con la que todo deviene.

Con una imagen aérea de París abre Louis Garrel este relato que sus principales personajes cuentan al espectador como si fuera un coro de tres voces. El triángulo amoroso, una modalidad muy querida por la comedia francesa, se sirve aquí con la presencia de una cuarta presencia, un hijo de padre dudoso y de mirada perturbadora. Ese verbo de deseos y manipulaciones, de amores y traiciones, lo conjuga Garrel con una alegría encomiable.

El director y actor, se permite junto a su mujer en la vida real, una suerte de experimento que en apenas 75 minutos propicia una cita refrescante. Mide bien los planos, transmite la sensación de que se lo pasa a gusto y comunica placer, sensualidad y goce. Son 75 minutos bien utilizados.

En ella hay fases de inspiración plena. Aporta un joven actor de mirada inolvidable y durante muchos pasajes, Garrel evidencia y pone de relieve el fervor por el relato. No hace falta grandes tragedias, basta con un cruce de deseos insatisfechos, de esperas y mentiras, de dudas y de desencuentros. Los que aquí se dan cita prefieren amagar a dar, insinuar a desvelar. De hecho, cuando acaba la película comienza realmente en la cabeza del público el debate sobre qué es lo que en el fondo se ha visto. Qué es lo que Garrel cuenta y qué es lo que no ha contado.

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