Crítica

Luto por los vivos

Por Juan Zapater - Martes, 25 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:02h

‘Beautiful Boy’

La savia vital, ese fluido argumental que articula Beautiful Boy, nace de los testimonios escritos por las dos columnas vitales que sostienen este aleccionador y bienintencionado panegírico contra la tóxico-dependencia: David y Nick Scheffen, padre e hijo. Realmente lo que se cuenta es lo que ellos han querido revelar sobre el vía crucis vivido por un toxicómano de buena familia que, durante años, se abismó en el infierno de la drogadicción ante la mirada impotente de su familia y con la figura paterna como contrapunto principal.

Precisamente es el padre quien pone en marcha el filme cuando, en un adelanto a lo que sobreviene a mitad de película, se dirige a un especialista para tratar de aprender cómo son los efectos de esas sustancias que le han robado a su hijo.

“Más que a nada” es el mantra que durante toda la infancia y primera juventud se intercambiaban padre e hijo significando que su amor era enorme, sin fecha de caducidad, sin límite alguno. “Más que nada” escucharemos repetirse una y otra vez sin que la película avance. Durante dos horas, Felix van Groeningen ilustra un proceso que corroe hasta disolver por completo ese aserto que se edifica sobre el amor paternofilial.

Carne de best-seller, la historia de los Scheffen se ha convertido en libro de referencia, especialmente para los miles de padres que pasan por un proceso semejante al de ellos. Gentes que viven de luto por los que todavía están vivos y que, cuando estos mueren, no saben ya que decir, qué hacer, qué sentir.

El tema exige palabras mayores y hubiera necesitado un director con más cuajo. Pero no es cuestión de responsabilizar a Van Groeningen, porque probablemente el mayor hándicap reside en la servidumbre impuesta por la materia escrita. El testimonio de los Scheffen, mostrado desde adentro, carece de la distancia suficiente como para autentificar lo que se cuenta. Aquí, tal y como evidencia el filme, faltan algunos datos y sobran idas y venidas que, siendo reales, nada añaden a un proceso por lo demás demasiado previsible. Nada hay más aburrido que el penoso peaje diario de un toxicómano. Sus subidas y bajadas, sus caídas y arrastres son demasiado iguales. En ello no hay texto, solo reincidencia.

En ese sentido, Beautiful Boy se va ahogando en su propio bucle y en su obvio deseo de resultar aleccionadora. Estamos ante un cine de consejo moral y exhibicionismo actoral. Por más que Timothée Chalamet transmita con solvencia la sensación de estar colocado, verle así una y otra vez conduce a la indiferencia e incluso al deseo de que aquello acabe cuanto antes. Tampoco su personaje ni las motivaciones añaden nada que no se haya mostrado en tanto cine ochentero y noventero que haya tocado el tema de la drogadicción.

Poco a poco, ese niño-pijo que, obnubilado por sus lecturas de Charles Bukowski, se siente inclinado a metérselo todo, y su pasivo progenitor que todavía no sabe que la responsabilidad del padre exige no ser el colega del hijo acaban abrumando;hastían y aburren.

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