Educar las emociones

Por Eradio Ezpeleta Iturralde - Lunes, 24 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Tras los recientes asesinatos de Cáseda y de la golfista española en Iowa (EEUU) uno se pregunta ¿por qué mata el ser humano?, e intenta buscar una respuesta, que se encuentra en la ciencia, en la Criminología.

Esta ciencia está de moda últimamente, y a diario vemos series de televisión (Ley y Orden, CSI, Mentes Criminales, etcétera) que hacen que nos hagamos una idea equivocada de lo que es la Criminología y la confundamos con la Criminalística, que aun siendo dos disciplinas complementarias una con la otra, son diferentes. Los criminalistas son los investigadores, la policía científica, los técnicos que recogen huellas, pruebas, indicios, los que tienen que saber cómo se ha producido la muerte y quién la ha cometido. Los criminólogos analizan el porqué y la razón del hecho, no van a la escena del crimen ni acumulan muestras, estudian a las víctimas, el delito y al delincuente, es decir, el fenómeno criminal en su conjunto, y proponen medidas de control social futuras. Ambas especialidades son ejercidas por científicos.

Hay quienes dicen que el crimen es un hecho innato al ser humano, que viene desde Caín y Abel hasta nuestros días, y que está influenciado (aumenta o disminuye) conforme a los medios de control social existentes en la sociedad, y otros apuntan que existe una cuestión de esencia o de cultura que provoca la comisión del crimen. Lo que debemos tener claro es que el ser humano está capacitado desde su nacimiento para ejercer la violencia, pero que también lo está para dominarla y buscar mejores alternativas. Las conductas violentas, tengámoslo claro, están asociadas a una manera incorrecta de resolver los conflictos, por eso se hace necesario aplicar políticas educativas, sociales y ambientales que controlen las tendencias de la naturaleza humana, como también propiciar medios sociales que favorezcan la convivencia pacífica.

Una persona que mata a otra tiene sus razones. Éstas pueden ser de tipo utilitarias, si el ánimo del crimen es el lucro, el beneficio económico y la búsqueda de una mejor posición social, y también pueden ser de tipo emocional si en el causante del crimen están presentes la ira, la venganza, los celos o la pasión. Personalmente creo que este aspecto emocional es el que tiene que ocupar un mayor tiempo y dedicación en nuestra sociedad, porque una buena educación emocional es el mejor factor preventivo con el que podemos contar. Así lo reconoce el informe Delors (UNESCO 1996), que afirma que la educación emocional es un complemento indispensable en el desarrollo cognitivo y una herramienta fundamental de prevención, ya que muchos problemas tienen su origen en el ámbito emocional.

Debemos pensar qué estamos haciendo con nuestro niños y adolescentes, si somos conscientes que su educación es el punto de partida y fundamento para hacerles manejar su inteligencia emocional, sus habilidades emocionales, y conseguir un adecuado proceso evolutivo y socioemocional en ellos. El objetivo no debe ser otro que el que sean capaces de afrontar sus cambios de vida mediante hábitos y experiencias gratificantes, que les provoque un mayor nivel de bienestar psicológico y potencie sus relaciones sociales en el marco de una educación inclusiva. Es, en definitiva, pasar de la educación afectiva a la educación del afecto, o, lo que es lo mismo, que apliquen sus conocimientos en la vida diaria teniendo en cuenta su carga emocional.

Los padres y profesores, los adultos en general, tenemos mucho que decir en esto, o, mejor dicho, mucho que hacer. Los niños aprenden de los adultos sus modelos de conducta, así que de ellos dependerán las consecuencias de esas conductas. La familia es la primera escuela para el aprendizaje emocional, por lo que el ejemplo y el modo de tratar al menor debe ayudarle a valorarse positivamente y a crecer en su autodefensa emocional que le permitirá establecer sus propios límites. Debemos promover que exterioricen sus sentimientos, comprender sus temores infantiles y conseguir que tengan confianza en sí mismos para enfrentarse a los desafíos y saber trabajar en equipo con sus iguales.

No hay duda de la importancia de la educación emocional como medida preventiva frente al delito. Como bien dice el profesor Bisquerra (2003), de la Universidad de Barcelona, “la educación emocional es un proceso educativo, continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales como elemento esencial del desarrollo integral de la persona, y con objeto de capacitarle para afrontar mejor los retos que se le plantean en la vida cotidiana”.

Sí, hay que educar las emociones, pongámonos pronto a ello y no perdamos más tiempo.

El autor es criminólogo

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