Aquel hombre estaba acostumbrado a las traiciones. Algunas le cortaron la respiración, como cuando sueñas con algo oscuro. Otras las intuyó, pero las rebajó como quien echa agua a un Jack Daniels centenario . Pero esta era diferente. Tanto que hizo suya aquella frase que se inspiró en la traición del hijo de César, ¿Tú, también, Bruto, hijo mío?
Porque ahora era un hombre cercano, íntimo, alguien de quien llegó a decir que era más divertido mear con él que a solas; quien encarnaba la nueva traición. Un hombre que últimamente acudía a su rescate dispuesto a evitar un nuevo naufragio. Como ese amigo que está ahí cuando estamos al borde de algo inefable.
Tras una noche de insomnio, Sánchez despertó mientras el día explotaba como una llama de azufre. Zapatero era imputado por sospechas relacionadas con la pasta fácil. Trató de llamarlo pero el cielo ya estaba incendiado. Las gentes de PP afilaban los cuchillos para ir a degüello. Las izquierdas no se lo creían pues aquel hombre, en tiempos un socialdemócrata fluido, se había convertido en CEO de un socialismo obligado día sí, día también, a desbloquear la sospecha.
Los días se sucedían como señales que preceden a los temblores. Mientras, el aparato judicial inflaba aquel caso de nuevos indicios que reventaban todas las válvulas de seguridad de un PSOE empeñado en “provocar la suspensión moral de la realidad”. Y así era. Porque aquel bombazo contra la línea de flotación de un partido que se sostenía sin otra fuerza que frenar al fascismo, que no era poco, hacía aguas en medio de la euforia filofascista. Se venía encima una nueva reedición de la Década Ominosa, (1823-1833) que restauró el absolutismo. Frenar aquella tormenta portentosa no sería fácil. Y quizá no fuera suficiente superar la disforia política con una izquierda agrupada en una sociedad de socorros mutuos. Así se dibujaba el futuro. Como si estuviéramos en la parte final de algo. l